Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 13
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¡Oh sole mio!

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

El meteorólogo de la televisión, el hombre del tiempo de toda la vida, había pronosticado una estación estival tópicamente tórrida. Un verano riguroso que amenazaba con derretir la fría ley del aborto del justiciero Gallardón o con descongelar salarios y pensiones sin preguntarle siquiera a Guindos por un abanico. Incluso en los círculos ecologistas más avanzados se temía una reactivación espontánea del reactor de Fukushima por las altas temperaturas solares. Ante tamaña escalada de grados Celsius, nuestro hombre decidió salir de safari a una gran superficie para adquirir un potente climatizador que le ayudara a mitigar los rigores de un verano extraño y sobreexcitado: “Por favor, cuántas frigorías tiene este aparato”. “13.500 kilofrigorías cuadradas por metro cúbico”. “No sé si serán pocas. Con esto del cambio climático quiero asegurarme de que enfríe bien”. “Espere. Tenemos un modelo no frost, con ventilador programado, que lanza cubitos de hielo; muy útil para los combinados. Y que le dejará a usted helado y a su cartera, tiritando”. “Eso de los cubitos… no sé yo”. ” Si puede esperarse una semana más, vamos a recibir un cañón de nieve casero, modelo primera glaciación, con el que podrá esquiar en el salón de su casa. Es caro, la verdad, pero se ahorra los viajes a Sierra Nevada, que son un pico, caballero”. “Y cuánto chupa, amigo”. “¡Qué insinúa usted!”. “No, hombre. Me refiero a cuánta energía consume”. “¡Ah! Poca, muy poca. Si vive cerca de una central eléctrica, un primo mío puede hacerle un puente de alta tensión triplefásica y le saldría el kilovatio hora a media hora. Un buen ahorro, pero no lo comente. Sea discreto”. “Me lo quedo”, dijo nuestro hombre recordando que en casa de su primo se sienta toda la familia delante del climatizador, y, entre sollozos y goterones de sudor, recuerdan aquellos tiempos en los que podían pagar el recibo de la luz en vez de tener que apagar el aire acondicionado. Igual que en casa de su cuñado Juan que, de vez en cuando, abren la puerta de la nevera y desfilan en columna de a uno delante del frigorífico; al hijo menor, hasta le dejan meter un ratito la cabeza en el congelador como premio de fin de curso.

Contento con su adquisición, y de regreso hacia su casa, nuestro hombre conectó la radio y el climatizador del coche y se dispuso a escuchar: “El calentamiento global es ya un mantra asimilado con resignación por la población mundial a pesar de que sus efectos brotan por doquiera como sarpullidos de rubeola en la piel del planeta. El abaratamiento de los costes se lleva por delante ríos, mares, selvas bosques y capas de ozono de la manera más canalla; poco a poco, como una silenciosa y apocalíptica metástasis. En vastas regiones del planeta la disyuntiva es: trabajo o contaminación. Y ya sabemos lo que aprieta el hambre. Sí despejamos la ecuación nos encontramos con unos medios de producción contaminantes, fruto de un sistema económico contaminado y prostituido al mejor postor. Los estados abanderados contra el cambio climático se desmarcan de los tratados que ellos mismos han impulsado temerosos de encontrarse en desventaja  competitiva con otros países que se pasan por el forro del bronceador las más elementales normas de la naturaleza. En esta carrera hacia la maduración del cambio climático, queda claro que lo único que interesa en este mundo, que no a este planeta, son los beneficios económicos. Al hombre no le importa su futuro aunque tengamos la idea de eternidad grabada a fuego en nuestros sueños, sino el aquí y el ahora. Luchar contra el calentamiento global supone cambiar el modelo social tanto como el productivo; una revolución que el sistema no está dispuesto a asumir hasta que el ciclópeo sol diga aquí estoy yo, y derrita con su mirada fundente la maquinaria económica…” “¡Qué horror! Cambio de emisora ahora mismo”. ¡Grruua! ¡Ghiií…! “Volverán las oscuras golondrinas en nuestros balcones sus nidos a colgar –esto ya es otra cosa– o serán los enjambres de mosquitos tigre los que nos visiten sin parar. Ante el calentamiento global, –¡Òndia, otra vez!– los poetas futuros versarán sobre las bondades del clima ártico y los tórridos anocheceres en Alaska junto a Sarah Palin. La literatura de verano tendrá que ser reinterpretada con ayuda de diapositivas paisajísticas. Vladivostok se promocionará como la ciudad donde siempre es primavera y podremos viajar a Estocolmo en bañador o en calzoncillos, según  bolsillo y vergüenzas, en pleno mes de diciembre; sin olvidarnos, claro, el bronceador. Los botijos refrigerados por abanico serán el buque insignia de la industria española. Los vuelos transoceánicos se realizarán en ala delta con azafatas en paracaídas, y se pondrán de moda los cruceros en piragua por el Mediterráneo. Fernando Alonso correrá en la Formula I Solar y los zeppelines volverán a surcar los cielos como en un decorado gótico de película futurista. Visitaremos Venecia con trajes de neopreno y escafandra, y, por fin, ya no envidiaremos los adosados en primera línea de playa porque los últimos serán los primeros en el Reino del Ozono…” “¡Le parto la boca a la radio ahora mismo! ¡Cuánto saben estos agoreros, carayo! Pero yo sé más que ellos. Yo sé que fue un calentón de Julio Iglesias lo que originó el cambio climático. Y tú lo sabes”. Y siguió feliz su camino mientras cantaba “Oh sole mio”, a pleno pulmón, hasta que llegó a su casa.

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