Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 11, Opinión
Deje un comentario

En la fosa

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Estos días en la fosa hay un ajetreo fuera de lo normal. Dice Federico que los corpóreos andan buscando al más grande, al “Príncipe de los ingenios”. No sé quién será ese ilustre personaje, si es militar o no, si es del bando nacional o del republicano, pero de lo que no me cabe duda, es que no es uno de los nuestros, no es uno de la tropa. A nosotros nadie nos busca aunque sabemos que se nos añora y que amargas lágrimas cayeron de nobles rostros queridos (que fueron envejeciendo ahogados por el llanto errante de no saber dónde llorar). Aunque no seamos coroneles ni capitanes generales también se nos llora, rediós. Pero la muerte no es igual para todos.

Dice Federico que quizás estén buscando a nuestro Miguel. Qué gran hombre, y qué digno, nuestro don Miguel. Cierto es que últimamente se le ve rezongando por los rincones maldiciones y diatribas. Que no me busquen, por Lucifer, que no he menester su ayuda, pues heme aquí bien escoltado por bravos hidalgos. Así habla don Miguel y, aunque ya estamos acostumbrados a su extraña jerigonza, a veces se nos escapan cosas.

Cuando llegamos a la fosa, él ya estaba aquí, rodeado de un olor dulzón y añejo –el de las cosas sabias– y limpio ya de las corrupciones del cuerpo. Decía el cabo Meneses que no le entendíamos bien porque quizás usara el hablar de los vascos o de los catalanes, y alguno, que de la escuela conocemos las cuatro reglas y firmar, así lo pensamos también. Pero entonces llegó Federico, un joven vivaz, inteligente y cantarín y se hizo inseparable de don Miguel. Se ganó el respeto de todos, aunque alguna que otra vez tuvo que soportar que le llamaran margarito a sus espaldas. Ambos se entendieron muy bien. Y qué gran falta nos hacen sus buenos consejos. Sobre todo cuando nos enteramos de que había entre nosotros uno del otro bando. Llevaba ya varios días y nadie se había fijado en él, pero entre los jirones de la mugrienta camisa pudimos ver las insignias enemigas. Destiérrense las sombras del odio y la ignorancia –nos dijo don Miguel– déjese al tiempo pudrir uniformes, insignias y banderas y solo huesos seréis, los suyos y los de vuestra merced. Enciéndase entonces el candil de la verdad, arránquese el pudrimiento de las heridas y traed albricias porque al fin, hermanos seréis ante la muerte y del mismo linaje. Quien bien me conoce sabe que me indignaron hasta el límite de la lealtad esas palabras tan generosas con quienes asaltaron brutalmente el pueblo. Pero el tiempo en la fosa pasa lento e inexorable y cuando los jirones de ropa desaparecieron primero y la carne después, cuando el ímpetu de la sangre (arrebato impulsivo de los mortales) dejó de fluir, entendimos las palabras de don Miguel. Éramos al fin y al cabo iguales, descarnados errantes buscando el descanso. Después nos contó que era pastor y que un día lo vinieron a buscar para que defendiera a su país. Le enseñaron a disparar un fusil y arriba España. Nos dijo que los nuestros también habían incendiado su pueblo y que nunca más volvió a ver a los suyos. Los muertos no podemos llorar pero un frío helado corría por mis huesos haciéndome castañetear los dientes. Y entendimos que el miedo es el padre del odio y la violencia y también de la cobardía.

Dice Federico que ayer llegó uno nuevo. Parece que sufrió un accidente con un coche y que aquí se quedó. Era médico en vida y curaba cosas de la mente. Dice que nuestro don Miguel es un paranoico y sufre delirios de grandeza. No lo sé, en la escuela solo me enseñaron las cuatro reglas y firmar pero sí sé una cosa, que don Miguel es un sabio y que como él mismo dice loco no es quien ha perdido la razón sino aquel que lo ha perdido todo menos la razón. Y doy fe que es así, rediós.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *