Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 14, Opinión
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Las campanas siguen doblando por ti

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

Tuve un novio cuya madre nació durante uno de los bombardeos que sufrió la ciudad de Valencia en la Guerra Civil. La que fue mi suegra durante aquellos años contaba que a su madre se le quedó el cabello blanco del terrible sufrimiento de ese momento (no puedo imaginar mayor angustia que la que supone parir mientras las bombas caen a tu lado, ese dramático momento en que la vida y la muerte están a punto de darse la mano y no precisamente de forma amistosa). Afortunadamente, Soledad –no podría haberse llamado de otra manera– nació sana aunque con una ligera sordera y un mechón de cabello blanco en su melena, lunar que también heredó su hijo, estoy segura que como recordatorio de aquel pánico y de aquel horror. Para no olvidar. Sus bonitos ojos verdes aún se llenaban de espanto cuando contaba la historia de su nacimiento. Y de esa guerra tan sólo hace cuatro días.

La contienda española creó una genuina y dramática ‘marca España’ porque por primera vez en la historia la aviación se utilizó para bombardear la retaguardia. Es decir, quienes morían ya no lo hacían circunscritos al campo de batalla, ya no eran soldados casi exclusivamente sino víctimas civiles: mujeres, niños, ancianos. Este país ha sido pionero en algunas cosas, no cabe duda.

Desde el inicio de los tiempos, todas las guerras son la misma guerra, una en la que ganan los ricos y pierden los pobres. Y si ambos contendientes son pobres, los perdedores siempre serán los más pobres entre los pobres. Los desheredados.

En tiempos de paz, a las sociedades occidentales como la nuestra (vamos a suponer que estamos en Occidente, cosa que dudo cada día más) sólo le interesa la guerra cuando secuestran o asesinan a algún periodista de su país. En ese momento se suceden los “oh” y los “ay”, los gestos de solidaridad, los tuits y las condolencias. Pero después nos olvidamos. Quizá no por insensibilidad o por desidia; quizá tal vez sólo porque la vida continúa.

Y la muerte, también. Por eso son imprescindibles periodistas como Gervasio Sánchez o Ramón Lobo, que se han convertido en nuestros ojos en las guerras. Junto con otro puñado de profesionales, ellos se encargan de recordarnos que hay otros que sufren y mueren mientras nosotros asistimos al “espectáculo” cómodamente sentados en el sofá de nuestro cuarto de estar. Si ellos no lo cuentan, las guerras no existen. El tañido de las campanas llega amortiguado hasta nuestra puerta y no atraviesa el umbral. Sánchez, Lobo y otros han denunciado reiteradamente que los dueños de los medios de comunicación (qué crisis, por Dios) recortan sobre todo en este perfil de periodista. Mandar a un profesional a la guerra es caro; y peligroso, sí, pero sobre todo, caro. El prestigio de un periódico o de una televisión (y mucho menos de una radio) ya no se basa en estar en todos los conflictos, en contar aquello que está pasando desde donde está pasando –hay excepciones, claro está–. Pero en general la guerra ya no es un asunto capital, tampoco para los consumidores de información. Supongo que esto sucede porque los muertos, una vez más, no son nuestros.

Cuando pienso en Siria, Irak, Gaza, Malí, Ucrania, Libia, Afganistán; en todas esas bombas, en esos cráneos machacados, en esos cuerpos quemados, mutilados, en esa sangre derramada, creo que todos deberíamos nacer con un mechón de cabello blanco como recordatorio palmario de que hace apenas unos años a tu abuela estuvieron a punto de matarla en una guerra y que tú, su nieto, puedes morir en la siguiente.

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