Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 14, Opinión
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Las otras guerras

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

En este país en el que nunca pasa nada, y si pasa suele ser para peor, usted, improbable lector de mis peroratas, haría bien en ponerse a cubierto. Le pueden alcanzar en cualquier momento. No hay disparo de misiles, el enemigo no viste de camuflaje y la pátina de romanticismo que daba lustre a las batallas de antes, enfrentamiento cuerpo a cuerpo, trinchera frente a trinchera, ya es historia para novelas y carne de guión. Pero los inocentes siguen cayendo como moscas y quienes sacan tajada del conflicto continúan en sus puestos. En España, verano de 2014, buena parte de la población sufre las consecuencias de las guerras, soterradas, higiénicas, sin sangre pero crueles como una noche de febrero al raso. La guerra económica dejó en la calle el año pasado a 81.961 familias, ilusos ciudadanos tan empeñados en disponer de una vivienda que empeñados se quedaron por los siglos de los siglos. Individuos inútiles que se fiaron de los bancos y olvidaron leer la letra pequeña de sus hipotecas. Hubo quienes avistaron a kilómetros de distancia la crisis que se avecinaba pero, ande yo caliente, optaron por guardar prudentemente la alerta en una carpeta de sus mesas de caoba. Ahora parece que ha muerto el jefe supremo de la tribu de usureros, Emilio Botín, aunque el corazón le dejó de funcionar hace lustros. Antes de que cavasen su fosa, el periodismo español ya hizo lo propio con la suya propia, y en apenas un día le dio tiempo de hacer el ridículo con un conjunto de opiniones melosas, titulares laudatorios y masturbatorios perfiles para enmarcar. Como si las reservas de credibilidad estuvieran llenas.

Otra consecuencia del conflicto es el desempleo. Uno de cada cuatro españoles en edad laboral han causado baja y no llevan dinero a sus casas. Sus empresas les agradecieron los servicios prestados y el Sepes, alias del Inem de toda la vida, con un nombre como de cuñado colega (“hoy como con el tío Sepes”), les gratificó con una prestación cicatera que a los seis meses se convierte en magra. Papá Estado no quiere que sus criaturas se acomoden y les baja la dosis de euros para advertirles de lo que queda por venir. La tuerca siempre encuentra un resquicio para apretar. Hasta que explote por alguna parte y sálvese quien pueda. En España, hoy, todavía verano de 2014, son seis millones los proscritos laborales pero muchos menos los que reciben su limosna cada mes. Víctimas colaterales de la ambición desmedida de una tropa de inmorales.

La legión extranjera también entra en conflicto aunque a veces no acabe de hacerlo del todo, lo de entrar, quiero decir. La mayoría se quedan a las puertas del Primer Mundo cuando sus barquitas de madera, hartas de desafiar las leyes físicas, se hunden con sus viajeros a bordo.

Vergüenza que la historia debería juzgar algún día visto que las autoridades, las de aquí y las de allá, las cristianas y las moras, cierran sus ojos ante la ignominia.

Manténganse alerta, recen lo que sepan y voten lo que deban.

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