Alaminos, Humor Gráfico, Número 14, Opinión, Paco Sánchez
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Expreso a Belgrado

Por Paco Sánchez / Ilustración: Jorge Alaminos

“En el muro habían escrito con tiza: ‘Quieren la guerra’. Quien lo escribió ya ha caído. La guerra que vendrá no es la primera. Hubo otras guerras. Al final de la última hubo vencedores y vencidos. Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores el pueblo llano la pasaba también”. Gurb, esto lo escribió hace muchos años Bertolt Brecht. Ahora te voy a contar una historia.

El tren expreso se detuvo bruscamente a las cinco de la madrugada de aquel día de primavera de 1991. Un viento helado se colaba por las ranuras de puertas y ventanas. A punta de metralleta y de linterna dos soldados nos pidieron de mala manera los pasaportes. Estábamos en Subotica, la primera ciudad yugoslava tras cruzar la frontera con Hungría.

La estación central de ferrocarriles de Belgrado nos recibió con las primeras luces de un día gris, plomizo y triste. Los andenes estaban tomados por una marabunta humana y las salas de espera eran auténticos guetos incomprensibles para nosotros. Estábamos atónitos y sólo entendíamos lo que veían nuestros ojos: la gente se agrupaba según el color de tez de sus caras y según su indumentaria. Tras intentar que no nos engañaran al dejar las mochilas en la consigna salimos de la estación. Había muchos militares en las calles y empezaba a llover.

Un autobús aplastó un charco a toda velocidad y me caló entero. Tras caminar un rato por aquella ciudad huraña y desangelada entramos en una tienda de alimentación. Estaba casi desabastecida y el dueño nos echó a patadas tras comprarle unos yogures. ¿A quién se le ocurrió la feliz idea de venir a Belgrado?

Llevábamos sólo unas horas allí y ya estábamos deseando que llegara la noche para coger el tren de vuelta a Budapest. Nunca me sentí tan incómodo en una ciudad. Tras contemplar el Danubio desde la atalaya de las ruinas del viejo Belgrado, única estampa bonita de aquel día, y recibir algún que otro estufido de adustos belgradenses decidimos parapetarnos en la cafetería de la estación de autobuses, desde donde podíamos ver el paso esporádico de tanquetas del ejército. Yo me acerqué un momento a la contigua estación de ferrocarril para verificar la hora de salida de nuestro tren. Al llegar a la puerta principal me encontré de bruces con el cuerpo de un niño tirado en el suelo bajo la llovizna. Con el rostro tumefacto y desencajado echaba espumarajos por la boca. La muchedumbre pasaba impasible junto él y lo esquivaba.

Nadie le miraba. Su cara pálida no se me olvidará nunca. Lo cogí en brazos, entré en la estación y busqué el puesto de Cruz Roja.

Al abrir la puerta de la sala me dijeron que dejara al niño sobre una camilla. Me quedé junto a él. Pasaban los minutos y nadie hacía nada.

Tres enfermeros veían dibujos animados en una pequeña televisión y cuando les llamé la atención me miraron hoscamente y uno de ellos me contestó enfadado: “Cuando acabemos con lo nuestro lo atenderemos. Sólo tiene un ataque epiléptico. Además, usted no debería recoger de la calle a niños abandonados. Ellos saben buscarse la vida solos. Márchese”. Y me sacaron a empujones del cuarto.

Volví con mis compañeros de viaje, les conté lo que había ocurrido y regresamos a la estación de tren. No nos dejaron entrar en la sala de Cruz Roja para ver cómo iba el niño. Quedaban algo más de dos horas para que saliera nuestro expreso, por lo que nos instalamos en un banco de una sala de espera. Al cuarto de hora se acercó un revisor y nos pidió los billetes. “Tienen que salir fuera. Aquí sólo pueden estar los pasajeros cuyo tren vaya a salir en menos de una hora”. “Pero si están casi todos los bancos vacíos. Hay sitio de sobra”, le contestamos. “He dicho que salgan fuera o les tendré que echar a la fuerza”. Mientras recogíamos las mochilas vimos cómo aquel revisor con cara de doberman hacía lo mismo con otros viajeros ante a sus protestas. Un hombre se resistía a abandonar la sala y recibió varios empujones. Al final acabaron encarados, cabeza contra cabeza como dos toros, y gritándose. El revisor le dio un brutal cabezazo y el viajero acabó en el suelo sangrando. Nosotros nos fuimos corriendo a avisar a la Policía de la estación. Qué ilusos, no habíamos aprendido que aquel no era país para extranjeros. “No estamos para perder el tiempo con esas cosas. Que se maten si quieren”, nos respondió un agente.

Cuando el tren arrancó la noche caía sobre Belgrado y nos sentíamos felices de abandonar por fin aquella maldita ciudad a la que no pensábamos regresar nunca. Dos meses después estalló la guerra de los Balcanes.

Gurb, si la preguerra nos pareció entonces un infierno, cómo sería la guerra y la posguerra. Cada vez que me acuerdo de aquel viaje me recorre un escalofrío.

No me extraña terrícola. Yo creo que el poeta francés Paul Valery tenía razón: “La guerra es una masacre entre gente que no se conoce para provecho de gente que sí se conoce pero no se masacra”.

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