Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 12, Opinión
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La Cenicienta del Vaticano

Por Francisco Cisterna / Viñeta: Gatoto

Carta del Papa Francisco a su santidad Benedicto XVI:

Queridísimo hermano en Cristo:

Me dirijo a vos con la ayuda del Espíritu Santo y la esperanza de iluminaros sobre el “macanudo embolao” que me habéis dejado a medio cocinar en los fogones del Vaticano. De tamaño y envergadura tal es el potaje heredado –Dios me perdone– que el mismo Ferrán Adrià apenas alcanza a esferificar algunos pecados libidinosos, y, previo purgado en agua hirviendo, los hace pasar por gotas de rocío balsámico en el plato de la moral caliente que habéis dejado en la mesa del Señor antes de vuestra renuncia. Vos, santidad, cargado de años y sabiduría teológica, elegisteis retiraros a la vida monacal por faltaros fuelle para sofocar la chamusquina. Tal decisión dejó el Trono de San Pedro vacante y envuelto en llamas como zarza ardiente. Nos, vuestro sucesor, no tuvo más remedio que encomendar una sotana forrada de amianto a la Sastrería de Bomberos del Vaticano y hasta la Guardia Suiza me reclama un plus de peligrosidad por custodiar el flameante trono. De los tronos de la Tierra, el que vos abandonasteis, más parece del averno que divino. Y, ahora, tengo yo que aposentar mis reales en esta parrilla, digna del mismísimo San Lorenzo, y terminar los pocos años que me restan en este mundo, de bombero. Créame, pibe Ratzinger, que mi natural no es sofocar incendios, sino avivar la llama de la caridad en el corazón de los hombres. Pirómano de almas soy y no bombero; quede claro. ¿Qué pensaran de nosotros las demás confesiones cada vez que se destapa un nuevo caso innombrable? ¿Cómo pudimos llegar a un estado tan lamentable sino por el temor, más que respeto, que siglos de poder continuado han infundido sobre cuerpos y almas para silenciar la voz de los afectados? La Iglesia debe sujetarse a revisión y sus actos, al control y transparencia de la Asamblea de creyentes. La ciega impunidad disfrutada en estos asuntos ha sido la causa de su declive; cuando no, de su extinción. Dios no lo quiera. Y tampoco permita que la banca sin patas que me habéis legado vuelva a ser nido de buitres ni demás rapaces, que, aunque criaturas todas ellas del Señor, no fueron creadas para custodiar la Hucha de San Pedro. Sin más, “boludo” y amantísimo hermano emérito, se despide de vos el Papa oficial, que, si bien disculpa vuestras debilidades de ánimo, no puede perdonaros que ondeara la bandera teutona en el campanario de vuestra residencia el día que Alemania ganó el mundial.

Dios os guarde, a buen recaudo, muchos años.

Francisco, papa.

Carta del Papa Benedicto XVI a su santidad Francisco:

Amantísimo y queridísimo hermano en Cristo:

Sé que conocéis por boca piadosa de nuestros hermanos que mi salud es delicada y que atesoro 88 años, en esta vida pasajera, entregados al Señor. Razones ambas, naturales, que me impedían afrontar expedito los graves, profundos, reiterados y dilatados pecados que socavan nuestra amada Iglesia. Máculas y pústulas en la Casa de Pedro que amenazan con arrastrarnos a los infiernos, si vos y Nuestro Salvador no lo remedian con un diluvio moral que enfríe los fogosos corazones de nuestros hermanos; porque de nuestras hermanas y madres reverendas todavía no ha prendido la mecha. Pábilo que pido a Dios nunca encienda. Sé que han aparecido algunas tumbas de infantes, en cierto convento irlandés, que os quitan el sueño, pero no sufráis ni padezcáis –quisiera consolaros– que la santidad no es fácil ni se alcanza sin esfuerzo. Ni al cabo sois vos el primero ni el último reformador de la curia vaticana. Vuestra caridad y sencillez, vuestros zapatos desgastados de tanto caminar por la vida, vuestra renuncia a los aposentos y joyas papales, lavatorios de pies a presos e infieles y compartir mesa y mantel con el servicio, os han ganado el apelativo, bien merecido, de Cenicienta del Vaticano; amén de la falta de condena a la homosexualidad y apertura del celibato, excomuniones a mafiosos, proclamada pobreza de la Iglesia y sus pastores, y demás amputaciones cirujanas y curas que os habéis propuesto hacer en este nuestro seno, y que seguro abonarán vuestro camino hacia el cielo más pronto que tarde; pues, por vuestros actos, parece que estéis deseoso de reuniros con el Creador cuanto antes. Creedme, Santo Padre, no os envidio, y comprended que, al igual que vos dijisteis sobre los homosexuales “quién soy yo para juzgarlos”, dijera yo, parafraseando también a Jesucristo, “aparta de mí este cáliz”. Y si os sirve de consuelo, aplicaros el refrán que aprendí en la mariana España: “A quién San Pedro se la da, San Pedro se la bendiga”.

Dios, pronto, os tenga en su gloria.

Benedicto XVI, Papa, antes que vos. (1-0).

PD: Encargadme, por caridad, una sotana de amianto para mi colección, ya sabéis que soy algo fashion. Dios os lo pagará.

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