Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 11, Opinión
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Cervantes como pretexto

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Los huesos de Cervantes. ¿Qué diría un tertuliano sobre el asunto? Inteligente o absurda, razonable o indocumentada, pero seguro que nos ilustraba con su opinión. Yo, sinceramente, no la tengo. De hecho, ni siquiera me he leído el Quijote –soy de los que esperó a que sacasen la película– y por tanto cualquier comentario que hiciese sería una invitación a que perdiesen el tiempo. Pero le agradezco su virtuoso empleo del castellano y, en el mismo idioma pero infinitamente más pobre y menos pulido, he escrito la que me gustaría que fuese mi obra cumbre, que es la que sigue:

“Me siento ante el papel en blanco y en blanco me quedo. ¿Cómo escribir una carta de amor a tus padres (no otra cosa es lo que intentan ser estas líneas) sin resultar ñoño? ¿Existe alguna fórmula para no caer en el ridículo? Intento hacer un poema y antes del primer verso ya he traspasado la delicada, justiciera frontera que separa lo sensible de la sensiblería: es la falta de práctica y la ausencia de talento. Me pongo trascendental y a lo más que llego es a remedo descafeinado de Paulo Coelho, si ello fuera posible. Como veis, recurro al humor pero, o me paso, o me quedo corto. No, no resulta fácil llegar a los 50 años de casados. Pero tampoco es sencillo expresar la gratitud en un escrito, sobre todo para alguien a quien se le amontonan las ideas y los pensamientos pero tiene dificultades para que salgan de su cabeza y compartirlos con los demás. Igual va a ser cierta aquella frase de una película de Isabel Coixet (perdón de nuevo): “Las cosas importantes son las que nunca se dicen”.

Aun así, hago oídos sordos a la cita e intentaré decirlas: estoy orgulloso de vosotros porque cinco son dos más que tres y nos habéis sacado adelante a todos; porque nos protegisteis en los peores momentos de una manera tan delicada que no llegamos a adivinarlos; porque sacasteis fuerzas de flaqueza para tirar adelante cuando se fue Rafa, y sí, ya sé que a mucha gente le han ocurrido desgracias así y han seguido su camino, pero vuestra respuesta fue una lección de dignidad y de vida que jamás olvidaré. Me siento orgulloso de mi padre porque, a pesar de desempeñar un trabajo incómodo, cabrón y muy por debajo de su talento, jamás le oímos en casa quejarse ni de sus jefes incapaces ni de sus compañeros más odiosos. Tampoco de la insalvable burocracia. Y aún tuvo arrestos para buscarse chapuzas y negocietes porque además de comer había que ahorrar. Estoy orgulloso de mi madre porque de ella heredé este mal genio que me acompaña, que como una tormenta de verano estalla y al instante escampa. Porque tuvo dos trabajos y sólo le pagaron por uno de ellos. Seis horas en el colegio y doce en casa.

Estoy orgulloso, en definitiva, porque mis hijos, esos clones míos y de Lidia con algún elemento propio, quieren a sus abuelos aunque a veces parezcan empeñados en disimularlo. Y cuando los miro, pienso: ojalá ellos me quieran a mí como yo quiero a mis padres.

Os lo advertí: al final me he puesto sensible. Espero haberme quedado a este lado de la línea.

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