Editoriales, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 11
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Una deuda pendiente con Cervantes

Ilustración: Luis Sánchez

Gurb

Editorial

2 de agosto de 2014. Cuenta la leyenda que don Miguel de Cervantes Saavedra, el más grande escritor que ha dado la lengua castellana, pidió, como última voluntad, ser enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid. Así lo dejó por escrito en agradecimiento por los quinientos escudos que esa comunidad religiosa pagó, en concepto de rescate, para liberarlo de su cautiverio en la prisión de Argel, donde pasó cinco tormentosos años de su vida como vil esclavo.

La misma leyenda asegura que llegado el momento de su muerte, el 22 de abril de 1616, los restos del padre de Don Quijote de la Mancha fueron depositados en una cripta de esta congregación y que allí, se supone, han reposado durante los últimos cuatrocientos años. Las sucesivas reformas del convento han provocado que el cadáver del príncipe de los ingenios fuera trasladado de un lado para otro, de tal manera que a fecha de hoy no se sabe con exactitud dónde está enterrado. De no ser por la triste placa que cuelga de la fachada del convento, que advierte al paseante de que se encuentra ante la última morada de Cervantes, probablemente hoy ni siquiera sospecharíamos el hipotético emplazamiento de la cripta. Que se haya podido extraviar el cuerpo inerte del que se considera autor de la mejor novela de todos los tiempos, que se haya producido un olvido tan imperdonable y sangrante sobre un personaje que puso los cimientos de la cultura occidental y la literatura moderna, dice muy poco de España. Vivimos en un país que encumbra a sus toreros y folclóricas mientras condena a sus mentes más preclaras a ser pasto del polvo de los tiempos. Ningún francés permitiría que la tumba de Victor Hugo estuviese perdida por ahí; todo inglés en su sano juicio sabe que el féretro de Shakespeare se encuentra bien custodiado en la iglesia de la Santa Trinidad de Stratford-upon-Avon, en cuya lápida, por cierto, reza un epitafio revelador: “Maldito sea aquel que mueva mis huesos”; y ningún norteamericano desconoce dónde están las tumbas de sus padres más emblemáticos y célebres como Jefferson, Lincoln o Washington. Sin embargo, hasta en esto Spain is different. No solo nos hemos olvidado de honrar el día de la muerte de Cervantes como fiesta nacional, que sería lo pertinente, sino que, en el colmo de la chapuza patria, ni siquiera sabemos dónde está enterrado a fecha de hoy. Todo son conjeturas y ha tenido que llegar un equipo privado de investigadores formado por historiadores y forenses, con sus georradares y pruebas de ADN de última generación, para desentrañar el misterio y colocar al genial escritor universal en el lugar que por méritos se merece. ¿Qué han hecho los ministros de Cultura de los sucesivos gobiernos que han regido los destinos de este país desde 1978 para enmendar el entuerto, como diría el hidalgo don Quijote? ¿Es que acaso una nación como España tenía pendiente de acometer una empresa más justa y necesaria que la de recuperar la memoria de su patriarca literario más preclaro? ¿Es que Cervantes no ha significado nada para la cultura de este extraño e inculto país llamado España? Si éste es el tratamiento que hemos dispensado al padre de nuestras letras, al escritor más grande jamás alumbrado, no es de extrañar que aún haya quien se niegue sistemáticamente a sacar de las cunetas los cadáveres de miles de personas anónimas fusiladas y caídas durante la guerra civil española.

Fue Cervantes el escritor que, a través de los ojos de El Quijote, nos enseñó que los límites entre realidad y fantasía son tan nimios, tan imperceptibles, que todos nos movemos en una locura-cuerda o en una cordura-loca. Por momentos somos idealistas Quijotes capaces de luchar contra molinos de viento y por momentos pragmáticos Sanchos que nos conformamos con un triste pedazo de ínsula de Barataria. Solo por anticipar esta idea genial, solo por haber sido pionero en denunciar que la realidad no existe sino a través de nuestras mentes, como ya dijeron los griegos dos mil años antes, la aportación de Cervantes al pensamiento humano debe ser considerada de un valor incalculable. Hoy los científicos trabajan en aceleradores de partículas para demostrar que las leyes de la física no existen tal como las hemos estudiado hasta ahora, que los viajes en el tiempo son posibles, que en lo más profundo de la materia hay múltiples dimensiones enrolladas que ni siquiera acertamos a imaginar. La realidad es lo más falso e irreal que hay sobre la faz de la Tierra. Y esto ya nos lo mostró en el siglo XVI un gran hombre que perdió un brazo en Lepanto, que fue encarcelado vilmente y que murió pobre, solo y olvidado de la mano de Dios y de su país, tal como le sucediera a su maravilloso Don Quijote.

Que España es un pueblo de necios y bárbaros sin ninguna sensibilidad es algo que sabe bien el resto del mundo. Lo hemos demostrado durante siglos de guerras y latrocinios y lo volvemos a demostrar ahora con el infame olvido hacia el hombre que encumbró las letras castellanas. Es hora pues de sacarlo de la cripta, desempolvarle las cenizas de la injusticia y honrar su memoria tal como se merece. Sería la última contribución del manco de Lepanto a la causa de la humanidad. Y nos haría mejores ciudadanos.

2 Kommentare

  1. admin dicen

    Pues sería una gran idea, Heterónimo. Un panteón, pero bien hecho, como en París, y allí todos los grandes. Un país que se olvida de sus escritores ilustres es un país en decadencia. Gracias por comentarnos.
    Revista Gurb

  2. Heterónimo dicen

    Bueno, en Madrid se intentó hacer un panteón de hombres ilustres como en Francia, que ahí sigue olvidado con apenas diez o quince tumbas, todas de la época… No lo visita nadie..

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