Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 13, Opinión, Tonino Guitián
Deje un comentario

El reto de la humanidad

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

Mi padre, que nació en los años veinte en una aldea de las montañas de Lugo siendo el último de once hermanos (la montaña es más aburrida que la playa) siempre fue muy amante del Progreso. Para él, el Progreso –además del diario lucense– era talar árboles, abrir carreteras, derribar montañas, desecar lagos, construir edificios y estimular la economía. Siempre comprendí su razonamiento y admiré ese estímulo de miras abiertas tan adecuado para su momento vital. Mi padre está enterrado bajo las raíces de un gran castaño, cerca de su aldea, en un lugar idílico donde nadie quiere ir a no ser que desee conocer lo que es la ruda Naturaleza de esos parajes. Él adoraba el metacrilato, el Tergal, el cristal templado y cerrar espacios abiertos. Se había hartado de Naturaleza hasta las cachas y cualquier invento de los años setenta le parecía un gran avance del hombre, desde el Post-it al pelapatatas. En aquellos años ya se hablaba tímidamente de “la contaminación”, como un mal del desarrollismo y todos los periódicos advertían con alarma de que había que ponerle solución. Mucha alarma, pero en las siguientes décadas nadie había encontrado la solución al imparable progreso. Estábamos demasiado necesitados de Tamagochis, pulseras anti-stress, aparatos para reducir el abdomen, chinos de la suerte, blandi-blubs, carne de pollo barata, laca para el pelo y vacas con aerofagia. Sí, se hicieron unas leyes internacionales que los países desarrollados se pasaron por el forro comprando cuotas de aire puro a los subdesarrollados. Nada que no fuera previsible. Así que la propia Naturaleza tomó cartas en el asunto y decidió nivelar la situación cargándose a la Humanidad a base de rayos ultravioletas, sequías, inundaciones, deshielo de los polos y radiaciones nucleares. Reconozcamos al fin y al cabo que el único planeta sostenible es el que se sostiene solo. La única lógica a nuestra evolución es la catástrofe malthusiana, o sea, nuestra propia aniquilación, que el propio Malthus había predicho para 1880, mucho antes de que mi padre se comprara sus primeros pantalones de Rayón. Yo amo la Naturaleza, pero no sólo la del pio-pio de los pajaritos sino la Naturaleza destructora y salvaje, ésa a la que se tuvo que enfrentar mi padre para sobrevivir al invierno con unas patatas y una manta compartida entre tres. Y confío por tanto también en la naturaleza humana y su suprema inteligencia para salir de esta situación. Por supuesto, ideada de la manera más justa posible: con una nave espacial donde sólo unos pocos elegidos entre los mejores del planeta podrán viajar para crear una nueva civilización. Y estoy seguro de que, a través de una de las ventanillas de la nave que salvará a la Humanidad, me saludarán diciéndome adiós, con una sonrisa comprensiva, Alejandro Agag, su señora y toda su prole, desde su asiento premier-bussiness-high-class.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *