Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 14, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla / Viñeta: Lombilla

Estimado Gurb:

Me he hecho pirata. Te cuento:

El otro día, mientras le hacía la pedicura al director de esta nuestra revista que lleva tu nombre, al arreglarle el dedo gordo de su delicado pie derecho una astillita de uña saltó, con tan mala fortuna, que fue a clavárseme en el ojo izquierdo. Como la uña en cuestión tenía restos de morcilla de Burgos (que ya sabes tú lo que le gusta comer con los pies morcilla de Burgos a nuestro querido director), la niña de mi ojo, que es alérgica a la sangre de cerdo, se intoxicó y murió. Y como el ojo entero se ha tenido que ir a su entierro, pues yo me he quedado tuertecito perdido. Así que no he tenido más remedio que meterme a pirata. Y no veas qué aventuras estoy viviendo, Gurb. Nada más echarme a la mar, lo primero que hice fue, lógicamente, decir aquello de: «La luna en el mar riela, en la lona gime el viento y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y ve el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul…». Y justo cuando decía “Estambul”, saltó sobre mí un yihadista de Hamás que la humedad había criado en la madera del palo mayor gritando: «¡Con el Imperio Otomano vivíamos mejor!». Yo, haciendo valer mis galones, con autoridad le dije: «¿Pero qué dices chiquilla?». Él se quitó el embudo que llevaba sobre la cabeza, se lo colocó a modo de megáfono y volvió a gritar: «¡Con el Imperio Otomano vivíamos mejor!».

Además me dijo que con el parche que llevaba yo le recordaba a Moshén Dayan y que no tenía más remedio que matarme. Para salir del paso, como me puse nervioso, no se me ocurrió otra cosa que decirle que yo no era el general Dayan sino el general Millán Astray, el insigne militar español creador de la Legión. Y para dar verosimilitud a mi afirmación me coloqué su embudo en la cabeza y lo más fuerte que pude grité: «¡Viva la muerte…!». Y, entonces, al conjuro de mi grito, como en el final de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick, montado sobre un misil apareció en el cielo Benjamin Netanyahu agitando con alegría un sombrero de “cowboy” cien por cien estadounidense. «¡Viva la muerte!, ¡viva la muerte!», gritó a su vez Netanyahu mientras saltaba del misil un segundo antes de que impactara en la barriga del yihadista. Como al yihadista no le pasó nada porque se había atado a la cintura a doscientos cincuenta y tres civiles palestinos que amortiguaron la explosión, riendo a carcajada tendida, dijo: «Yo es que nunca salgo de casa sin protección. ♫Tralaríiii…, tralaráaaa…♫ ¡Y viva Mahoma manque pierda!». Después, mirando fijamente a los ojos de Netanyahu mientras éste terminaba de lamer con ansia la sangre palestina derramada por la cubierta del barco, el yihadista cantó lo siguiente: «♫Mi tierraaaa, me la robaroooon, estandoooo de romeríaaaa…♫». Ante tamaño desafío, Netanyahu dejó de lamer la sangre, púsose en pie, y cantóle al de Hamás: «♫No me gusta que a la yihaaaad te pongas la minifaldaaaa…♫». El ambiente era tal, que ni los cuchillos esos de la teletienda que lo parten todo podrían cortar la tensión que crecía por momentos. «¡Alá tiene las nalgas más prietas!», dijo uno; «¡Jehová tiene los labios más carnosos!», dijo el otro. Para distraerlos y parar la escalada de violencia, yo, con la misma determinación con que la comunidad internacional actúa frente a los crímenes en Gaza, me arranqué la casaca de pirata y a cuerpo descubierto me subí a la verga del trinquete. Y desde la verga ésa, acariciando mis pechos ebúrneos con voluptuosidad no exenta de gracia, las cosas como son, púseme a entonar esta bella coplilla: «♫Como aves precursoooraaaas de priiimaveeeeraaaa, en Madrid apareeeeceeeen, las violeteeeeraaaas, queee pregonaaaandooooooo parecen golondrinas que van piaaaando, que van piaaaaandooooo…♫». Y fue mano de santo, Gurb, porque imbuidos del amor que emanaba de mi dulce voz, y excitados sin duda por la visión de mis pechos, los dos hombres se fundieron en un apasionado abrazo y comenzaron a besarse con fruición, saliva y lenguas. Después, se tiraron al suelo para revolcarse, bastante asquerositamente, ésa es la verdad, sobre el charco de sangre inocente.

Entonces, sin saber cómo ni de qué manera, como si fuera una de esas soluciones de urgencia de las malas novelas a lo Agatha Christie, por estribor apareció un señor muy pálido vestido de negro que llevaba una guadaña en la mano. «¡Yo soy la Muerte! Voulez-vous coucher avec moi ce soir?», dijo. Al oír esto, Netanyahu y el fundamentalista de Hamás dejaron la postura sexual numérica que andaban practicando y se pusieron a silbar muy descaradamente. «¡¡Viva la madre que te parió!!», dijeron los dos al unísono dirigiéndose al señor Muerte que, algo ruborizado, en ese instante se puso a cantar “La conga, de jalisco” con voz de Georgie Dann. Los otros dos no lo dudaron ni un momento y, en una reinterpretación moderna de las danzas de la muerte, hicieron una cadena para bailar y cantar por todo el barco en unión fraternal (de hermanos de sangre, claro), eso de: «♫La conga, de Jalisco, ahí viene, asesinandoooo…♫». Como yo ya estaba harto de tanta exhibición obscena de los adalides de la muerte, decidí saltar por la borda. Y nadando, nadando, Gurb, he llegado a las costas de Ucrania, donde quiero comenzar una nueva vida trabajando como princesa de Éboli. Esto parece tranquilo y la gente por aquí es muy simpática y amable. Por lo pronto, un muchacho de la zona que se llama Vladímir Putin ya me ha tirado los tejos. Pero ésa, ésa es otra historia…

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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