Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 14, Opinión
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Economía de guerra

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio

Los yihadistas de Estado Islámico rebanan cabezas cristianas y juegan con ellas al polo (como en aquella vieja película de Huston); Israel pisotea niños-insecto en su patio trasero, en el Auschwitz de Gaza; los cárteles de la droga a tiro limpio en México deefe, última frontera de la coca; los coreanos se juegan el futuro del mundo a la ruleta nuclear; Putin, el hijo de Putin, arenga a sus cosacos de sangre y vodka en Ucrania. Es el mundo sacudido, estremecido por el sindiós de la guerra, la maldición cainita de la guerra, los cuatro jinetes del apocalipsis capitalista, porque la guerra no es otra cosa que la culminación perfecta de un sistema económico desalmado, injusto, criminal. Peste, hambruna, guerra. No hemos salido del Decamerón de Boccaccio.

Mientras escribo estas líneas me entero por La Sexta de que Emilio Botín acaba de espicharla, un infarto tonto se lo ha llevado por delante a él y a su castillo de naipes, dólares y ferraris, ese castillo que parecía una fortaleza eterna pero que es más falso que un lifting de Raphael. Botín El Botines. Los botines de Botín. La muerte no entiende de finanzas. Todos (por supuesto también El País) se deshacen en elogios hacia él y lloran la cara amable del gran hombre; todos vomitan palabras sarnosas e indecentes, cínicas e hipócritas, en recuerdo del gran banquero, del gran arquitecto de la usura, la injusticia y el expolio humano. El demonio ha muerto, larga vida al demonio. Hay que enterrar con honores al aparejador del desfalco, al Mefistófeles del dólar y el engaño. ¿Pero cuántas guerras se habrán sufragado con el dinero de las familias heráldicas de Botín? ¿Cuántos miles de armas se habrán comprado con el dinero custodiado por Botín? ¿Cuántas muertes a plazo fijo y al cero por ciento TAE (Matías Prats mediante) se habrán certificado con el dinero enfangado de Botín? La guerra del hombre contra el hombre se alimenta con la codicia y con los números engañosos de los del monóculo y los manguitos. Esta guerra de todos contra todos, de ricos contra pobres, de árabes contra sionistas, de norte contra sur, de poderosos contra esclavos, de empresarios contra parados, de opresores contra oprimidos, se financia gracias a los capataces que como Botín gobiernan el mundo a golpe de látigo y sucia comisión desde sus elevados rascacielos rojo sangre, rojo Banco Santander. La guerra no es el estado natural del hombre, como ha querido inculcarnos el filósofo coñazo aquel, la guerra es el producto inmediato y necesario del dinero. La guerra se planifica metódicamente en los despachos de los gobiernos, en las fábricas de la industria armamentística, en los consejos de administración de los grandes bancos, y se exporta más tarde, como un ébola contagioso y mortal, como una gran multinacional colonialista de odio y fuego que se extiende por todo el mundo, hasta el último rincón de África, donde niños famélicos empuñan el kalashnikov porque tienen miedo y hambre. La guerra solo sirve para dar novelones como Los desnudos y los muertos de Mailer, lo mejor que se ha escrito sobre el tema.

España, nostálgica de aquellos tiempos pasados en los que aún ganaba guerras, se ha quedado para enviar un puñado de militronchos a Afganistán, de cuando en cuando, aunque solo sea por llamar un poco la atención de la ONU y que parezca que aún pintamos algo en el mapamundi. España, país de cuatreros y miserables, lejos ya de las grandes guerras, vive ahora para chulearle la barcaza al Rey de Marruecos, para darle el ultimátum ridículo a los llanitos de Gibraltar o plantar el banderazo en Perejil con fuerte viento de Levante. Así, con esas incursiones esporádicas, con esas razias y amagos de guerrilla, el español macho y bravío va matando su mono bélico ancestral. Occidente arde en guerras por doquier porque así, a bombazo limpio, a golpe de guerra mala, es como este primate enloquecido va controlando su sobrante de población, su colesterol humano. Una buena guerra a tiempo mantiene a raya a los negritos del África tropical, que ya van siendo muchos y molestan con tanto dar saltitos en la valla de Melilla; una buena guerra regula la demografía mejor que cualquier campaña de condones y de paso se vende mucha metralla y mucho tanque oxidado para que los halcones del Pentágono, que mandan más que Obama, puedan sacar tajada y seguir jugando al golf y zumbándose a sus rubias de botella en plan Falcon Crest. A fin de cuentas, los generalotes rampantes de hoy, los tecnócratas de la muerte que nos teledirigen desde Washington, fueron los jipis de ayer. Y ya se sabe lo que decían aquellos melenudos fumados y cachondos: Haz el amor y no la guerra.

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