Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 15, Opinión
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El sentido de la vida

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

Me cuenta Pedro Duque, mi astronauta de cabecera, que a Marte podríamos llegar en un rato si se destinara el parné suficiente para costear toda la cuchipanda, o sea la gasolina, los ingenieros, las latillas espaciales y las tuercas de la nave. ¿Pero ir a Marte para qué? Los científicos quieren encontrar agua en el planeta rojo y uno se plantea si no sería mejor buscar agua en Murcia, que los pobres lagartos ya van con cantimplora, como diría Chiquito de la Calzada. A fin de cuentas Marte es como Extremadura, solo que sin cabras. El ser humano necesita saber la causa de todo, como si de esa forma pudiera solucionar los males del mundo. Cuando finalmente descubre que la Tierra se está calentando por el efecto invernadero y que nos podemos ir todos al carajo por una mala insolación nos sentimos muy satisfechos y ufanos creyéndonos el ombligo del Universo por haber resuelto el gran misterio. Sin embargo, las soluciones ya las buscará otro, Al Gore o el primo de Rajoy, que para eso es catedrático de no sé qué. Especie absurda y estúpida ésta.

Yo no sé si debiéramos llegar a Marte para dejarlo todo perdido de folletos de Ikea, bolsas de El Corte Inglés y latas de coca cola. Hoy nadie se acuerda ya de la Luna. Aquello se lo montó Kennedy para despistar a todo el mundo y poder echar una canita al aire en el despacho oval. Mientras Armstrong dejaba su santa huellaca en suelo lunar y Aldrin iba de pingo en pingo entre cenizas y rocas muertas, el presidente andaba metido en otros polvos, prometiéndole su Luna particular a Marilyn. No te bajan la tapa del váter, te van a bajar la Luna, debió pensar la rubia maravillosa y eterna. Por mi parte, no niego que me apasionan los misterios del cosmos. Crecí con Spielberg y Carl Sagan, buenos amigos que con sus marcianos y naves espaciales hicieron volar mi imaginación y me ayudaron a evadirme de aquella infancia llena de colegios de curas, realismo sucio, tardofranquismos y transiciones. Todavía disfruto como un mamoncete leyendo ciencia ficción (los hipsters, o sea los progres de toda la vida, ahora la llaman literatura de anticipación) pero opino, como decía el filósofo aquel, que los males del mundo vienen de esa manía del hombre de no saber estarse quieto en su casa. Stephen Hawking se ha dejado ver por Canarias estos días. Se ha marcado un crucero de lujo por el Atlántico, ha comido mojo picón, ha dado un par de charlas y ha confesado que es más ateo que un billete de quinientos euros. Pero a la hora de explicar el origen de la creación, del big bang, de los agujeros negros y toda esa carraca cósmica, a la hora de mojarse sobre cómo nació este sindiós que es el Universo, el genio va y nos despacha diciéndonos que hoy por hoy –tras décadas de sesudo estudio, de dejarse dioptrías en el telescopio y de pasarse la vida entregado a fórmulas matemáticas incompresibles– todavía no sabe por qué existe. Tóquese los pies, señor Hawking, para ese viaje no hacían falta alfombras, como dijo el inculto aquel. Quién sabe. Quizá lo descubra dentro de un cuarto de hora. Yo de Hawking, más que con el astrofísico, me quedo con el hombre. Hay que tenerlos muy bien puestos para pasar, en apenas un chasquido de dedos, de las orgías y las birras universitarias de Cambridge a la silla de ruedas pilotada con una pajita en la boca. Ahí cree uno que radica el secreto de la vida, en la lección existencial del genio, en la fuerza de voluntad de un hombre que decide superar su mortalidad para convertirse en inmortal. “Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor”, decía Schopenhauer.

Gallardón, flamante y feliz dimitido, es otro que ha aprendido lo que es el dolor, el dolor que le han infligido sus propios compañeros de partido, tan pérfidos y traidores ellos que lo han dejado solo, más solo que la una, con sus abortos a la carta para niñas pijas. Uf, eso tiene que escocer como unas ingles brasileñas depiladas con cuchillo jamonero, en plan burro, o sea. Los americanos nos llevarán a Marte algún día, no me cabe la menor duda. Encontrarán cubitos de hielo en los polos para una juerga con güisqui on the rocks, montarán un McDonald’s y luego se largarán por ahí, con viento fresco, hala, a destrozar otro planeta. Puede que en unos pocos siglos, si el ser humano sigue caminando aún sobre la faz de la Tierra, nos lleven a las estrellas y más allá. Pero mucho me temo que cuando lleguemos a Alfa Centauri seguiremos ignorando lo esencial, seguiremos sin tener pajolera idea de nada. El progreso consiste en la percepción equivocada de que vamos cada vez más deprisa cuando en realidad vamos cada vez más despacio. Antes de superar la velocidad de la luz hay misterios mucho más importantes por resolver aquí abajo, como por qué no entendemos la letra de los médicos, por qué hablamos con nuestros perros, por qué Esperanza Aguirre se ha dado de pronto a las trepidantes persecuciones policiales con la pasma, por qué a Isabel Gemio la llamaban Paca La Brava, o por qué las guiris de Magaluf practican el trueque de cubatas por chilindrinas. De modo que siéntese y relájese, ocupado lector, porque los científicos aún tardarán en aclarar cómo diablos se montó todo este pollo universal en el que andamos metidos. Mientras tanto, nos quedan los Monty Python y su necesario sentido de la existencia: “Mire siempre el lado brillante de la vida”. Por cierto, que dicen por ahí que Cañete ha vendido ya sus petrodólares. Ése sí que sabe lo que es la vida. Dónde estará el probe Migué, que hace mucho tiempo que no sale…

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  1. Lombilla dicen

    Enhorabuena, señor Antequera, por el número entero y por este articulazo que deja tan buen sabor de boca como las pelis de los Monty Piton. Los misterios de la tierra son geniales. Ha merecido la pena no tomarme el Soñodor para leer Gurb recién hecho. Aunque ahora a ver quién me duerme… ¡Canalla!

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