Adrián Palmas, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 13, Opinión
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Y sin embargo, se enfría

Por Juanma Velasco / Ilustración: Adrián Palmas

Con los dioses occidentales en decadencia, con el convencimiento de que las montañas no vienen a uno por medio de la fe sino consecuencia de la tectónica de placas, las élites necesitan recurrir a nuevos milenarismos para mantener temerosa a una masa que atiende por humanidad. Ocurría en 1988, cuando James E. Hansen, un físico climatólogo norteamericano alertaba al mundo, en una intervención ante el Senado de los EEUU, de que una epidemia de calor estaba sacudiendo al planeta desde hacía ya una década y era urgente comenzar a atajarla. Convincente, y como se demostraría después con la ciencia amaestrada, el exhorto de Hansen tuvo efectos inmediatos y ya en ese mismo 1988 se creó el IPCC, un organismo político-científico con la finalidad de evaluar la gravedad de los daños de la Tierra y establecer medidas correctoras a escala planetaria para reconducir el clima y poco menos que librarnos del apocalipsis. Había prosperado un nuevo fraude, una nueva religión, se había alumbrado un nuevo dios al que nadie es capaz de distinguir pero del que todos hablan como si tuvieran certeza inequívoca de su existencia, ninguna diferencia pues con los tradicionales. El calentamiento global, el cambio climático de origen antropogénico (CGA) se encaramaba a la categoría de mito contemporáneo y al principio pareció ser incluso irrefutable. Porque cierto es que durante la década de los 80 y hasta 1998, eso casi nadie lo niega, la temperatura media de la Tierra (la magnitud que mide precisamente ese calentamiento y sobre cuya fiabilidad existen más dudas que certidumbres) experimentó un crecimiento de entre tres y cuatro décimas de grado. Mucho calor para tan poco tiempo.

El alarmismo del IPCC dio de comer a demasiados, a algunos los engordó hasta extremos vergonzantes. En connivencia con un escogido y numeroso grupo de científicos, ninguno crítico con la tesis supuestamente incontrovertible del calentamiento, el organismo elaboró uno, dos, tres, cuatro, hasta cinco informes con el último, en los que pronosticaba, sirviéndose de modelizaciones climáticas, no sólo un incremento de la temperatura global exorbitante sino también un aumento del nivel del mar, de los huracanes, de las sequías, en definitiva de los episodios extremos meteorológicos. Siempre con el paraguas de la ciencia como Altísimo al que no se podía cuestionar. Pero nada de esto está sucediendo aunque se empecinen en abducirte. Sin embargo, las fisuras se abrieron y se siguen abriendo paso entre la fortaleza del dogma. La disidencia científica, al principio testimonial, comenzó a manifestarse abiertamente en contra, científicos despechados por sus tesis contrarias al CGA comenzaron a reventar el vestuario, escándalos como el del Climategate (2009) pusieron de manifiesto las sospechas que algunos venían denunciando sobre manipulaciones en las series de registros de un buen número de observatorios para hacer coincidir la previsión con la realidad, previsión que no se acababa de cumplirse sin esos arreglos, sin ese maquillaje favorecedor de las observaciones. Pero la religión de cambio climático ya estaba muy arraigada entre los humanos y el aparato de propaganda planetaria seguía y sigue funcionando a pleno rendimiento. No obstante, la realidad suele ser obstinada y sólo la credulidad humana sostiene el mito de que la Tierra se calienta hasta el desastre. Los osos polares no sólo no han disminuido sino que se ha incrementado su número y lo hubiera hecho más de no ser por las licencias de caza que las autoridades canadienses y groenlandesas conceden a sus pueblos del Norte para cazarlos y así mantener sus modelos tradicionales de vida. Por muchos documentales que consumas, los osos blancos no tienen otro peligro de extinción que el que deviene de la caza. Ah, National Geographic está en el ajo, descaradamente, no lo tomes como referencia científica de nada que huela no ya a negacionismo sino a escepticismo. Cualquier artículo que cuestione el CGA no aparece en sus fotos. La gráfica de la temperatura media de la Tierra se mantiene plana desde 1998, no presenta pues tendencia alcista alguna. En cambio, la proporción de CO2 en la atmósfera sigue incrementándose regularmente. Del mismo modo en el que lo hacía ya durante el periodo 1950-1980 en el que la Tierra se enfrió. No se puede demostrar pues la relación causa-efecto. Traducido a lenguaje coloquial significa que sí, que hubo un calentamiento durante dos décadas pero que éste se ha detenido. Los científicos afectos lo llaman ruido, estadístico, pero esa malaria que les maltrae dura ya 16 años. Algunos pronosticaron un Ártico libre de hielos para 2015. Estamos en 2014 y el mínimo anual de la banquisa, que habitualmente se da en la primera quincena de septiembre, ha recuperado extensión y área respecto a los peores años. Pero lo más significativo, algo que silencian los medios generalistas es que la superficie de la banquisa antártica arroja sus máximos desde que se tienen registros satelitales del hielo polar (1979). Se da la paradoja que el balance global de hielo marino es en la actualidad superior a la media de los 35 últimos años. Restan los glaciares, que ciertamente presentan un regresión casi, casi, planetaria. Pero eso es consecuencia de la inercia térmica positiva porque provenimos de un periodo frío conocido como la Pequeña Edad del Hielo que finalizó aproximadamente en 1850. El retroceso de los glaciares tiene bien poco que ver con el CGA. El calentamiento terráqueo está en crisis. Algunos, puede que demasiados refuten mi exposición argumentando que existe, en el presente, gracias a esa visibilización del potencial CGA, una mayor concienciación colectiva para preservar el planeta. Bienvenida sea, resulta imprescindible para la continuidad de la vida tal y como la hemos heredado, pero no quiero que me la embutan mediante un alarmismo infundado. Miedos los justos: a la muerte, al desamor, a la enfermedad, a la desigualdad, a lo infinito. Ninguno de los que leerán este artículo ha podido sentir sobre sus carnes todos aquellos efectos pronosticados por lo agoreros (o algoreros) del infierno inminente. Sin embargo, la percepción individua sobre la atmósfera cercana es engañosa, falaz, anecdótica, irrelevante; incluso este suave verano español ha sido irrelevante a escala planetaria. Si quieres saber cuán leve es la percepción humana pregunta a cualquier españolito, incluso a cualquier francés, si llueve habitualmente en las fiestas de su pueblo o ciudad, sean en la época que sean. Una mayoría mucho más injusta y amplia que la actual del PP te dirá que sí, que cada año llueve. Y no, no se ajustan las nubes a lo cierto, o sólo lo hacen en la Bretaña francesa, quizá en San Sebastián o en Santiago. Pero sólo las estadísticas desmienten lo que la piel cree percibir.

El título del artículo también lo es también de una de mis novelas (2009). Está, por supuesto, inédita. Quizá pruebe con la editora de National Geographic. Cómo entiendo a Galileo.

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