Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 15, Opinión
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Con la nada en los talones

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

La comunidad científica ha reconvenido a Stephen Hawking por afirmar en público que el famoso bosón de Higgs podría causar, en potencia, el fin del universo. El suceso es difícil que se produzca, puntualizó, pero la inestabilidad de la partícula es alta y podría, en determinadas condiciones físicas (imposibles de recrear hoy), abocarnos a la nada sideral. Sus colegas, ensimismados y empleados durante dos décadas en el acelerador de hadrones (664 millones de euros al año), han tildado al británico de alarmista. Pretenden con el calificativo que nadie les amargue la fiesta ni se alienten conspiraciones cataclísmicas entre la población neófita, como sucedió en el primer ensayo del magno colisionador. Entonces, para algunos teóricos, el fin del universo se presentaba como una servidumbre del conocimiento, una probabilidad colateral que los propios investigadores, en aras de la Ciencia, podían desatar sin proponérselo. Baste recordar las jornadas precedentes al Experimento Total, aquellos días que vivimos con la nada en los talones, amenazados por un horrible agujero negro, tan oscuro como la cerradura de un convento de clausura y cuya naturaleza prometía transformarse en un gigantesco y letal tambor de lavadora capaz de centrifugar los pecados del universo todo. Sí, caros lectores, las piedras también pecan, si no: la que esté libre de pecado que lance la primera piedra. Eso sin mencionar la cada vez más aceptada vida extraterrestre, que, por muy extraterrestre que sea, también habrá hecho de las suyas, ¿verdad, Iker? En este punto del cosmicidio, debemos saber que el acelerador de partículas ha trabajado sólo a media potencia debido a fallos técnicos. Así pues, ni siquiera sabemos a ciencia cierta si la partícula resultante es el bosón de Higgs u otras subpartículas similares de las que se tiene conocimiento teórico. Vender la piel del oso antes de cazarlo.

El ensayo volverá a repetirse a pleno rendimiento para ajustar las conclusiones, pero nos asaltará otra vez la incertidumbre –humana– de un posible fallo en un sistema tan complejo que puede revelar la existencia de la partícula divina o mandarnos a la nada sin acuse de recibo porque, en último término, teoría y práctica no siempre van unidas de la mano. Y no quisiera yo regresar a las apocalípticas andadas de los primeros días del experimento: muy preocupado yo por el destino de mis héroes de ciencia ficción –género reducido hoy a planteamientos palomiteros–, me preguntaba qué sucedería con mi entrañable y desahuciado E.T., ese Ulises que buscaba incesantemente su Ítaca espacial sin que banquero alguno le ofreciera un préstamo para una nueva casa. Y cómo encajaría el suceso la familia de Perdidos en el espacio después de malgastar tantos años luz sin encontrar el camino de regreso –mira tú que si fueran los okupas de la casa de E.T.–; su vagar por esos mundos de Dios habría concluido, y se reencontrarían con nosotros en la centrifugadora letal, sin saber cómo ni por qué, maldiciendo al guionista por tan sufrido final. Incluso me planteé que el único superviviente del desastre definitivo no podría ser otro que el incombustible y vulcánico Sr. Spock, siempre impertérrito a las radiaciones más nocivas, a las tormentas siderales y a las teletransportaciones fallidas.

Recordé también con nostalgia a mi amigo Benito, mi compañero de un bachillerato que hacíamos en pantalón corto, un incondicional de todos los héroes galácticos e intergalácticos trasmutados en titanes por obra y gracia de experimentos malogrados. El bueno de Benito nos sorprendía cada día con un nuevo personaje: hoy era la Masa, y se inflaba como un sapo; mañana, Superman, y la rebeca mutaba en capa; otro día, los 4 Fantásticos, y tres de nosotros teníamos que completar el cuadro; a la semana siguiente era Spiderman, y se colgaba de los barrotes de una ventana o trepaba por las escaleras, de rodillas y a dos manos… Benito y la Marvel… Hoy será un envidiado coleccionista de cómics. Cómics que avisaban de oscuros peligros que se cernían sobre muestro planeta, como hoy revelan científicos de vanguardia: explosiones solares, capaces de fundir satélites de comunicaciones y hacer desaparecer los asientos contables del banco mejor guardado; meteoritos desalmados, que juegan a las carambolas sin avisar; expansiones del universo, que nos alejan de no sabemos qué y hacia no sabemos dónde; el Bolsón de Bilbo y Fredo, y el Bosón de Higgs y Englert, los Señores del Anillo Cuántico; el multiverso, el arte de los juglares pluriempleados, y sus poéticos universos paralelos, que me dejan ídem sin para ni ese; el apocalíptico cosmólogo Iker Jiménez, exorcizando científicos desde su nave del misterio, que me hiela la sangre, semana sí semana también, con esos seres venidos del más allá, voz en off, para fastidiarme el sueño de los domingos –y mañana lunes–. Sin olvidarnos, claro está, de la famosa teoría de cuerdas, ¡como si el universo fuera una bandurria! Así pues, doy gracias a Punset por ordenar este caos, esta incertidumbre, con sus políglotas y educativas entrevistas que nos ponen a cavilar hasta el mes siguiente, cuando sellamos el paro y comprendemos que no hay más biblia en verso ni universo que la nada en los talones.

PD: Cómo envidio a Lombilla y Paco Sánchez que se cartean con Gurb y, seguro, les habrá resuelto todas las dudas universales. Leeré sus artículos con la máxima atención, como siempre.

1 Kommentare

  1. Lombilla dicen

    Me dice Gurb que lo que es envidiable querido Paco es ese final tan fatalista, certero y “hitchcockiano” de tu artículo. Ah, y también las juergas que te pegas con Gatoto que son la comidilla de todo el universo… Abrazos

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