Artsenal, Humor Gráfico, Número 10, Opinión, Ramón Marín
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Ya lo dijo Heráclito

Por Ramón Marín / Ilustración: Artsenal

La tecnología podía haber sido una herramienta eficaz para convertirnos en personas, de una vez por todas, pero lleva camino de devolvernos a la condición de primates. El desarrollo de la ciencia ha superado las previsiones calenturientas de los gurús del pasado. Si volvemos la vista atrás, apenas 15 años, nos observaremos unos verdaderos ciudadanos 1.0, sometidos a lo analógico como única religión verdadera y adoradores del papel escrito, sin el que no tenía sentido buena parte de la realidad.

La sacudida tecnológica ha transformado nuestros pequeños mundos hasta extremos irreconocibles. El fenómeno Internet no solo ha abierto una nueva dimensión para la interrelación de las personas y el desarrollo de la cultura, sino que ha consolidado una alternativa de libertad en la comunicación, que a punto está de hacer reventar el sistema por sus costuras más débiles. Esta publicación anarcoide, mismamente, no tendría sentido hoy en las arenas movedizas que devoran a los medios tradicionales, pero sí tiene presente y futuro detrás de las pantallas retina.

Todo está cambiando y, como decía Heráclito, nada permanece. Lo que tenga que venir, vendrá. Quienes peinamos alguna cana caemos en la tentación de acunarnos en la nostalgia de lo que fue, sin querer darnos de bruces con lo que ahora es. Desde la atalaya del sofá, uno puede interconectar con la humanidad más lejana, leer manuscritos de la Librería del Congreso de EEUU, chatear con Scarlet Johansson, si se deja, claro, o entrar en el gran mercado virtual, donde igual puedes comprar cortapelos nasales y batamantas que penekinis.

Hemos roto las fronteras del espacio y tal vez hagamos lo propio con las del tiempo. Quizás nos hiciera falta la visión futurista de Julio Verne para alcanzar a comprender lo que nos deparará la sagrada tecnología, porque lo que parece más verdad que el pan y la tierra es que el planeta del siglo XXII es un enigma. Si la televisión, en su poco más de medio siglo de existencia, ha sido capaz de fabricar tantas generaciones de descerebrados, qué no podremos esperar de la revolución digital. Facebook, Twitter y la madre que los parió han venido para quedarse.

A este paso, en un puñado de años, la Tierra que heredarán nuestros nietos será una civilización decrépita hundida en el mar, como la que vio Charlton Heston en la mítica escena final de El planeta de los simios. Y tal vez, entonces, alguien, en algún lugar, en algún tiempo, repita las lamentaciones del actor: “Así que, al fin, lograron hacerlo. Malditos. Lo han destruido. Malditos, malditos…”.

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