Artsenal, Humor Gráfico, Número 9, Opinión, Xavier Latorre
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Salvadores

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Siempre pasa igual: lo bueno de los realitys ocurre entre bambalinas. ¡Hay que ver lo que nos estamos perdiendo cada día! Lo que sucede en la pantalla es demasiado previsible: el día a día se ha vuelto tan amargo que ya no nos consuela el mal de amores pasajero o la trifulca con el hijo descarriado de un aspirante a famoso. Los programas del corazón están atravesando una enorme crisis porque ahora la gente quiere que el que pegue gritos en medio de un programa a la hora del aperitivo o la noche de los sábados sea un señor que les hable, con o sin coleta, de cómo se han pulido su dinero, cómo les recortan la sanidad, cuantos coches oficiales tiene la presidenta autonómica de no sé dónde o de cómo no alcanzará en breve para pagar las pensiones. La televisión ha dejado con las vergüenzas al aire a algunos profesionales de histrionismo. Los berridos por una infidelidad conyugal han sido sustituidos por los desahogos contra bancos y políticos. Muchos programas rosa han echado el cierre con las rebajas de telespectadores comprometidos que se han pasado a la tertulia política. La casta televisiva se ha dormido en los laureles.

La parrilla se ha llenado de experimentos de todo tipo: parejas de divorciados, granjeros en busca de esposa, yernos cocinitas torpes para las suegras, aventureros en calzoncillos por la selva o grandes hermanos con carne tatuada. La desmesura busca un hueco perecedero en la programación. Sin embargo, lo realmente interesante se queda en los despachos. El programa de mayor éxito que jamás veré es, por ejemplo, la comida entre el director de contenidos de Telecinco y su estrella chabacana, la reina del descaro, la incombustible exmujer de un torero con pocas luces.

En esa comida, que podría ser transmitida en streaming, se preparan todos los avatares y episodios que le van a ocurrir a la mismísima princesa del pueblo o alguna de parecido rango catódico. Allí se pacta una nueva boda o divorcio; una aventura con un taxista buenorro que cuenta chistes como nadie; o un desencuentro con sus padres a cuenta de la herencia de unas fincas en paradero desconocido. Si es preciso se acuerda también un aborto exprés (en Londres, por supuesto); un amago de desahucio por un banco que luego patrocinará el programa una vez refinanciada la deuda; un efímero cameo en una película de Santiago Segura; una portada en el Interviu, tras una operación a pecho abierto; o la edición de un libro con recetas para salvar a una hija de los peligros de la calle. En cuanto se tasan esos acontecimientos y se fija un precio por ese pack biográfico se pone manos a la obra un equipo de producción y guionistas mal pagados que deben negociar, entre un listado de impresentables, con el nuevo novio. Esos ayudantes de cámara proporcionarán a la locuaz parlanchina de esos programas morbosos todo el entramado para que su vida simule un auténtico vía crucis. Claro que todo es ficción. La historia acabará, a final de temporada, cuando a ese personaje la lleven a una clínica de desintoxicación, también aparente, o se reconcilie entre sollozos con sus progenitores y demás ex de la saga en el propio plató.

Lo que vemos es pura ficción construida como una serie por entregas. En cada capítulo salen unos invitados especiales que luego tendrán además sus minutos de gloria en otros programas de la misma cadena: exnovias de los amantes con contrato temporal, peluqueras, vecinos de urbanización, niñeras, amigotes de los novios y toda una extensa red de extras y figurantes para dar veracidad al falso relato. Los incautos televidentes, principalmente amas de casa, lloran desconsoladamente, se emocionan y corren a comentar la jugada con quién sea. Las tertulias de bajas pasiones les reafirman en que deben repostar combustible espiritual en la parroquia de la esquina.

El escándalo como arma de distracción masiva funciona a las mil maravillas. La gente, enganchada a una telenovela o a un bodrio cualquiera, no tiene tiempo de plantar cara al desguace del estado del bienestar, a los recortes que se ceban con sus nietos o a las subidas de precios abusivas. En el complot también participa la FIFA que programa un Mundial que permite aprobar medidas de desmantelamiento de los derechos sociales sin la mínima contestación ciudadana. Los atropellos más refinados se perpetran durante los programas de mayor audiencia o mientras miramos hipnotizados la tanda de penaltis de un partido trascendental. ¡Démosle vacaciones a la tele hasta que regrese el descaro de Wyoming o las nuevas entregas de Jordi Évole! Una tía mía ilustra el signo de los tiempos: ha viajado de “Sálvame” a “Salvados” sin escalas intermedias. ¡Mira tú!

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