Artsenal, Humor Gráfico, Javier Álvarez, Número 11, Opinión
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Llega la mitomanía de Cervantes

Por Javi Álvarez / Ilustración: Artsenal

Ahora que la economía sigue por los suelos y se mantiene nuestro empecinamiento en desarrollar el proceso de transformación que nos llevará a convertirnos exclusivamente en un «país de vacaciones», a una noticia como la de buscar con afán los huesos de Cervantes en un céntrico convento madrileño solo puedo encontrarle una lectura economicista, sobre todo porque en esta aventura ha invertido el dinero de sus ciudadanos el ayuntamiento de Madrid, gobernado por un partido al que todo lo cultural suele darle sarpullido. Pero es que no están los tiempos como para andar comprando nuevas esculturas, ni construyendo edificios simbólicos que alberguen museos. Tampoco llegamos para añadir un nuevo monumento con el que tentar a los visitantes que repiten, esa nueva muesca en un mapa que permita señalar algo que el año anterior no era posible. La realidad se ha hecho ahorrativa, así que toca escudriñar un poquito a ver a qué somos capaces de colgarle un cartel de «visitable» a la vez que situamos una hermosa taquilla delante. Los huesos del autor de El Quijote pueden bien cumplir ese objetivo, ¡quién no ha soñado nunca con mirar la tumba de un escritor universal a ver si por ósmosis le vienen pensamientos profundos o simplemente soltarle un igualitario «no somos nadie, tú aquí muerto y yo en paro»!

Tampoco somos imaginativos en la idea, simplemente copiamos modelos. William Shakespeare está enterrado en la Holy Trinity Church de Stratford-upon-Avon, la misma iglesia en la que fue bautizado. Al menos hace unos años, la entrada era gratuita, pero se aconsejaba una donación de la que se indica expresamente la cantidad en varios avisos. Los números dicen que la villa natal del escritor británico recibe un cuarto de millón de visitantes al año y que su tumba está dentro de los diez mausoleos más visitados del mundo. Shakespeare muerto se ha convertido en un negocio, en eso que ahora se ha dado en nombrar como «marca». Así que no estamos hablando de la historia de la literatura, de nuestro pasado de esplendor, de lo que fuimos y sobre todo de los que construimos con nuestras palabras. Hablamos de pura mitomanía.

Tendremos tazas, camisetas… Nos haremos «selfies» frente a sus restos y sobre todo pasaremos por taquilla. El marketing de la industria literaria también sabrá aprovechar el momento y estará cavilando. No tengo la menor duda de que tendremos nuevas ediciones de sus obras.

Todos ganamos. Pero la fiesta se ha estropeado, la venerable tumba de Cervantes no estará lista para este año porque, cuando se trabaja dentro de un edificio catalogado como Bien de Interés Cultural, los permisos se alargan y los plazos son siempre inciertos. No es más que un retraso, un poco de tiempo ganado para terminar de dar forma a la idea, cerrar un plan de negocio, mejorar la imagen e ir creando las expectativas necesarias y la parafernalia en la que nuestras administraciones pública participarán para cubrir el cupo de sus presupuestos en cultura.

Yo, sin embargo, soy más de pedir que el dinero público se invierta en cultura viva, de la que me hace pensar, de la que se construye día a día con nuestra realidad para ser el mejor antídoto contra ese pensamiento único que tratan de imbuirnos desde el poder. Quiero que se dé la oportunidad de elegir nuestro futuro, que tengamos opciones más allá de ser los que ponemos las copas en los chiringuitos a los turistas.

 

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