Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 11, Opinión
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La triste figura

Por José Antequera / Viñeta: Adrián Palmas

A los españoles siempre se nos ha llenado la boca de Cervantes pero resulta que nos la trae al pairo y nos tira del ala dónde se estén pudriendo sus huesos sagrados e insignes. Cervantes es un caso típico de escritor superado por su personaje. Se suele hablar mucho de Don Quijote, pese a que la inmensa mayoría de españoles no lo ha leído; se escriben tratados sesudos sobre el caballero de la triste figura; y se cita al hidalgo lunático en las tertulias políticas, sobre todo los tertulianos de la derecha tipo Paco Marhuenda, que aparentan saber de todo pero en realidad no saben de nada. ¿Quién no ha dicho alguna vez aquello de fulanito es un Quijote? El noble y singular caballero andante que trinchó a los molinos de viento con la audacia con la que Montoro trincha nuestras carteras forma parte de la iconografía existencial del pueblo español, pero nadie o casi nadie suele referirse al gran escritor, al soldado de fortuna que anduvo perdiendo manos por batallas y Lepantos, al novelista que murió enfermo, solo, pobre y abandonado.

En España, a Cervantes lo tenemos medio olvidado por mucho que, por disimular un poco, le hayamos puesto su nombre a un premio literario que siempre ganan los instalados. A Conan Doyle sus fans lo confundían con Sherlock Holmes; Bela Lugosi terminó creyéndose su vampiro y dormía en un ataúd; y a Cervantes se lo comió su personaje, de tal guisa que hasta nos hemos olvidado de dónde está enterrado el hombre. Ningún gobierno desde que se instauró la democracia se ha preocupado por sacar de su cripta de polvo e ingratitud al escritor universal y en el calendario es fiesta nacional la Virgen del Pilar, San Valentín, el día del trabajo sin trabajo y la Constitución Española que nadie cumple, mientras que a Cervantes lo dejamos morirse de asco en su pudridero y a lo sumo lo despachamos con una mala callejuela en cualquier poblacho o un par de preguntillas en el examen de selectividad, para que a los chavales les vaya sonando el nombre y no lo confundan con Cristóbal Colón. Es la España de siempre, la España bruta e inculta, la España de los fementidos canallas, como diría el hidalgo de la Mancha, la España que encumbra a los rufianes y escamotea los honores de Estado a sus más brillantes hijos. Tenemos tumbas de genios por ahí perdidas, por doquier, en campos y cunetas (a España le sobran cunetas asesinas y le falta humanismo y decencia) sin que a nadie parezca importarle, sin que se reconozca el valor de los esqueletos valerosos, sabios, universales. La vida de un gran hombre no es nada sin un epitafio memorable y un altar de rosas frescas con una cohorte de rendidos peregrinos doblando el espinazo ante el mito. Ahí está el pobre Federico, cuyo cuerpo quema como una patata caliente, con cuyos restos nadie quiere tropezarse, no vaya a ser que estalle otra guerra civil. Cervantes, por no tener, no tiene ni siquiera un mal retrato suyo contrastado, autenticado, fidedigno.

A mí siempre me ha resultado mucho más interesante el personaje de Cervantes que el de don Quijote. El Quijote es el prototipo de noble arruinado por su mala cabeza, un grande de España que se hace pequeño, y de esos tenemos un puñado en este país misérrimo que nos ha tocado vivir, véase Urdangarín, otra triste figura, un figurín por así decirlo. Pero Cervantes es el español pobre y maltrecho manteado por la vida y aplastado por los molinos de la injusticia. Cervantes es el pueblo que trinca unos dineros del fisco para ir tirando, que se apaña unas picarescas para echar la sopa boba a la escudilla, que se busca la vida como puede para que no lo desahucien por no pagar la hipoteca. A Cervantes no lo querían ni en la Villa ni en la Corte, no lo quisieron ni en pintura, y por eso no le hicieron ni un mal retrato, ni lo nombraron ministro de nada, ni le dieron una tumba decente con chiringuito de souvenirs siquiera para colocarle unos llaveros a los guiris. Cervantes tuvo que soñar sus Dulcineas como todo español perdedor sueña con los pibones imposibles de la televisión. Uno cree que Amenábar ya tarda en hacerle una película a don Miguel, porque la vida de nuestro mejor novelista dice más de nuestra Historia, de nosotros mismos, que la del propio don Quijote. Cervantes tiene más de Sancho que del hidalgo de la Mancha, y eso me gusta, porque en España somos más de la zorrería de Alfredo Landa que de la elegancia británica de Fernando Rey (los dos actores que mejor llevaron al cine la cosa ésta del Quijote). A don Miguel que lo saquen ya del nicho, que le pongan la gola en el cuello y le den una pluma para escribir. Porque está más vivo que nunca.

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