Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 11, Opinión, Tonino Guitián
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Eternidad

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

La costumbre de buscar restos óseos para hincarnos de hinojos ante ellos se la debemos a los primeros cristianos. Esto se debía a falta de santos vivos con quienes charlar sobre la existencia del más allá. Cuando no había restos humanos eran consideradas reliquias el aceite de las lámparas que se encendían delante de los cuerpos de santos, las sábanas puestas sobre las tumbas, incluso el polvo recogido en las catacumbas.

Las cadenas con que habían sido atados en el calabozo los mártires y otros objetos de tortura eran muy preciadas. Hay que señalar que dichos restos eran muy difíciles de conseguir tras los ajusticiamientos, pues el reo era tenido como un peligro y un ser despreciable a ojos de la sociedad. Seguramente lo mismo pensaban los contemporáneos de Cervantes en su época, pues bastantes exámenes de pureza racial tuvo que superar para conseguir trabajo como recaudador de impuestos, sin contar los años de cadenas.

No fue la suya una época muy agradable para vivir en España y por eso me sorprenden dos cosas: su inquebrantable amor por la comedia y que alguien se dedique hoy a rebuscar sus restos en el convento de la calle Huertas. Estoy seguro que a él le hubiera encantado el argumento del buscador de su tumba para escribir un entremés. Dicen que se quiere saber de qué murió y cuál era su aspecto físico. Pues esto último lo pueden encontrar de su puño y letra en el prólogo de sus Novelas Ejemplares, y el motivo de su muerte no me preocupa en absoluto; seguro que gran parte de su decadencia física se debe a la incomprensión que sufrió en todos los géneros que cultivó y que no serían completamente valorados hasta que nos llegó el romanticismo.

También por su manía de hacerse castigar él en vez de los demás, o sea, por buenazo. Tiemblen los románticos cuando se haga la reproducción forense del semblante de don Miguel mediante los rasgos de su calavera. Será tan grotesca como la de Tutankamón y no nos dirá nada nuevo. No hablará de sus seguidos fracasos sentimentales, ni de su avasallamiento teatral por la ingente y salvaje obra de Lope de Vega ni de cuánto debió a las casualidades de la vida.

Ni siquiera desplazará a su poco fiable retrato que todos conocimos en la escuela, con gorguera y mirada taciturna. En realidad, su parte física, como la de los santos, es absolutamente irrelevante. Y para colmo en su caso, como alguien dijo, el pobre Cervantes no consiguió en su vida nada más que una pesadísima y aburrida eternidad.

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