Alaminos, Fran Sevilla, Humor Gráfico, Número 14, Opinión
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Guerra y Nobel de la Paz

Por Fran Sevilla / Ilustración: Jorge Alaminos

Cuando se nos habla del advenimiento del capitalismo en el siglo XIX y de un nuevo orden mundial fruto de la revolución industrial, los libros de historia tienden a hablar de la importancia que tuvo la máquina de vapor. El carbón fue por tanto la sustancia que alimentaría a este nuevo sistema insaciable, alienando a los hombres hasta desprenderlos de su espíritu. Una vez anulada su conciencia como seres humanos, se tendría una masa uniforme de obreros. Mano de obra barata que habría de extraer con el sudor de su frente el carbón de las minas. Y dispuesta a trabajar hasta desfallecer en las fábricas, moviendo los engranajes de esas nuevas máquinas de vapor con las que se amasarían las primeras grandes fortunas. La burguesía acomodada de las ciudades ya no se resignaba a permanecer en un escalón intermedio de la pirámide alimenticia. Depredarían a la aristocracia, alcanzando mayores cuotas de poder gracias a su control del dinero, el capital. La élite empresarial que hoy dirige el mundo sometiendo a gobiernos y medios de comunicación por igual, tiene su origen en la revolución industrial. Fortunas que pasarían de padres a hijos, sudor de obreros y carbón transformados en billetes de dólar. Y la democracia, el sistema político, como una forma de negocio más. Una industria más en la que invertir, quizá la más lucrativa. Políticos afines comprados con dólares que hagan perdurar el orden en los escalones de la pirámide. O mejor aún, educa a tus hijos en universidades privadas donde entrarán en contacto con las distintas esferas del poder, fórmalos para la carrera política.

Se nos habla pues de la importancia del vapor en la construcción de ese nuevo orden mundial. Pero en cambio, se tiende a olvidar el otro gran elemento que ayudaría a configurar la sociedad actual, que fue la dinamita. Porque esa masa de obreros que extraía el carbón de las minas, por su trabajo tuvo que ser instruida en el uso de la dinamita. Y ante las infames condiciones de explotación a las que eran sometidos, no tardaron en surgir maestros dinamiteros dispuestos a rebelarse contra el nuevo orden mundial que se les quería imponer. Usando esos explosivos no para abrir nuevas brechas y conductos en la tierra. Sino para volar por los aires, asesinar a aquellos que los condenaban a una vida miserable de semiesclavitud. Todas las conquistas de la clase obrera, que se les permitiera sindicarse, cada derecho conquistado que hoy creemos irrenunciable, surge del estado de pánico que generaría en ese poder incipiente el uso de la dinamita. El terror de verse ellos mismos o a su familia convertidos en amasijos de carne. Tuvieron que frenar su ambición y ver que era más inteligente renunciar a una pequeña cuota de su margen de beneficio si a cambio salvaban sus vidas, logrando dormir por las noches en paz.

En realidad el capitalismo será mucho más inteligente en idear formas maquiavélicas para obtener beneficios, sin importar las vidas humanas que se puedan cobrar. Pero no será hasta finales del siglo XX cuando terminen de refinar y perfeccionar la fórmula. Ya que durante la mayor parte de ese siglo, el capitalismo estuvo más ocupado en cómo enfrentar una amenaza mucho más seria de lo que lo fueron el anarquismo o la dinamita. A fin de cuentas, el anarquismo no había sido más que una reacción desesperada, irracional, de quienes ya no tenían absolutamente nada que perder.

En Rusia alguien lograría idear una forma mucho más inteligente de explotar al ser humano. Daba igual que el petróleo sustituyera poco después al carbón, ellos tenían reservas suficientes para alimentar a la nueva potencia mundial que estaba por nacer. Surgiría el comunismo. Valiéndose de la promesa de falsos ideales de igualdad, una élite del partido pasará a ser la que explote a la clase obrera. El problema radica en que esta nueva élite no se conformará con desplazar a los antiguos estamentos de la pirámide, además querrá eliminarlos. Pues una vez desaparece el dinero de la ecuación, sólo una mayor cuota de poder puede saciar la ambición del hombre. Si uno debería desconfiar siempre de quien ambicione dinero, mucho más debería hacerlo de quien ambicione poder.

Los que se habían enriquecido durante la revolución industrial y los gobiernos cómplices en ese latrocinio, no estaban muy de acuerdo en abandonar el poder, mucho menos en desaparecer, literalmente, en formas mucho más dolorosas que con la dinamita, y directos en tren hacia Siberia. Para evitarlo, librarán una cruenta guerra en la sombra. Ambas facciones convertirán zonas como Sudamérica en su campo de batalla. Dos sistemas sin escrúpulos en confrontación, y con el pueblo siempre en medio, sirviendo bien de cadáveres, bien de mano de obra. Ya que en realidad, en ningún periodo de la historia la vida humana tuvo demasiado valor.

Tras décadas de masacre, ambas partes negociarán una solución que les beneficiará por igual. Desaparecida la Unión Soviética, élites del partido comunista enriquecidas a lo largo de décadas mediante la obtención de prebendas en negocios como el gas o el petróleo, abrazarán con alegría el nuevo régimen que está por venir, y donde podrán seguir exportando sus productos al resto del mundo, sólo que logrando eliminar la cuota que se llevaba el gobierno. La diferencia será que una parte de las limosnas que antes se daban en forma de pan al pueblo ruso, ahora se gastará en sobornos a políticos.

Sobre cómo evitar que el pueblo se rebelara, habían encontrado también una solución mucho más inteligente, aplicable a ambos lados del telón. Es lo que tiene cuando todas las naciones del mundo se unen en paz y armonía, bajo los designios del FMI, guiando a la humanidad hacia buen puerto. A este nuevo sistema lo llamarán globalización, y no es más que el fruto de la unión de dos antiguos regímenes dictatoriales, capitalismo y comunismo. Unidos ambos bloques en su objetivo común de obtener dinero y poder, ahora pasarán a ser unos países los que exploten a otros, desapareciendo con ello la lucha de clases, pues ya nadie verá la suela invisible asfixiando su cuello. Mientras que los que se beneficien de guerras o hambrunas, de la explotación del hombre, pasarán a ser siempre los mismos, que ya no representarán a ninguna bandera, controlando el mundo desde la sombra proyectada por altas torres acristaladas. Poniendo en cada país a políticos de quita y pon, que en un momento dado, pudiesen servir para canalizar el descontento del pueblo, cambiar el orden aparente de las cosas para que nada cambie. Ya que hasta sobre ese descontento tendrían ellos el control, a través de sus medios de comunicación en nómina.

Anticipando cada jugada para obtener beneficios, llenando espacios televisivos con políticos mesiánicos en prime time.

Pero sobre todo, concienciando al mundo occidental de que la guerra, la violencia, nunca son herramientas para conseguir la igualdad, y de que todo debe quedar supeditado a la democracia, mintiendo sobre que ciertos jueces buscan la justicia en vez de perpetuar el sistema, o de que el pueblo israelí querrá obedecer alguna vez los mandaos de Naciones Unidas, esa herramienta publicitaria multiétnica, la segunda más efectiva desde el Barça de Unicef. Y sobre todo, de que la dinamita en ningún caso fue un elemento que ayudara a cambiar la configuración de la sociedad. Pues la violencia y la guerra sólo pasarán a estar justificadas cuando esa élite que dirige el mundo, cuantificando cada ganancia o pérdida en bolsa, decida que podrá obtener algún beneficio. No tendrán reparos, en cambio, en matar a millones de personas organizando guerras por petróleo o diamantes. Pero si alguna vez, insensatos, intentamos usar la violencia para quitarnos su yugo o garantizar un mundo mejor para nuestros hijos, nos llamarán terroristas. Así, los palestinos que matan a israelís para recuperar su país son terroristas malvados. Y Obama, que manda asesinar en Afganistán para controlar las reservas de petróleo, merecía sin duda un Nobel de la paz. Pónganlo al lado de los de Literatura que nunca dieron a Borges, Bernhard o Kafka.

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