Gil-Manuel Hernández, Opinión
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Como ratas

Ya está sucediendo. La descomposición del régimen del 78 avanza inexorablemente y el otrora flamante barco de la Transición hace aguas por todos lados. Las oligarquías se agitan nerviosas, temerosas de que su incontestable y casi incontestado poder se ponga en entredicho. No quieren una España roja ni rota, sino en sus bolsillos, como hasta ahora ha sido, y según sus cálculos, tiene que ser. Su obsesión es el mantenimiento, lampedusianamente reciclado, de una especie de orden divino e inmutable que bajo ningún supuesto puede ser alterado, que para eso está la CT (cultura de la Transición) y si hace falta, la Guardia Civil y el Ejército. Al fin y al cabo, para algo se ganó una guerra.

El régimen del transicionismo se ha apoyado políticamente en muchos palos, entre ellos el PSOE o CiU, pero es evidente que el Partido Popular ha sido y es el principal de ellos. No debe extrañar, pues, que el PP se muestre tan comprensivo con sus padres franquistas y oligárquicos, perpetradores de uno de los mayores genocidios modernos, pero ataje con manifiesta intolerancia cualquier cosa que suene a democracia verdadera, pues es la “democracia orgánica” la que constituye su modelo predilecto de gobierno.

Desde que se iniciara el ciclo conservador en 1995, que llevó al PP a incrementar masivamente su presencia en las diversas instituciones públicas, el maridaje entre economía del ladrillo, corrupción rampante y despotismo sin par no ha hecho más que expandirse, calando hasta el tuétano en la estructura social y generando millones de ciudadanos cómplices con los excesos y trapisondas de ese partido de la oligarquía, para el cual el país es poco más que un cortijo. Durante todos estos años, especialmente en determinadas comunidades autónomas donde el PP ha hecho y deshecho a su antojo, se han ido solidificando y naturalizando engranajes psesudomafiosos en todos los ámbitos de la administración. Y no es solo ya que el PP se convirtiera en aplicado gestor de los delirantes dogmas neoliberales emanados desde los grandes poderes globales, sino que, además, se reveló como la enésima actualización del rancio caciquismo de la España negra, solo que ataviado con ropajes presuntamente cosmopolitas, en forma de grandes eventos, grandes construcciones y, evidentemente, grandes chanchullos y agujeros negros financieros.

La crisis de 2008 puso al descubierto toda esta podredumbre, toda esta delincuencia institucionalizada, y el búnker del 78 comenzó a agrietarse. Y así, en muy pocos años, entre el 15-M, las mareas, los antideshaucios, los independentismos y movimientos indignados varios, recurrentemente atizados por nuevos escándalos, llegó lo que tenía que llegar, es decir, la posibilidad de una transformación. Pronto las encuestas comenzaron a advertir de su advenimiento y el nerviosismo no hizo más que aumentar, hasta el punto de atemorizar a prestigiosos banqueros y a implacables grupos de presión.

Sin embargo, el desmoronamiento del régimen del transicionismo, en su versión de misa diaria y pelotazo urbanístico, también ha acabado por afectar a miles de enchufados, compadres, protegidos, estómagos agradecidos, colaboradores entusiastas, comisarios políticos, delatores, voceros mediáticos, palmeros, asesores y un largo elenco de cargos de confianza del más diverso pelaje que han vivido bien todos estos años como obedientes parásitos de sus jefes del PP. Progresivamente se han ido quedando con las vergüenzas al aire, como todos esos empleados de Radio Televisión Valenciana adictos a la causa que, cuando se vieron abandonados por sus padrinos, experimentaron una repentina caída del caballo para pasarse, con armas y bagajes, al bando de los que hasta muy poco tiempo antes silenciaban y despreciaban. Como las ratas que abandonan el barco ante la proximidad del naufragio, miles de infames colaboracionistas de lo peor del régimen del 78 han empezado a saltar por la cubierta, a ver si todavía consiguen llegar a la playa, y con un poco de suerte, y dando un buen rodeo, vuelven nadando hacia el barco del regeneracionismo.

Es lo que tienen las ratas metafóricas, que poseen un innato instinto de supervivencia y una prodigiosa flexibilidad para mutar de principios. Su servilismo puede cambiar de amo sin rubor, su docilidad se puede poner a prueba mientras todo vaya sobre ruedas. Sin más ética conocida que la del bucanero, se acomodan allí donde haya un botín que roer. Siempre dispuestas a ponerse a las órdenes de quien las vaya a tratar con displicencia y manga ancha. Y ahora miles de ellas asoman el hocico y parecen dispuestas al “cambio”.

Dicho de otro modo, ha comenzado una gigantesca operación de reciclaje, muy similar a la mudanza de chaquetas de la inmediata transición, que los partidos de izquierda, especialmente los recién llegados, habrán de vigilar escrupulosamente si no quieren encontrarse con un enjambre de quintacolumnistas resentidos dispuestos a aguantar hasta que escampe el temporal, mientras llega un nuevo barco amigo a rescatarlos del infierno comunista. Al fin y al cabo, el catálogo de miserias humanas siempre puede ampliarse en situaciones de excepción como la que vivimos. En cuanto a los otros, esos que se revuelven inquietos en sus poltronas de alta cuna, esos que siempre han tenido la sartén por el mango, tan solo esperan su oportunidad para volver a freír en ella a los que, navegando a contracorriente, pretenden desafiar los oscuros vientos del poder.

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