Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 12
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El Papa pecador

Viñetas: Artsenal y Luis Sánchez

Gurb

Editorial

15 de agosto de 2014. “Nunca he sido de derechas”. Esta declaración, rotunda y contundente, no proviene de Pablo Iglesias, ni de Cayo Lara, ni siquiera del voluble Jorge Verstrynge. La afirmación la hizo el Papa Francisco, hace apenas un año, a una conocida revista católica. Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, Argentina, 17 de diciembre de 1936) no es un pontífice autoritario o intransigente. Él mismo se ha definido públicamente como un “pecador”, como un hombre que quiere estar al lado de los pobres y oprimidos y que no entiende la cruzada “obsesiva” en la que se ha empeñado la Iglesia católica para abolir el aborto, el uso del preservativo o el matrimonio homosexual.

Pocos niegan a estas alturas que con la llegada de Francisco se ha puesto punto y final a un papado ultraconservador como fue el de Benedicto XVI y que se ha abierto un tiempo nuevo en el Vaticano. Tampoco se duda ya de la buena voluntad de un Papa que en pocos meses ha cruzado más líneas rojas que sus antecesores en siglos de Historia. Pero surgen grandes e importantes incógnitas: ¿cuándo se pondrán en marcha todas las reformas pretendidas por el nuevo pontífice? ¿podrá Bergoglio vencer a las todopoderosas fuerzas ocultas que rigen los destinos del Vaticano (véase Opus Dei, sectas internas, poderes políticos afines y lobbys económicos de Roma) e implantar las bases para una Iglesia abierta, tolerante y moderna acorde con los tiempos que vivimos? El mismo sumo pontífice ha dicho en alguna ocasión: “Son muchos, por poner un ejemplo, los que creen que los cambios y las reformas pueden llegar en un tiempo breve. Yo soy de la opinión de que se necesita tiempo para poner las bases de un cambio verdadero y eficaz”. Y ahí estaría la clave del éxito de un pontificado que se presupone histórico, en no ir aplazando la toma de decisiones que se deben llevar a cabo en un tiempo lo más breve posible. Tras más de dos mil años de inmovilismo, la Iglesia necesita profundas reformas ya, ahora, en tiempo real, para poder hacer frente a los graves problemas que acucian a la humanidad. Guerras atroces como las que asolan Palestina, hambre en medio mundo, desigualdad, pobreza, cambio climático cada vez más irreversible y catastrófico son amenazas a las que el hombre debe enfrentarse con urgencia. Y tanto el Papa de Roma como la Iglesia católica deberían estar ahí, en primera línea de combate: Francisco ejerciendo el liderazgo, gestionando y adoctrinando con los principios y valores humanistas que dice tener; la Iglesia asumiendo que vive en una época convulsa, en una encrucijada fatal para el futuro de la humanidad.

Solo emprendiendo el camino de las reformas cuanto antes recuperaría la Iglesia la confianza de millones de católicos desencantados que han optado por dar la espalda a los púlpitos. Y esta revolución pasa necesariamente por desterrar el poder machista y otorgar un mayor papel a las mujeres en el seno de la Iglesia, permitiéndoles practicar los oficios hasta ahora vetados como dar misa, bautizar u ofrecer la extremaunción; abolir el celibato que impone una represión sexual tan antinatural como innecesaria a monjas y sacerdotes; instaurar el matrimonio entre los clérigos; admitir que el uso del condón es una herramienta de prevención eficaz contra enfermedades como el sida en países tercermundistas; moderar la posición ultraconservadora ante el aborto; abrir una investigación seria y en profundidad en cada diócesis del mundo para esclarecer los casos de pederastia; limitar los beneficios bancarios y la inversión en bolsas de valores de instituciones afines al Vaticano; repartir el inmenso patrimonio eclesiástico, en la medida de lo posible, entre los más pobres, tal como predicó Jesús; modernizar de una vez por todas el rito de la misa y la eucaristía; asumir que la Ciencia ha avanzado a pasos agigantados en la búsqueda de los orígenes del universo y que ya no se pueden mantener ridículas teorías creacionistas, antievolucionistas o retrógadas; estrechar lazos de amistad con las demás religiones; y tomar partido por políticas económicas más justas y solidarias para superar el ultraliberalismo y el capitalismo salvaje que está llevando dolor y destrucción a la humanidad.

El hombre del siglo XXI ha perdido la fe, al menos en Occidente, y vive ya inmerso en un materialismo nocivo que amenaza con arrancar lo poco de bueno y noble que tiene el ser humano: la espiritualidad. Es misión del Papa liderar el rearme moral de la cristiandad desde principios humanistas como la justicia, la igualdad y la solidaridad, acercándose a teorías más racionales como la teología de la liberación y soltando lastre con corrientes ultraortodoxas que han imperado en el Vaticano en los últimos tiempos y que solo acarrean más miseria al planeta.

El mundo ya es consciente de que el Papa es un hombre tolerante, con una actitud de humildad poco frecuente en el trono de Roma, que se preocupa realmente por los pobres, marginados y sufrientes de distinta extracción, y que mantiene un compromiso de diálogo con personas de diferentes orígenes y credos. Francisco ha mostrado signos inequívocos de querer gobernar la Iglesia con sencillez (su decisión de residir en la casa de huéspedes del Vaticano en lugar de la residencia papal usada por sus antecesores desde 1903 es buena muestra de ello). Pero al Papa habría que rogarle que emprenda cuanto antes las reformas vitales que él mismo ha sugerido, porque no solo está en juego el futuro de la Iglesia, sino también el futuro de la humanidad.

Ilustración: Luis Sánchez

Ilustración: Luis Sánchez

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