Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 12, Opinión
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El Papa me pone

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

Cuando era una niña tenía miedo a la oscuridad. Una madrugada me desperté aterrada y bañada en sudor: la habitación estaba completamente a oscuras y había tenido una pesadilla de la que no recordaba nada. Mi madre acudió a mi cama, encendió luces y calmó llantos. No hice ningún esfuerzo por recordar qué había soñado, qué monstruo, qué fantasma había perturbado mi noche y había alterado el suave devenir: cenar, dormir, descansar, despertar. Pero en un corto trayecto en coche con mi padre, al pasar por un paso a nivel con barreras, recordé qué me había aterrorizado tanto: era la cara de un hombre que estaba hecha de alfileres. Puede que me anticipara unas cuantas décadas a la creación de algún personaje de ficción porque juraría que en alguna película de terror he visto alguna cosa parecida. No lo sé, porque las veo todas con los ojos entornados cuando no directamente cerrados. El hecho es que esa cara de alfileres amenazantes no se me ha borrado del hipotálamo (qué demonios será el hipotálamo) y que cada vez que paso por aquel paso a nivel, que ya no existe, recuerdo nítidamente esa imagen. Y de esa pesadilla hace más de cuarenta años.

Esa asociación de ideas, esa conjunción de imágenes, ese comportamiento de perro de Pavlov al que a veces se reduce todo mi pensamiento, obedece al mismo mecanismo (es un suponer) que enlaza irresolublemente las palabras “espectáculo” y “dantesco”, “pertinaz” y “sequía”, y (más odiosas aún) “antiguas” y “pesetas”. ¿Por qué esos adjetivos y sustantivos han de ir juntos? ¿Por qué esos y no otros? Nadie lo sabe. Es un enigma. De igual modo que es un misterio para mí por qué cada vez que veo al Papa Jorge Mario Bergoglio, Francisco I para sus ovejas, se me aparece la imagen de una bella mujer desnuda con el cuerpo cubierto de sushi. Nyotaimori se llama esta parafilia, literalmente “bandeja de mujer” en japonés. Se trata de una antigua práctica oriental que se ha puesto de moda en ciertos ambientes refinados de las capitales europeas… y en algunas películas porno. En fin, cada uno es libre de comer lo que quiera y donde quiera. ¿Que qué tienen que ver el sushi y las mujeres desnudas con el Papa Francisco? Lo ignoro. Pero es un acto reflejo: ver al vejete gordito con su mitra, su báculo y su casulla y sentir unos deseos irrefrenables de comer pescado crudo es todo uno. Supongo que será porque este Papa no es como sus predecesores, el polaco Karol Wojtyla –es decir, Juan Pablo II– y el alemán Joseph Ratzinger –o sea, Benedicto XVI–. Dos Papas que vinieron del frío; ambos, cómodamente instalados en la doctrina. Cada uno de los gestos del argentino Jorge Mario parecen demostrar, como decía Terencio, “hombre soy; nada humano me es ajeno”. El estilo sobrio; las palabras a los pobres; la petición de perdón por los curas pederastas; la exigencia de aclarar las finanzas de la Iglesia y del Banco Vaticano… son algunos de los gestos, de los actos que ha protagonizado Bergoglio y que han llevado a algunos a pensar que a este Papa lo van a liquidar. De hecho hay varias teorías sobre la existencia de una conspiración para asesinar a Francisco I. Todo podría ser. No tengo la cabeza para semejante empresa ocupada como estoy en descifrar por qué me asaltan visiones de mujeres desnudas cubiertas de sushi cuando el Papa Paco sale en televisión. Y creo que tengo la respuesta. Como antigua alumna de colegio de monjas, sé que es pecado mortal lo que voy a escribir. Pero sospecho que la explicación a esa relación de imágenes inconvenientes es que a mí este Papa me pone.

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