Artsenal, Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 12, Opinión
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Vaticano S.A.

Por Cipriano Torres / Ilustración: Artsenal

En un rincón de la sacristía creo estar viendo las varetas de mimbre, supongo que peladas a morbo y conciencia, metidas en una especie de paragüero. Algunas había que tirarlas sin estrenar porque en cuanto pasaban unos días perdían flexibilidad y ya no era lo mismo, que el cura, don Andrés se llamaba aquel grajo, era muy exigente. La vareta de mimbre tenía que restallar en el aire, llenar con su chasquido seco la umbría de aquella habitación con una enorme cómoda de la que el cura del pueblo sacaba con primor de mariquita tiquismiquis sus casullas, encajes, túnicas de un blanco milagroso, sus estolas y ese raro ajuar con que hacía su aparición ante el público con aires de tosca dignidad rural. No era cruel don Andrés, pero le gustaba manejar aquella doméstica tortura para meter por vereda a chiquillos díscolos, a monaguillos pajilleros, a hijos que blasfemaban por las calles bajo la solanera del mediodía camino del gavión del río sin percatarse de que en un pueblo siempre hay una ventana mal cerrada, una oreja bien abierta, y una lengua sucia que más tarde correría al cura para decirle que éste o el otro iban por la calle cagándose en dios como si no hubiera mañana.

Ante el altar, para que el castigo tuviera la solemnidad precisa, y ante varios y acongojados adolescentes, don Andrés impartía una justicia que ni siquiera era impune porque madres, padres, maestros, alcalde y médico conocían como algo natural. Si el cura pegaba, algo habrían hecho. Yo creo que a mí no me domó el lomo aquel bendito porque siempre fui un cagueta ante la autoridad, y mejor, porque tampoco sé lo que hubiera dado de sí un crío temeroso, asustado, acorralado bajo la muda mirada de santos, vírgenes, y el cristo amarrado al tronco de olivo con sus costillas señaladas, su taparrabos pecaminoso, y sus gotitas de sangre en la frente, rodando hacia sus ojos entornados y llorosos. El látigo de mimbre chasqueaba en el aire y se despanzurraba en la espalda o en las tiernas ingles del infante pecador. Ni que decir hay que aquel bonito rito para reconducir descarriados se hacía en nombre del Señor glorioso y, a qué negarlo, un calzonazos que jamás intercedió por sus soldaditos púberes. Nunca se oyó la voz de su cabreo, su disconformidad con los métodos asilvestrados de su lugarteniente en la tierra.

Con el tiempo se fue el cura, pero la plaza volvió a ocuparse. El nuevo no llevaba sotana. Era un cura guay. Un colega. De los que reunía a los jóvenes y alrededor de una guitarra se organizaban coros muy modernos que luego hacían de las misas unas misas la mar de divertidas y atractivas. No parecía un cura. Era uno de los nuestros. Hasta parecía de izquierdas porque decía las mismas cosas que uno pensaba de un país donde Franco y sus gorrinos organizaban tu vida.

El muy cabrón se descubrió al cabo de los años como un delator, como un cotilla, como un hijo de puta que iba envenenando con sermones e inventos a unos y otros para sembrar la discordia, el enfrentamiento, y la división. Acabó de capellán en el ejército. Un canalla. En mitad, hasta llegar a él, hubo otros con otros perfiles, y después de él, otros más, hasta el de hoy, un melenas integrista, dogmático, como tienen que ser los curas. En paralelo, en la cabeza de la empresa de la que forman partes estos peones, hubo semejantes vaivenes con los papas. He conocido a un puñado. A Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco. En ellos, en sus reinados, en esas cabezas tocadas por mitras doradas, están representados los curas del pueblo. El Vaticano no da bandazos porque sí, no pasa de un papado inhumano, intransigente y fiero a otro con cara de tolerante, cercano y terrenal por obra del espíritu santo. Tiene un olfato especial, el de la supervivencia. ¿O es que mantener un emporio en torno a la fe como Vaticano S.A durante dos milenios no es cosa de diablos?

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