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La pasión secreta de Vivian Maier

Por David Busto Méndez. Miércoles, 24 de septiembre de 2014

Siempre que se publica un libro o disco póstumo me pregunto si es lícito editar la obra de autores muertos. Hoy en día es una práctica habitual recopilar bajo la etiqueta de homenaje –aunque pienso que el motivo final es el lucrativo– escritos, maquetas y todo tipo de material inacabado que ciertos artistas tuviesen guardado, en vida, a buen recaudo. Creo que la industria no debería ser tan avariciosa y que los fans deberían –deberíamos– conformarnos con aquello que los autores diesen por bueno y con calidad suficiente para ver la luz y ser sometido a juicio. Sin embargo, en esta época en la que vivimos y en la que todo se hace público en internet a través de las redes sociales, este tipo de pensamiento parece, de alguna forma, anticuado y poco coherente. Esta es, además, la manera en la que una completa desconocida, de nombre Vivian Maier, se ha hecho famosa después de muerta.

Nacida en Nueva York el 1 de febrero de 1926, pasó su juventud en Francia y regresó a Estados Unidos en 1951 para trabajar como niñera. Fotógrafa incansable, ha sido su legado, encontrado en un trastero puesto a subasta tras su muerte  en 2009, y consistente en unos 100.000 negativos, películas y grabaciones de audio, el culpable de su fama entre la comunidad fotográfica.

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Su obra, fruto de una vida dedicada a la fotografía, ha dado lugar a la publicación de un par de libros, una web dedicada a su persona y trabajo y varios reportajes: uno estrenado recientemente en el festival de cine de Toronto y otro de la BBC; además de los casi dos millones de resultados en Google cuando buscamos su nombre. Y es que las imágenes que guardaba en aquel trastero no solamente impresionan por su cantidad, sino por su gran calidad técnica y artística.

Las motivaciones de esta gran fotógrafa siguen siendo, a día de hoy, especulaciones basadas en sus fotografías y en las declaraciones de los que la conocieron –escasas, pues era mujer reservada–. En Francia, en su juventud, pensaban que era una espía. Ni se casó, ni dejó descendencia, y su vida y forma de actuar parecen las de una mujer solitaria que fotografiaba para sí. A pesar de que siempre llevaba su cámara consigo, nadie era conocedor de su gran pasión. Esta vida misteriosa y enigmática que dedicó a retratar, con maestría, cuanto le rodeaba y que ofrece cientos de interpretaciones, hacen su trabajo todavía más valioso e interesante.

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¿Es pues lícito hacer público aquello que otras personas mantuvieron oculto durante su vida? Reconozco que en este caso no puedo ser objetivo. Mi egoísmo como fotógrafo celebra este hallazgo y otros que pudieran producirse. No obstante, siempre rondará por mi cabeza la idea de que quizá ella consideraba esas fotos parte íntima, y por tanto privada, de su vida. Nunca lo sabremos y, llegados a este punto, lo único que podemos hacer es aparcar principios y coherencia para disfrutar de su increíble trabajo.

August 1975

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