Alaminos, Humor Gráfico, Lidón Barberá, Número 11, Opinión
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Turismo de muertos

Por Lidón Barberá / Ilustración: Jorge Alaminos

Hace solo unos días, un par de jugadores del Madrid posaban en Dallas sobre una cruz blanca pintada en el suelo. Era el punto donde John F. Kennedy cayó abatido. Tampoco es de extrañar, por tanto, que en Instagram haya más de 15.000 fotos etiquetadas como #perelachaise (selfies incluidos) hechas en el célebre cementerio parisino. Ni que la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church) de Stratford-upon-Avon, donde está la tumba de William Shakespeare, tenga el certificado de excelencia de TripAdvisor como una de las atracciones turísticas de la población. Ni resultan por tanto extrañas las colas de varias horas para ver el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja de Moscú ni los codazos para hacerse una foto sobre el Imagine que recuerda a John Lennon en Central Park.

Los famosos, sean políticos, escritores o músicos, venden vivos o muertos. Los hayamos escuchado/leído/odiado/amado o no. Y en esta era turística de las fotos con filtros y de las ubicaciones compartidas, las tumbas forman parte prácticamente de los tours en autobuses descapotables y de las excursiones organizadas.

Hay, de hecho, un necroturismo que se centra en visitar los cementerios de las ciudades por su patrimonio artístico y arquitectónico, que habla de historias y anécdotas y cuenta con una ruta europea propia.

Es, por tanto, normal que a mucha gente le aparezcan los símbolos del euro en los ojos cuando se plantean la posibilidad de encontrar la tumba de Cervantes. Más allá de un hallazgo histórico, se interpreta como una máquina de hacer dinero. Chapitas, camisetas, llaveros, miniaturas del Quijote, postales, platos de cerámica, tazas de café, vasos de chupito… ¿Hasta dónde podría llegar el merchandising cervantino?

El posible hallazgo de los restos del escritor se lee en clave de impacto económico, de bares de menú, tiendas de souvenirs y de visitantes a una ciudad que cada año parece ir perdiendo turistas. Pero a veces estas cosas suenan demasiado a parque temático y la línea entre sacar rendimiento de algo y convertirlo en un show puede ser demasiado fina. Ahí está Graceland, la casa-museo-mausoleo de Elvis en Memphis.

Da la sensación de que es necesario encontrar esos huesos para tangibilizar a Cervantes y darle al mundo algo que visitar, que tocar y que fotografiar. Como si no fuéramos expertos en vender humo.

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