Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 13, Opinión
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El primo listo de Rajoy

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

A lo largo de la vida profesional una se encuentra con gente de toda calaña y condición. Por ejemplo, conocí a un gachó que soltaba máximas como ésta: “No creo en la depresión”. Y eso que por entonces no era más que un becario. Supongo que en la actualidad será, como mínimo, jefe de sección. Espero que la depresión sí crea en él y lo tenga bien cogido de los huevos. Ojalá. Pero como yo en lo que no creo es en la Justicia, ni siquiera en la poética, dudo mucho que esa historia haya tenido ese corolario.

Los asuntos más serios parecen ser cuestión de fe. Como el futuro del planeta. Gobiernos y sobre todo ciudadanos (se nos olvida todo el capital que atesoran nuestras manos y nuestros votos) fiamos ese futuro a la confianza ciega en que no va a pasar nada, como si el mero hecho de creerlo fuera un sortilegio, un escudo protector contra la que se avecina. Pero no crean que esta creencia, esta superchería es propia de necios e iletrados. Nada más lejos de la realidad. Y para muestra, un botón:

“Yo sé poco de este asunto, pero mi primo supongo que sabrá. He traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?”. Son declaraciones del en aquel momento candidato a la presidencia del Gobierno español, Mariano Rajoy, que justificaba así el hecho de que el cambio climático no debía ser considerado como un asunto capital. Y parece que es una de las pocas promesas en las que ha mantenido la coherencia. Sencillamente, ni Rajoy, ni su primo, creen en el cambio climático. ¿Por qué iban a preocuparse de algo que no existe? Y, en todo caso, si hay que ocuparse, será para sacar algún partido.

Verán. Soy de una tierra dedicada tradicionalmente a la agricultura, un gran mar verde de naranjos que se ha visto reducido en los últimos años porque miles, quizá millones, de personas descubrieron que la felicidad pasa por tener un cuarto de baño alicatado hasta el techo. O dos. Y los dueños de esos naranjos, cansados de la gimnasia de cuello (ora, al cielo; ora, al suelo) apostaron todo al marrón y al gris de las fábricas de azulejos. Pero en medio del famoso, contaminado y agotado ‘Triángulo de la Cerámica’ –en Castellón– aún pueden nacer oportunidades de negocio. ¿Han oído hablar de Kyoto? En 1997 en esta ciudad japonesa se firmó un acuerdo internacional con el objetivo de reducir las emisiones de seis gases responsables del llamado efecto invernadero, causantes del calentamiento global. El compromiso de Kyoto no entró en vigor hasta 2005 y el periodo de aplicación se extendía hasta el 2012. La Unión Europea en su conjunto se comprometió a reducir en un 8% respecto a 1990 sus emisiones de gases contaminantes. A España, que llegó tarde a la industrialización, como a todo, y, por tanto, tiene unos niveles muy bajos de contaminación, se le permitió aumentar sus emisiones, también respecto a 1990. Cumplir el Protocolo de Kyoto cuesta muchísimo dinero a las industrias. Así, ante el nuevo horizonte del 2020 que se ha fijado en la segunda fase de Kyoto se han establecido mecanismos de flexibilidad como es “el comercio de los derechos de emisión”. Unos países que contaminen “poco” pueden vender sus derechos de emisión a otros que contaminen “mucho”. ¿No les parece maravilloso? Y ahí están nuestros emprendedores azulejeros olisqueando el negocio. Al fin y al cabo, se trata de cumplir el “Protocolo”, no de ser tontos. No es que el cambio climático, el calentamiento de la Tierra y el futuro de nuestros hijos les importe una higa, no. Es que, igual que el primo de Rajoy, éstos no creen en el cambio climático. Y mucho menos en la depresión.

 

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