Humor Gráfico, Juanma Velasco, LaRataGris, Número 14, Opinión
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Con tetas no hay guerras

Por Juanma Velasco / Viñeta: LaRataGris

Hace muchos episodios que la guerra dejó de ser el arte que predicaba Sun Tzu para convertirse en un negocio. Un negocio en el que si ya rara vez resultaban heridos o muertos quienes lo diseñaban en los tiempos anteriores a la máquina de vapor, en menor medida los líderes de los cien, de los quinientos últimos conflictos bélicos, se han puesto al frente de sus ejércitos más allá de la felicitación si la Navidad les pilla combatiendo.

Si alguna vez la guerra tuvo esa aleación de romanticismo, épica, empresa y barbarie, el presente sólo ha preservado el interés y la barbarie, y a una buena parte de la humanidad le ha conservado la extrañeza de comprobar cómo se siguen reiterando las mismas estupideces, los mismos comportamientos. Comportamientos que dan al encono, enconos que desembocan en intolerancias, intolerancias que originan una de las palabras más tremendas del diccionario de la evolución: guerra.

Sin ahondar, por inabarcable, en el concepto de negocio, y más allá de catalogar a la guerra como asunto propio de humanos, cabe acotar más el término y clasificar a la guerra como una exclusiva de los hombres, de los machos.

Sucede que si revisamos la Historia, y más concretamente la de los conflictos armados, la práctica totalidad de éstos han sido instigados, declarados, combatidos y resueltos por hombres, por varones ávidos de hacer prevalecer sus dioses sobre los ajenos, por sacudirse sus complejos, por sobresalir mediante la fuerza lo que no han sido capaces de resolver a través de la inteligencia, la negociación o la suavización de unas intransigencias de partida que la mayoría de veces se han revelado improductivas.

Uno se sorprende cuando reflexiona sobre esa condición estrictamente masculina de las guerras. Resulta necesario entretenerse en la Historia para encontrar esas excepciones de mujeres belicosas, que las hay. Se nos aparecen, entremezcladas en las épocas, Cleopatra y la reina Victoria, Nefertiti y Margaret Tatcher, Catalina la Grande e Isabel la Católica, mujeres las enunciadas con un corte de autoritarismo en sus respectivos mandatos que las hizo ponerse de parte de la violencia como fórmula para resolver conflictos o aspiraciones.

Pero adentrándonos más en la reflexión cabe preguntarse si las mujeres no han protagonizado más guerras porque no están dotadas para la utilización de la fuerza como solución o porque no han tenido ocasión de emplearla al apenas haber ejercido el poder a lo largo del transcurrir. Quizá ambos supuestos sean válidos como respuesta. Sin duda, la preponderancia masculina en el poder, casi exclusiva en épocas pretéritas, se debe, todavía hoy, a esa reminiscencia de la mayor masa corporal y por ende de fuerza, de los machos humanos respeto a la de las hembras. En la Naturaleza, salvo escasas excepciones, los más fuertes de cada especie suelen acabar imponiéndose sobre los restantes. Los humanos no hemos sido en esto una excepción. Hombre corpulento golpea, maltrata y asesina a mujer endeble. El presente sigue dando fe de esa superioridad física que la singularidad de estar considerados (por nosotros mismo) como la especie más inteligente, a cientos de neuronas luz de la siguiente, no ha sido capaz de solventar. Me da que en algunos tipos de inteligencia, los humanos ocupamos el último lugar del reino animal. Incluso del vegetal, si nos ponemos estrictos.

De los 194 países oficialmente reconocidos, sólo 11 están gobernados por mujeres. Las ocho guerras mayores actuales y los casi 40 conflictos, tenidos como… menores pero que permanecen activos a día de hoy, no afectan a ningún territorio dirigido por mujeres. Puede que la estadística no sea reveladora en sí misma dado el escaso número de gobernantas plenipotenciarias, pero sí evidencia esa tendencia histórica a considerar la guerra como un negocio de varones excedentarios de una testosterona que siempre excretan a través de otros, los combatientes, que son quienes acaban sufriendo la kunderiana levedad del ser humano, del hombre humano.

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