Alaminos, Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 9, Opinión
Deje un comentario

Salvado por la hepatitis

Por Cipriano Torres / Ilustración: Jorge Alaminos

Me recibió en su despacho madrileño una mañana de verano, justo cuando yo había terminado el curso con mis niños de la escuela y tenía por delante dos meses de vacaciones. Por entonces publicaba una entrevista con escritores, poetas, pintores, gente de la cultura, en Diario de Granada, que enviaba en un sobre cerrado con los folios escritos a máquina a la redacción granadina. Esa entrevista se publicaba en el suplemento cultural que dirigía Alejandro Víctor García. Ahora, removiendo la memoria, también recuerdo que una mañana, de vacaciones en Granada, me acerqué al despacho en el ayuntamiento donde por aquellos años aún trabajaba como funcionario Antonio Muñoz Molina para hacerle una entrevista y, amable y gentil, me halagó al recibirme diciéndome que me leía con entusiasmo y que siempre creyó que esas entrevistas eran de agencia y no de un tipo que las enviaba en exclusiva, por libre, ennobleciendo aquel suplemento con nombres como Francisco Umbral, Manuel Vicent, Carlos Bousoño o Francisco Nieva. Al mismo tiempo, este incipiente escritor formaba parte de La Luna de Madrid, aquella revista de vanguardia por donde pasaba lo más selecto de los creadores del país. Eran los años de la década del 80, y así, sin más, me presenté al despacho de Jaime Peñafiel, al que habían expulsado de ¡Hola! en 1984.

Que quiero colaborar en lo tuyo, le vine a decir, aunque ahora no recuerdo si lo suyo era una nueva revista o una agencia de noticias. ¿Tienes experiencia en este tipo de información?, me preguntó, no sé si mordiendo la pata de las gafas o mirándome por encima de ellas como quien tiene delante a una cucaracha, eso sí, muy atrevida. Mi cabeza empezó a girar porque por más que en mi lista de contactos tenía a poetas y escritores de primera, no los veía rellenando páginas satinadas enseñando sus piscinas y hablando de sus últimas conquistas, hasta que de repente se me iluminó el camino y solté un bueno, sí, como sólo lo dice un futbolista para empezar una respuesta –bueno, sí, o bueno, no–, he entrevistado para la revista El víbora a la hermana de Miguel Bosé, a Paola Dominguín, no sé si la conoce. Dio un respingo. Y me miró, me miró más que antes. Esa ofensa duele. Cómo alguien como Jaime Peñafiel no va a conocer a Paola Dominguín, tan modelo, tan fina, tan Bosé, tan casada por entonces con José Coronado. Pues vete a Marbella, me soltó. Allí es donde se cuece todo. Donde están todos. Mándame reportajes y vamos hablando.

Antes de salir a comerme el mundo de los famosos que vivían sólo para salir en las revistas tenía que pasarme por mi dentista, el mismo que atendía la boca de otra escritora, Rosa Montero, que el cielo de mi boca no lo maneja cualquiera, para una última revisión de empastes y otras virguerías. Atención a este dato. A las dos o tres semanas me iba para Marbella más contento que el plan de pensiones de un europarlamentario y más perdido al llegar que Isabel Preysler, que sólo salía de sus escondites dorados tras avisar a sus fotógrafos de cabecera que saldría un ratito al jardín de su casa marbellí para que la retrataran como si no la retrataran. No sé cómo ni dónde pasé mi primera noche en la Milla de Oro, pero sí que me recuerdo apontocado en la esquina de una barra de uno de los hoteles míticos, el Don Pepe, el Marbella Club o el Puente Romano, asustado por los precios que pude ver en un listado, calculando lo que me costaría la cerveza y la tapa que me estaba tomando, y tratando de camelarme al camarero para que contara intimidades de las celebridades que se tostaban en las hamacas de la piscina sin importarles una mierda lo que les costaran sus consumiciones.

Luego, quizá al atardecer, me recuerdo caminando como un imbécil de esa zona de hoteles prohibitivos y villas de jeques árabes al piso que alguien me había dejado, un segundo destartalado al que llegué con la lengua afuera, arrastrando los pies, con un cansancio como jamás había notado en mi vida, con la boca seca, y sin poder tragarme la manzana que había comprado en otro intento de comer algo porque llevaba unos días notando que apenas me entraba nada. Aquella noche meé del color del tintorro, y supe que algo no iba bien. Tuve la certeza de que Isabel Preysler no iba a ayudarme, y que Jaime Peñafiel hacía años que se había olvidado de mí. Mi carrera como cronista del corazón acabó cuando me fui a la estación de autobuses de Marbella y saqué el billete para venirme a mi casa, con mi familia. El diagnóstico fue claro. Una hepatitis de caballo, justo a los 21 días de haber estado en el dentista, el tiempo que necesita el virus para revelarse y elevar las transaminasas a cifras que sólo, sin salir de Marbella y con el paso del tiempo, podían ser comparables a la desvergüenza de los corruptos que harían de Marbella un sinónimo de trincones, horteras, y mafiosos. Nunca se sabrá, pero yo creo que fue la hepatitis la que me salvó de merodear por Sálvame y alrededores. No quiero imaginarme, a mi edad, andar buscando leña para el fuego fatuo de revistas y programas rosa en la hoguera de otra Isabel, sea la Pantoja o su retoña, esa cosa llamada Chabelita. Por nadie pase.

En Villanueva Mesía.
Recordando el año de reposo que me pasé en el pueblo,
que era como antes se curaba la hepatitis.

         

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *