Adrián Palmas, Fran Sevilla, Humor Gráfico, Número 13, Opinión
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Menos que perros abandonados en zanjas

Por Fran Sevilla / Ilustración: Adrián Palmas

Como de falsas promesas una campaña electoral o movimientos de pelvis de Mick Jagger un concierto de los Rolling Stones, nuestros muros de las lamentaciones de Facebook se han llenado en los últimos tiempos de defensores a ultranza del mundo animal. Todos seguimos a personas o tenemos amigos a los que vemos volcar buena parte de su energía en concienciar a la sociedad de injusticias tales como el abandono de perros y gatos. Conozco a gente que ha desarrollado un grado de desencanto tal hacia la política, que el día en que Juan Carlos I el Campechano abdicaba en favor de Felipe VI el Preparao, para ellos el verdadero asunto de Estado consistía en buscar hogar para una camada de gatitos encontrados al lado de un contenedor. Por suerte, todos esos gatitos fueron acogidos a lo largo de esa misma semana bajo algún techo, y luego mi corazón se henchía de alegría al verlos en fotos y vídeos ronroneando risueños al lado de sus nuevos dueños, que miraban siempre sonrientes a la cámara. No diga patata, diga Instagram. Con lo de la Tercera República en cambio no hubo tanta suerte, y habrá que seguir esperando para que las predicciones apocalípticas de Peñafiel con respecto a Leticia, con c porque me sale de los cojones, se cumplan.

Me viene también a la mente una amiga artista, que cuando se enteró del caso de un caniche que había sido encontrado moribundo y apaleado, atado en el fondo de una zanja, organizó una exposición destinada a recolectar fondos para pagarle una costosa operación. Hoy Otto mueve su colita feliz cuando voy a visitarlos a ambos, agradecido por esa segunda oportunidad que le ha brindado la vida, gracias a la dedicación de una persona que luchó de forma altruista por salvarle.

En realidad, personas entregadas en la defensa de los animales han existido siempre. Se me ocurre el ejemplo de Charles Mingus, el mejor director de orquesta en la historia del jazz. También boxeador en sus ratos libres, que gustaba de tumbar a puñetazos a cualquier músico que fallase una nota sobre el escenario. Mingus que no era para nada una persona altruista, y que como él mismo dijo, se hizo músico de jazz para poder follar con mujeres blancas más que por amor a la música, creó una fundación para ayudar a humanizar a nuestros gatos, enseñándolos a usar un retrete en vez del arenero.

No sólo publicó un manual que es hoy un libro de referencia para adiestradores de mascotas, sino que montó además una academia, que luego gestionó su mujer tras su muerte. Violento y pendenciero, con una larga lista de enemigos que se extendía a todos los músicos con los que trabajó, algunos de los cuales dejó con lesiones irreparables, a Mingus sólo le interesaron en vida las mujeres, blancas y pelirrojas a poder ser, y los gatitos. El título que dio a su autobiografía, ‘Menos que un perro’, era una declaración de intenciones de la importancia que daba al ser humano con respecto a los animales.

Título con el que en realidad ironizaba sobre su condición de afroamericano, en una época en que los derechos cívicos de su pueblo estaban aún por conquistar. Y en que ningún presidente negro, en realidad café con leche, lo que es menos que un haitiano con rastas, había ocupado todavía la Casa Blanca, para ordenar asesinatos retransmitidos en directo, perpetrados por mercenarios como los de las películas de ese otro gobernador, Schwarzenegger, omnipotente tío Sam.

En cambio, lo que no se ve con tanta frecuencia ya es a gente defendiendo causas ecológicas. Pero durante los años del boom del ladrillo era habitual, por ejemplo, ver a personas yéndose los fines de semana a reforestar montes. Tuve incluso un amigo que antes de que los contenedores para reciclar estuviesen tan extendidos, hacía viajes en coche de casa en casa para recoger productos como aceite o papel, que luego llevaba a las fábricas. También veíamos camisetas de “Salvemos a las ballenas” por la calle, hoy iconos culturales tan desfasados y kitsch como Naranjito o las pegatinas Toi de los bollycaos. De haber existido Facebook entonces, hubiésemos encontrado nuestros timelines llenos de consejos sobre cómo reciclar. Porque a fin de cuentas, con algo debíamos lavar nuestras conciencias sucias, y el dinero, mientras llenábamos la costa de cemento. Inmersos en la vorágine de una barra libre que parecía que no terminaría nunca, mientras alzábamos arquitecturas imposibles (e insostenibles) de Calatrava en el skyline de nuestras ciudades. Distraídos con la placidez de una vida low cost, vuelos baratos a cualquier lugar del mundo, domingos ociosos montando muebles suecos de diseño en los que lograr encajar nuestros nuevos televisores de plasma. Los grandes ideales, y el legado que dejaríamos a nuestros hijos, eran todavía cosas que importaban.

Al final, la naturaleza no necesitó rebelarse contra la mano del hombre, ni hicieron falta tsunamis arrasando Marina d’Or o pandemias globales de gripe aviar, aunque las farmacéuticas consiguieron vender muchas vacunas. Nuestra propia codicia desencadenó esa nueva España apocalíptica de gente buscando en contenedores, vuelta a las cartillas de racionamiento rodeando los centros de Cáritas y familias desahuciadas en un país con millones de pisos vacíos. Los grandes ideales dejaron de tener valor. Preocupados por lograr alimentar a nuestra familia un día más, sobrevivir un día más, el futuro pasó a ser irrelevante. Por eso, es más fácil que un parado que perdió su derecho a subsidio, alguien que no llegue a fin de mes, un desahuciado, se sientan más identificados con Otto, ese perro de mi amiga que fue abandonado en una zanja. En esos animales condenados por la mano del hombre nos es fácil ver nuestro reflejo como sociedad, castigados por un sistema dirigido por políticos sin conciencia. Hemos pasado de los grandes ideales a los pequeños actos, y poco nos importa ya el calentamiento global. Porque un parado sin subsidio, un autónomo arruinado o un desahuciado son hoy menos que ese perro abandonado en una zanja. Y mucho menos que un negro como Charles Mingus boxeando en los escenarios en los años cincuenta. Mingus, Mingus, Ah, Um.

 

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