Ángel Vilarello, Deportes
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El fracaso en el deporte de élite

Por Ángel Vilarello. Miércoles, 24 de septiembre de 2014

Al igual que Bill Murray en Atrapado en el Tiempo (o como algunos preferimos, El día de la marmota) me levanto con la sensación de haber vivido recientemente este día. Los titulares matutinos de los diversos medios destacaban una palabra en relación al mundial de baloncesto: fracaso. Reconozco que sólo vi una parte del encuentro entre España y Francia, la cosa no tenía buena pinta y es un deporte que me pone especialmente nervioso sin saber muy bien por qué. Lo mismo que vivimos hace tan sólo unos meses con la selección de fútbol parecía volver a repetirse, con la mejor generación de baloncestistas jamás vista en nuestro país, que para más inri, jugaba lo que algunos denominaban “su mundial” en casa.

Sin entrar en aspectos técnicos o tácticos, de si tendrían que haber jugado unos u otros, de si la gestión del grupo no fue la óptima, de si la preparación física resultó inapropiada, o recurrir a cualquier tópico de tertulia deportiva, personalmente sí encuentro un punto en común, un nexo de unión o lo que tal vez sea un ingrediente más de los recientes desaguisados mundialistas: la falta de humildad.

Durante los previos a las competiciones hemos oído y leído en innumerables ocasiones como se hacían cábalas acerca de qué rivales nos podíamos encontrar en semifinales y cómo deberíamos jugar ante el resto de favoritos en el caso, más que probable para la mayoría, de que llegásemos a la final. Vamos, el cuento de la lechera de toda la vida.

En las últimas décadas, tanto el fútbol como el baloncesto han modificado sus prioridades a la hora de entrenar. Si hace ya bastantes años, todo quedaba a expensas del talento individual, la profesionalización de los equipos fue dando paso a unos años de trabajo fundamentalmente físico (importado de los deportes individuales), para luego dar más peso a trabajo táctico y técnico, quedando el aspecto psicológico relegado casi una anécdota (reducido a una arenga del entrenador) hasta la última década.

Hoy en día, aspectos como el perfeccionamiento de los entrenamientos, la llegada de diversos especialistas para formar parte del cuerpo técnico o la irrupción de la tecnología que destripa hasta el más mínimo detalle, minimiza las diferencias entre unos equipos y otros. Aparece entonces en escena ese actor “secundario” que antes sólo ejercía de extra, el aspecto mental. Todos recordamos esas hazañas de equipos modestos que son capaces de ganar a los denominados grandes y luego el análisis suele reducirse a la actitud de los jugadores. Evidentemente su predisposición mental era mucho mejor que la de su rival.

Ya lo advirtió Frank Rijkaard, en su etapa como entrenador del Barcelona: “el elogio debilita”. Sólo con el paso de los años pude darme cuenta de la importancia de su afirmación, donde dejaba clara la importancia de la ambición en el rendimiento de sus jugadores. El agradecido elogio, empleado en exceso y sin rigor, hace reducir nuestro empuje a una especie de inercia cuya reducción de la velocidad se realiza de manera tan paulatina que sólo somos conscientes cuando es demasiado tarde y nuestro equipo, negocio o proyecto está a punto de detenerse. Otro ejemplo del valor de la mente lo encontramos en un artículo de Paco Seirul-lo (referente español del entrenamiento físico) “la preparación física no existe”, donde nos hace preguntarnos si hemos visto cansado a un equipo que gana 4-0, o cómo se recupera cuasi milagrosamente otro que se acerca en el marcador, cuando parecía que estaba rendido.

Xavi y Casillas, dos amigos que han marcado una época en el fútbol. Foto: DefensaCentral.com

Xavi y Casillas, dos amigos que han marcado una época en el fútbol. Foto: DefensaCentral.com

No cabe duda de que no debe resultar sencillo manejar estos aspectos en deportistas de élite. No olvidemos que en su mayoría son famosos, jóvenes, guapos e inmensamente ricos y que están sometidos a una exposición mediática desmedida. Alguna vez he imaginado cómo sería mi vida en esa misma situación, y sí, me temo que habría perdido el norte… y el sur y el este, y todo signo de raciocinio.

Después de los mencionados fracasos deportivos, sobraron minutos para hacer trizas el árbol caído, llegó el aluvión de críticas, agoreros sacando pecho, entrenadores (algunos especializados en hundir equipos) dando soluciones y menospreciando a compañeros de profesión. Resulta cuanto menos cobarde desprestigiar a un profesional a toro pasado, y que ni siquiera está presente para defenderse, pero este país cainita prefiere escuchar y leer miserias, que no son al fin y al cabo, sino las que lleva uno dentro.

A pesar de los disgustos, y de que la estadística o la simple lógica nos puedan invitar a pensar que tal vez no volvamos a vivir tal época de triunfos en 20 o 30 años, no puedo dejar de dar las gracias a gente como Xavi Hernández, Villa, Xabi Alonso, los Gasol, Iker Casillas, “La Bomba” Navarro, y un largo etcétera en el que podríamos incluir a Rafa Nadal, la selección de balonmano (masculina y femenina), la selección de fútbol sala, Mireia Belmonte, Jorge Lorenzo, Laia Sanz, Fernando Alonso o la más reciente y hasta ahora desconocida Carolina Marín, entre otros muchos. A todos y todas, sólo puedo mostrar mi gratitud por emocionarnos con vuestro esfuerzo y hacernos vibrar con esos efímeros éxitos fruto de largos años de intensa dedicación.

Fotograma de Lost in Traslation

Fotograma de Lost in Traslation

Al menos, en la película, Bill Murray aprendía de sus errores y ante la posibilidad de repetir sus acciones, supo sacar provecho de su experiencia para mejorar cada nuevo día. Queda por ver si otros serán capaces de hacer lo mismo. No obstante, creo que volveré a ver Lost in Translation, a ver si la próxima vez que me sienta como el señor Murray sea por coquetear y seducir a Scarlett Johansson. Desde luego, no hay color.

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