Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 13, Opinión
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Las ballenas

Por José Antequera / Ilustración: Igepzio

En algún lugar he leído que los japoneses quieren reanudar la pesca comercial de las ballenas, como si en el mundo no hubiera otra cosa mejor que hacer que andar por ahí matando a esos animales de una belleza jurásica, titánica, inteligente. Parece que los señores amarillos (tan tenaces ellos) no han tenido suficiente con llenarnos la casa de transistores, de pescado trufado de anisakis y de radiactividad enlatada, y ahora andan erre que erre hacia el exterminio definitivo del animal más bello y sabio que ha poblado jamás el planeta. Yo a los japoneses balleneros les metía un arpón por el ojal, a ver si así, a base de arponazos, se les quitaban las ganas de meterles puyazos a las pobres ballenas. Un japonés es como un torero del mar, Morenito de Okinawa (con menos paquete, eso sí, aunque similar cara estreñida y avinagrada de paleto taurino) y en lugar de tomarla con el toro bravo la emprende a cañonazos contra la indefensa ballena, que no tiene cuernos ni le hace daño a nadie. La caza, por mucho que nos guste Miguel Delibes como escritor, es el deporte insignia de la derecha fascista y a Franco le ponían las perdices a huevo como al Rey le han puesto los elefantes viejos y enfermos que luego le han salido por la culata. Lo malo del ser humano (o más bien habría que llamarlo “humalo”) es que siempre tiene que estar matando algo. Si no, no es feliz. A los españoles (bravucones por definición) les pone mucho matar toros; los japoneses (voraces como hormigas, ya digo) tienen por costumbre la ballena; mientras que a los ingleses (siempre aristócratas y elitistas) les ha dado más por el zorro, animal proleta y solitario de extracción humilde que se busca la vida como puede. Los canadienses, por su parte, son más de liquidar focas, seres de una simpatía circense, fresca y resbaladiza, cuya piel sirve de abrigo para las gordas vulgares que van a la ópera a bostezar o a soltarse algún pedo. Alguna vez leí que entre unos cuantos cazadores de Groenlandia pueden llegar a cepillarse hasta 350.000 ejemplares de una sola tacada, a estacazo limpio, sin despeinarse los tíos. Finiquitado el socialismo, el ecologismo es la última ideología noble, pura y sensata que puede practicar alguien en su sano juicio en estos tiempos apocalípticos que corren y mucho más todavía desde que Aznarín dijera aquella estupidez de que “el ecologismo es el nuevo comunismo”. Menuda soplapollez. La Tierra agoniza, entre otras cosas señor José Mari, porque los amigachos de Franco y Fraga, sus padres políticos, se dedicaron a llenar la costa de Babilonias y Marbellas para que Pajares y Esteso rodaran películas sobre suecas y no en plan Bergman, precisamente. Uno, si tuviera valor suficiente, lo enviaba todo al cuerno y se embarcaba en la cruzada con los melenudos de Greenpeace, pero qué le vamos a hacer, soy débil y miope y la peor pesadilla de un miope es que se te rompan las gafas en medio del Ártico, a diez mil kilómetros de distancia de la óptica más cercana. Sin ser activista, me considero ecologista hasta las cachas porque me hierve la sangre cuando veo una mancha negra de chapapote flotando en el mar, cuando me tropiezo con una lata de cerveza vacía vilmente arrojada junto a un hermoso acantilado, cuando sorprendo a un cazurro apaleando a su perro indefenso o cuando escucho que el hombre extermina unos centenares de especies al año sin que ni la ONU ni el hada madrina Brigitte Bardot puedan hacer nada por detener el holocausto. Percibo el ecologismo rabioso que me corre por las venas cada vez que vuelvo a ver esa grandiosa película de Kurosawa, Dersu Uzala (el viejo cazador hermanado con la naturaleza) y se me escapa una lagrimilla fugaz, imperdonable, llámenme hortera pero es así (tanto Félix Rodríguez de la Fuente tenía que salirme por algún lado). Me embarga una profunda tristeza en aquella escena en la que el bueno de Dersu se queda ciego y tiene que dejar el bosque, su hábitat armónico y feliz desde que era un niño, su mundo rousseauniano y edénico, para ir a morir a la ciudad, territorio ruin, hostil, odioso, lleno de bárbaros salvajes. Pero estábamos con el ballenicidio perpetrado por los japos, no nos andemos por las ramas y cerremos de una vez esta columna tan vana como inútil. Exterminar ballenas, osos polares, linces, abejas, topillos o rinocerontes será el último acto de fascismo darwinista que este engendro mal llamado racional que es el hombre y que está condenado a destruirse a sí mismo llevará a cabo sobre la faz de la Tierra. Melville se empeñó en escribir una leyenda falsa sobre las orcas, a las que cuelgan el cartel de asesinas cuando no hay mayor asesino en este planeta que el bípedo zumbadillo de inteligencia sobrevalorada. A mí de toda la vida me cayó mejor Moby Dick que el envilecido capitán Ahab. Yo a las ballenas siempre las he visto como ángeles puros y solitarios de talla XXL, seres místicos que cantan sus tristes letanías en medio de la inmensidad fría, oceánica y desolada del universo. Como decía el gran Roberto Carlos, el cantante, no el futbolista, por supuesto: “Y ballenas desaparesiendo por falta de escrúpulos comersiales”. Pues eso: que yo también quisiera ser civilizado. Como los animales.

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