Artsenal, Humor Gráfico, Número 14, Opinión, Xavier Latorre
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El enemigo en casa

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

La guerra se ha librado en Siria en las calles de Alepo, la capital económica del país. Ahora Tikrit o Mosul son feudos de los integristas radicales que imponen su salvaje ley. Hay calles de poblaciones españolas donde cada día, de forma menos cruenta, se libran también batallas. Muchas ciudades son escenarios bélicos de los ataques indiscriminados a la población civil por parte de los poderes públicos, de los bancos, de las grandes corporaciones y de una misión de mercenarios uniformados de negro venidos de Bruselas. Con una política económica agresiva, desde el comienzo de las hostilidades virulentas, están provocando daños indiscriminados a nuestro alrededor.

En la franja de Gaza, los bombardeos prolongados durante días de Israel han dejado sin hogar a miles de familias. Las víctimas de esta represalia indiscriminada y sinsentido han convertido Palestina en un polvorín. En nuestro país, familias enteras han sido desahuciadas de sus casas y se han quedado sin hogar por la voraz e indiscriminada acción de los bancos a los que luego nos toca ayudar a la fuerza. La expulsión de personas de sus hogares ha crecido anualmente un 20 por ciento desde la instauración de esta estado de guerra económico, coincidiendo con el denominado estallido de la burbuja inmobiliaria. Unos policías con escudos y cascos, y armados con una orden judicial, desalojan a la fuerza a las víctimas de esos ataques financieros y especulativos.

En Libia o la vecina Malí las tribus rivales y las milicias de uno u otro signo, ungidas por un aura religiosa, siembran miedo, represión y destrucción a su paso. En nuestro país, las escaramuzas contra el mercado laboral han provocado la expulsión de sus trabajos de una cuarta parte de la población activa indefensa. Familias enteras en muchos hogares han quedado excluidas de un salario regular y, por ello, la pobreza ha llamado a sus puertas. La gran brecha abierta con la desigualdad social –la segunda en Europa– ha hecho que haya explotado y haya saltado por los aires la cohesión social. La amenaza del paro ha tomado, por otra parte, como rehenes a los que aún conservan un empleo basura y precario con bajadas reiteradas a cañonazos de los salarios. Los campos de trabajo forzado funcionan bajo amenazas. El gobierno del PP ha ametrallado con recortes a la población indefensa y ha dejado de atender los casos sangrantes que esta guerra económica encubierta va provocando.

Una nación nueva en el mapa político, Sudán del Sur, ha empezado con mala pata su andadura independiente. Un golpe de estado ha provocado un estallido de violencia salvaje que ha ocasionado más de un millar de muertos, una fuerte hambruna y un millón de desplazados hacia campamentos de refugiados fuera de sus fronteras. En nuestro país, la devastación económica y las hostilidades financieras han obligado a evacuar amplias zonas del país. Miles de refugiados, principalmente jóvenes cualificados, han debido cruzar la frontera y ponerse a salvo laboralmente en países más prósperos. Allí –en el exilio– han rehecho sus vidas como han podido, hacinados en pisos cutres, y han percibido a veces el desprecio de los habitantes de los países de destino.

Hay guerras por doquier. Cada vez más. Y en esos conflictos se usan medios muy sofisticados para combatir al enemigo, como los satélites, los aviones espía, la propaganda mediática, los drones, los embargos económicos, la instauración de regímenes autoritarios, los cascos azules, la venta de armas, los escudos de misiles, la OTAN, los gobernantes títeres, la religión o los servicios secretos. Todo sirve para ensañarse con un país, para agotar la munición sobrante de la pasada campaña, para retirarse estratégicamente y para reconstruir luego cínicamente el país damnificado con sus empresas de confianza.

En nuestro país, fuera del foco puramente bélico, se está librando una batalla económica en la que el paro, la deuda ilegítima, los paraísos fiscales, los salarios indignos y la estafa bancaria están ganando posiciones. Estamos sometidos a un ejército que nos ha declarado la guerra en una contienda desigual donde una bando tiene todas las de perder. El botín de guerra lo obtienen al exprimir nuestro exiguo saldo bancario y nuestros sueldos hechos añicos. La desmoralización es patente. Parece que firmando un armisticio se puedan salvar las pensiones, la sanidad universal o la educación de calidad, pero resulta que es mentira: persiguen la rendición incondicional. Nos darán una pequeña tregua para celebrar la Navidad electoral y luego volverán a las acciones selectivas contra la gente más indefensa. De momento estamos perdidos… en combate.

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