Adrián Palmas, Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 10, Opinión
Deje un comentario

Tiempo de egos solitarios

Por Cipriano Torres / Ilustración: Adrián Palmas

No soy muy de Twitter. Es así. Una aberración. Ana Pastor, no la ministra sino la otra, la periodista, la que imita en El intermedio Joaquín Reyes, es mucho de Twitter, y cada día lanza al aire un montón de pio, píos. Si no eres mucho de Twitter, olvídate. Jamás sacarán a cacarear tus pensamientos, tu repente, tu crítica, tu imprescindible punto de vista, tu esperada opinión sobre esto y lo otro en los programas de televisión que dicen estar pegados a la calle porque de vez en cuando alguien cita un pío pío que ha escrito un fulano en su cuenta. En mi cuenta de Twitter tengo, en el momento de escribir esto, 143 seguidores, y prometo con la solemnidad y el boato que merece la ocasión, que no he hecho nada para conseguirlos. Van y vienen de forma espontánea, y no acierto a comprender por qué alguien me sigue o por qué alguien, de repente, deja de seguirme. Conozco, aunque parezca una extravagancia, a gente que ni tiene cuenta de Twitter. Y es capaz de vivir sin “followers”. No sé si será hasta pecado.

Quizá algún día me tenga que tragar estas palabras, como recuerdo que me tengo que tragar que eso de llevar un móvil a cuestas era cosa de horteras, de macarras de playa, y que yo, exquisito, jamás llevaría. Es verdad que aún no he alcanzado la impudicia del que habla a voces por teléfono y hace públicas sus desavenencias de pareja, sus conspiraciones contra el jefe, o su incapacidad para meter por vereda al hijo adolescente, pero móvil tengo, y va conmigo a todas partes. En el fondo, y en la forma, lo que me pasa con Twitter es mi sentido del pudor. Es verdad que alguien que escribe artículos en prensa tendría que tener el pudor desabrochado porque el escaparate es una atalaya desde la que te expones, pero creo que no es lo mismo. Hay más exhibición en un tuit sobre lo que estás haciendo en este momento que en un artículo sobre la entrevista babosa de Gloria Lomana a Mariano Rajoy.

Y ahí es a donde quiero llegar. Hay muchos egos sueltos en Twitter. Y el mío, que a veces se desmadra, creo que lo tengo a raya. Claro que todo tiene que ver no tanto con quien te siga como a quién sigas.

Dime a quién sigues y te diré quién eres. Corro enseguida a ver el perfil de los 157 contactos que sigo y la mayoría es gente que da algún tipo de información periodística. Es decir, me importa poco lo que tengan que decir de sí mismos David Bisbal, Carmen Lomana, Cristiano Ronaldo, o el tonto del pueblo. He asistido con bochorno y cierta repugnancia a comidas donde los teléfonos móviles no sólo forman parte del atrezzo de la mesa, ya al lado del pan, ya de la cucharilla del postre, sino que, comensales muy distinguidos de repente se suman en una covacha de oscuridad y asilamiento, de autismo social, en cuanto reciben el aviso de un mensaje, del tipo que sea, para contestar, como si la segura soplapollez en la que andan metidos estuviera por encima del lomo de bacalao al pilpil que tenemos delante. Hasta ahí no llego. Mi dependencia de Twitter es cero.

Así que cuando uno se entera de que el actor Paco León prometió enseñar la chorra si llegaba al millón de seguidores, y la enseñó, y si escribes Paco León en Google lo primero que le ves es la anguila, uno se pregunta para qué. Claro que al segundo tengo la respuesta. Cuantos más followers tiene Paco León, a más público llega cualquier noticia sobre sus películas, y más cobra si el actor firma con alguna compañía de refrescos, de coches o de tangas, por hacerle publicidad a esa compañía escribiendo un tuit de compromiso. Negocio. Pero que un etcétera cualquiera se mate por tener un montón así de grande de seguidores me deja patidifuso. Claro que de nuevo enseguida me respondo que decenas de etcéteras han dejado de serlo por insistir colgando sus pamemas o sus altísimas creaciones en Youtube, siendo Pablo Alborán un ejemplo destacado de salida del armario… del anonimato.

Da igual Twitter o Facebook o Instagram o Linkedin. Todo está bien, para mí, mientras no dé la trecha y cruce la frontera, mientras no confunda mis más de 1.000 contactos de Facebook con amigos, mientras no dé la brasa en mi muro con lo que me pasa o deja de pasar en el momento en que me pasa, mientras no confunda mi soledad con la algarabía y el chisporroteo continuo que se da en cuanto entras en Internet, mientras no sufra porque mis cosas no reciban espuertas de Me gusta. A mí me sigue molando más una voz, un roce, una mirada, un olor. Lo otro está para el trabajo, para el ego, no para mí.

En Villanueva Mesía, de noche, con los primeros gatos desatados en la oscuridad.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *