Alaminos, Humor Gráfico, Número 13, Opinión, Ramón Marín
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Las heridas de la Tierra

Por Ramón Marín / Ilustración: Jorge Alaminos

Los ciudadanos de un lugar llamado Tierra habíamos creído que nuestro saqueo del mundo no tenía efectos secundarios. Confiábamos en una falsa impunidad, porque sabíamos que ningún tribunal galáctico iba a juzgar nuestros delitos contra la naturaleza, creíamos que la barbarie cometida era reversible y esperábamos ser redimidos con algún perdón futuro. Por eso, cada uno de los 7.000 millones que la habitamos, en pleno uso de nuestra voluntad social, actuábamos, y actuamos, a diario con una actitud que está llevando el planeta al Big Bang final, a una implosión que, si no se pone remedio, pondrá punto final a la presencia humana sobre un planeta que fue en su día de un cándido azul y cada día es más de un negro funeral.

Pero la sinrazón tendrá su castigo, lo está teniendo ya. La Tierra ha padecido en silencio las aberraciones de sus inquilinos provisionales. Hemos tenido millones de oportunidades para buscar el equilibrio, para promover el desarrollo y la búsqueda del progreso sin herir a la madre que nos da la vida, aunque la elección ha sido, como siempre, la de llegar al límite, lanzarnos al abismo de lo imposible. La actividad industrial se subió a un caballo desbocado, hacia el destino remoto de los beneficios superlativos, y el furor capitalista, ciego, sordo y mudo ante las advertencias de los más sensatos, nos lleva al colapso. Cuando James Watt inventó la máquina de vapor no atisbó que su legado sería pervertido por las ambiciones de Wall Street y el Nikkei.

Hemos exprimido el planeta para sacarle el jugo y las consecuencias ya están aquí. El clima ha mutado, como constatan las series históricas de temperatura, presión atmosférica, precipitaciones y nubosidad. La ciencia advierte las consecuencias del desmedido afán de la economía peor entendida, la que alienta la desigualdad y amenaza la supervivencia del medio ambiente. Nuestra piel siente que los veranos y los inviernos se radicalizan y la primavera y el otoño apenas tienen presencia. Este mundo ya no es el que era y la mano del ser humano tiene buena parte de culpa. Los socavones gigantes de Winter Park, en Florida, Milwaukee, Guatemala, Kentucky, los forúnculos abiertos en la península siberiana de Yamal y las grietas que están rajando México, son la respuesta de la Tierra al abuso de la mano del hombre.

Son las heridas de una Tierra que está pidiendo ayuda, que gime e implora un cambio en la actitud fanática de unas civilizaciones inconscientes, incapaces de verse en el filo del acantilado, a un minuto de caer hacia no se sabe dónde. ¿Es tarde para evitar el desastre? Tal vez. Pero no tanto regresar a un punto que permita devolvernos la esperanza. En lo individual y en lo social. Con pequeños compromisos cotidianos, energías verdes, ahorro de agua, reciclaje… se darán pequeños pasos en ese retorno a la racionalidad. Gobernando con responsabilidad, con políticas públicas que minimicen la huella industrial, protección del medio natural ante la tentación del urbanismo salvaje y fomento de las energías renovables, los pasos serán mayores. La vuelta hacia algún lugar será posible.

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