Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 11, Opinión
Deje un comentario

Cervantes en los huesos

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

¿Cómo mitigar el dolor? Esa pregunta está en el centro de muchos impulsos vitales y también en el inicio de algunas adicciones, no sólo a sustancias que hacen perder la consciencia sino a cosas tan peregrinas como comer tiza o arrancarse el cabello. Detrás de unas y otros no hay más que una necesidad de pasar por la vida narcotizado porque a esa cita, la de la vida, les es imposible acudir a pecho descubierto. Otro grupo de dolientes decide emprender largos viajes, largas huidas, quizá para hacer el bien, quizá para hacer el mal. En todo caso, cualquiera de estos adictos sufre un profundo malestar que es el que da lugar también a la Literatura. Y estoy convencida de que precisamente fue ese malestar, ese dolor, el que motivó a Miguel de Cervantes Saavedra para escribir el Quijote, la obra más universal en castellano y el nacimiento de la novela moderna. Porque para mí Cervantes y el Quijote son la misma cosa: el uno es un trasunto del autor, como suele ocurrir en la mayoría de novelas.

Cervantes creó dos personajes, en principio, antagónicos: Alonso Quijano y Sancho Panza. El primero representa el idealismo y el segundo el sentido común. Pero creo que ambos se complementan y que ambos tienen la misma fuerza inspiradora: paliar el dolor, pues no otra cosa hace el Quijote deshaciendo entuertos y acudiendo en ayuda de víctimas imaginarias y, también, Sancho: su sentido común no es más que el intento de hacer caber el mundo en unos parámetros que pueda comprender y que son los que les proporcionan seguridad.

Todo esto me viene a la cabeza ahora que está en marcha una operación de rescate para localizar los huesos de Cervantes en el convento de las Trinitarias Descalzas de San Idelfonso, en Madrid. Parece probado que allí fue enterrado pocos días después de su muerte, ocurrida en 1616.

Pero hasta ahora no se han encontrado sus restos porque la tumba fue cambiada de sitio debido a las sucesivas reformas que se hicieron en el convento. Posiblemente estén en una cripta con una treintena de otros restos –a saber a quiénes pertenecen esos otros huesos y qué extraño diálogo entablaron esos otros muertos con el genio universal–.

Arqueólogos, georradistas, forenses, especialistas y técnicos de todo tipo intervienen en esta operación, sumamente compleja y delicada, en busca de los huesos de Cervantes. Ojalá que tengan éxito, pero a mí lo que me gustaría comprobar es si compartimos un poquito de ese polvo maravilloso que impulsó a Alonso Quijano y a Sancho Panza (a su creador, en definitiva) a emprender la aventura y a deshacer entuertos y a salvar víctimas. Si está también en nosotros esa “locura” que nos impele a levantarnos del sofá y a reclamar que se ponga fin a los asesinatos en Gaza, por ejemplo. O a firmar una petición de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. O a exigir que se esclarezcan los accidentes del metro de Valencia o del Alvia de Santiago. Hay miles de molinos contra los que tenemos que luchar porque si bien no sabemos con certeza dónde están los huesos de Cervantes, casi me atrevería a afirmar que un poco de él, de su locura, llevamos en los nuestros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *