Fran Sevilla, Humor Gráfico, Igepzio, Número 12, Opinión
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Semen y sangre, un relato fundacional del cristianismo

Por Fran Sevilla / Viñeta: Igepzio

Si creyésemos aquello de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, ninguno resultaría tan verosímil y creíble como Yahveh. El Dios judío podría rivalizar en ruindad, crueldad y abyección con un módulo entero de aislamiento en una prisión de máxima seguridad, lleno de asesinos, violadores de niñas y estranguladores de gatitos. Una deidad genocida y despiadada capaz de barrer al hombre de la faz de la Tierra mediante diluvios universales, salvo a sus elegidos, su raza aria particular con la que construir un nuevo orden mundial. Incapaz de interceder para salvar a la humanidad pero siempre predispuesto a la venganza, ensañándose en el uso de la violencia. Yahveh era similar a uno de esos malos de película cutre americana, que cuentan sus siniestros planes mirando a la cámara. Sólo que él, en vez de a la cámara, se dirigía a sus profetas. Como uno de esos serial killers que cuando logran encañonar con una pistola al detective que los perseguía, en vez de disparar, se recrean contando el sufrimiento de sus víctimas. Lo imaginamos ahí, relamiendo su lengua viperina, mientras describe a Abraham cómo hará arder, lentamente, entre fuego y azufre a los sodomitas. Una criatura homófoba y misógina, que al contrario que los dioses grecolatinos, no entendía los placeres de la carne. Guiando al ser humano al sufrimiento en vez de al hedonismo.

Pero Yahveh es también el Dios al que veneran los jugadores de póker. Que siempre reparte cartas marcadas, otorgando a sus fieles las mejores manos. La Bolsa de Wall Street no es más que una partida de póker a escala global. Los mejores jugadores, casi siempre judíos, especulan con el precio de los alimentos causando hambrunas globales. Invierten en empresas armamentísticas. Hacen caer economías nacionales desencadenando guerras, para luego vender sogas al cuello que disfrazarán de rescates económicos. Todo ello mientras extraen como súcubos el petróleo de la tierra para seguir alimentando la maquinaria insaciable del capitalismo. Porque ya lo dijo Darwin en su teoría de la evolución de las especies, el hombre capitalista viene del monoteísmo. Así nos lo recuerdan en sus billetes de dólar, en los que imploran a Yahveh la salvación de su país.

Nacen los conceptos de redención y caridad, donde dan igual los crímenes cometidos, siempre existirá un Dios capaz de repartir perdón, salvación. Son los elementos fundacionales del cristianismo, que partirá de Yahveh, dulcificándolo, humanizándolo. La semilla putrefacta que da origen al cristianismo es el Yahveh déspota y sanguinario del Antiguo Testamento. Semilla que madurará en el vientre adúltero de María, a la que llaman Virgen con grandilocuencia. Como si para esos teólogos misóginos que sumieron a la humanidad en una época de oscurantismo científico en la Edad Media, de hambruna, analfabetismo y enfermedad, el amor carnal, la obtención de placer sexual por parte de una mujer, tuviese alguna connotación negativa.

María tuvo la desgracia de casarse con un hombre, José, que fue incapaz de satisfacerla sexualmente. Bien por ser impotente, o tal vez por una homosexualidad reprimida. Viendo el precedente de la destrucción de Sodoma y Gomorra, salir del armario tampoco parecía una buena idea en aquella época. Así que María, tras años frustrados de vida marital, se dedicó a despotricar sobre la inoperancia de José a toda mujer del poblado que quisiera escucharla. Siendo carpintero, no había sido capaz ni de fabricarle un dildo de madera. María, que supo vislumbrar el feminismo y la liberación sexual de la mujer con siglos de antelación, decidió buscar el placer fuera del lecho conyugal, quedando para su desgracia embarazada. ¿Cómo justificarlo a su marido y a los propios vecinos que llevaban años haciendo bromas en tono jocoso sobre las inclinaciones amatorias de José? En una época efervescente en cuanto a mendigos que se ganaban unas monedas profetizando la llegada de nuevos mesías, declararse fecundada por un Espíritu Santo parecía una opción mejor que ser castigada por adulterio. Por supuesto nadie la creyó, con lo que la mitad la tildaron de loca o ida y la otra mitad de infiel, adúltera. Recordemos que nos situamos en un pueblo bullicioso en la Antigüedad, donde la mortandad era alta y había que criar muchos hijos que ayudasen en el campo. No existían condones. La población se multiplicaba como los panes y los peces. Imaginemos ahora esas calles llenas de niños crueles correteando y jugando, con sendos palos y piedras en las manos. Riéndose y apaleando a un Jesús también niño, mientras se burlan de la loca, ida, adúltera o puta de su madre. Que los niños son muy crueles y no cuidan su vocabulario. Imaginemos a un Jesús traumatizado, lleno de rabia, que se refugia y abstrae de su cruel infancia a través del relato de una madre a la que ama y que le dice que él en realidad es el hijo de Dios. Y por tanto no debe tener en cuenta la crueldad de los demás niños, pues él está destinado a cambiar el mundo. Similar perfil psicológico al de Hitler, otro loco carismático de origen judío como Jesús. Que ante los traumas de una infancia difícil enmarcada en una sociedad llena de desigualdades, obtuvo esa perspicacia y capacidad de convicción que sólo pueden nacer de la locura y egolatría, para movilizar a las masas cambiando el rumbo de la Historia. Sólo que si Hitler canalizó esa locura en forma de odio y destrucción, Jesús lo hizo en forma de amor, muchas veces desmedido hacia sí mismo, no hay que olvidar que su ego fue tan grande que le llevó a creerse realmente hijo de Dios. Pero daban igual sus buenas intenciones o su mensaje de igualdad. Los fanáticos que le creyeron desvirtuaron después su mensaje y lo usaron con fines políticos. Su palabra, vida y obras fueron tergiversados a través de la ficción de una nueva forma de literatura, los evangelios. Dando origen a la Iglesia Católica, cuyos actos sangrientos a lo largo de la Historia pudieron equiparar en cuanto a vileza el Holocausto de Hitler o los diluvios universales de Yahveh. Dictaduras sangrientas en el siglo XX bendecidas por el Vaticano, indígenas infieles exterminados en Latinoamérica para saquear su oro durante el XVI, guerras y cruzadas en nombre de la religión. O un Papa, Mario Bergoglio, que sigue condenando los preservativos que podrían frenar millones de muertes por Sida en África, cómplice silencioso de los asesinatos de Videla, machista hediondo que se mofó de que mujeres pudieran dedicarse a la política, y que sigue liderando su particular cruzada contra la homosexualidad. Poco ha cambiado desde los tiempos de Yahveh, que a fin de cuentas, no era más que una creación ficticia, fruto de la mente enferma de los hombres.

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