Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 12, Opinión, Tonino Guitián
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El nudismo y los papas

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

La religión católica es muy similar al funcionamiento de una playa naturista: los nudistas acuden ante la perspectiva de una agradable comunión con la Naturaleza eliminando la culpa del pecado original y consiguiendo con sencillez que todos se vean iguales a los ojos de Dios, tal y como fuimos creados en un principio.

Pero la Naturaleza, igual que Dios, no es bondadosa. Alguien aparece en la playa luciendo unas cómodas gafas de sol que le evitan tanto ser deslumbrado como reconocido y que sepamos dónde dirige las miradas. Otro se pone una gorra con visera, para que no se le queme la calva. Aquel lleva puesto su reloj, para saber cuántas horas de naturaleza lleva. La mayoría usa toallas para evitar el contacto de la piel desnuda con la natural e incómoda arena. El bloqueador solar o las sombrillas de tela se hacen imprescindibles para evitar ser calcinados por algo tan natural y divino como el sol. Al final, quienes sacan provecho de la idea de regresar a lo que fuimos son aquellos a quienes la Naturaleza –o la voluntad de Dios– dotó con los genitales de mayor vistosidad, creando así una nueva jerarquía dentro de la desnudez. Los católicos hacen lo mismo, sólo que desnudando su alma cada cual como puede o le conviene. Pero su jerarquía no viene dada por el tamaño del alma, sino por quien el Papa quiera.

Del más alto representante de la Iglesia católica uno espera que sea un padre bondadoso y justo, cosa extraordinaria porque Dios se aparece en los Escritos como un ser vengativo y cruel. A veces, ese milagro de la bondad papal ha ocurrido, pero siempre por casualidad: Juan XXIII, que intentó eliminar las barreras de la Curia con los hombres, otro que duró un mes sobre la Tierra y el actual Francisco, que ha dado más muestras de humanidad y sentido común que sus predecesores. Demasiadas, quizá, para los que gusten de las conspiraciones a nivel mundial, pero igualmente inútiles: de un Padre no se espera la liberación, sino la censura, por eso los anteriores papas obtuvieron un gran éxito a nivel publicitario apretando los tornillos sensibles de la gente mediante sectas que fueron acogidas con entusiasmo para usar la disciplina sobre ellos y los ateos.

Francisco reina sobre los católicos sin que sus ideas revolucionarias parezcan ser escuchadas por nadie, porque la caridad es mucho más cómoda que la solidaridad. Vigilado por la existencia de su predecesor, que dejó el puesto como quien abandona un cascarón. Los dueños y señores de las sectas acogidas ya no claman al entusiasmo de Francisco mediante consignas contra los pecados de la carne; siguen con su propio discurso por otro lado, acogiendo la alabanza del trabajo y el dinero para uno mismo y dejando bien claro que los pobres obtendrán su recompensa muy lejos de esta vida. Los fieles saben lo que es un negocio, y si lo toleran en público, lo reprueban en sus actos. Por muy argentino que sea, Francisco no será nunca el Che Guevara. Incluso Maradona ha llegado más lejos con su discurso mundial de llevar un balón entre los pies y hacer rugir a las masas de satisfacción por el enemigo derrotado. Con Francisco nos queda por fin algo bien claro a través de los siglos: ser bueno con los demás no reporta beneficio alguno en este mundo.

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