Artsenal, Humor Gráfico, Número 10, Opinión, Xavier Latorre
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Pasatiempo

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Los dueños de hoteles, los taxistas o los panaderos avistan el peligro. Puedes alquilar un sofá en la casa de un extraño, viajar en el Opel Corsa de un desconocido a Burgos, cursar lo que quieras a distancia y hablar por la cara con la prima que tienes en Oslo a través del Skype. Le están viendo las orejas al lobo. Los músicos, los cineastas, los escritores y los que vivían a su sombra ya recibieron su correspondiente dentellada. La perversión de la llamada economía colaborativa puede llegar a empeorar las condiciones laborales y provocar sustanciales rebajas de sueldo.

Todo tiene, sin duda, ventajas. Es posible ser broker en un pueblo deshabitado de Teruel o tener urbanitas en nómina que apadrinen tus colmenas de Guadalajara a los que mandar luego un tarro de miel. Aunque también provoca algunas insulsas pérdidas de tiempo: echar la tarde de link en link, rastrear amigos de la infancia o picotear en las tediosas sugerencias de los amigos.

Los fisgones ingleses y los de la NSA interceptan cualquier llamada que se les antoje. Las escuchas sirven igual para comprar acciones de una compañía a punto de fusionarse que para apostar por un nuevo presidente en un país en conflicto. Todos estamos expuestos, después de cada inocente clic, al yugo de un cibernético negocio emergente, como una suscripción a una empresa para que lave las manchas de tu biografía o borre algún desafortunado rastro en las redes sociales. En una de las pausas del espionaje se puede vender de segunda mano una lavadora vieja que resulta bueno para el bolsillo y para el medio ambiente o lograr, mediante el micromecenazgo, la publicación de un libro antes de escribirlo.

El sector de la comunicación fue pionero en sufrir en sus carnes de papel prensa el zarpazo digital. Las redacciones de los periódicos impresas son ya una antigualla. Ahora si no publicas en la versión digital y no tienes mil retuits a mano eres un redactor paria. Los nuevos lectores sólo acceden a pagar por el ADSL; el contenido lo quieren gratis. A este paso en el futuro sólo habrá un periódico. Y ese ejemplar servirá para todos. De buena mañana te abrirá él solito directamente la página que sabe que te va a gustar, con noticias del lugar donde te encuentres (te tendrán localizado), escritas en tu idioma materno y con la publicidad deseada (han compilado tus búsquedas). Será el diario único que te hará feliz. En el menú aparecerán tus opinadores favoritos para adoctrinarte. Tú sólo deberás pensar siempre lo mismo y serles fiel, incluso en el voto, hasta que la muerte os separe. A tu vecino facha, el mismo diario de la misma cadena, también le seleccionará los ultrasperiodistas que quiere leer sin coste adicional alguno.

Puede que la red aumente las posibilidades conspirativas, aunque quizá sea al revés. Al menos, de vez en cuando, nos da alguna alegría: un grupo secreto en Facebook puso en aprietos a Botín por unos productos financieros torticeros; las mareas de colores se han servido de Internet; el final de la tiranía en Túnez se fraguó en las redes sociales o los despidos de la Coca-Cola fueron anulados tras un boicot a la marca urdido en Internet que les hizo un pequeño y simbólico roto comercial. El futuro aunará los juegos en el móvil con las noticias del día. La interactividad y la participación fomentarán apps en la que de camino al trabajo podrás pedirle a Gallardón que haga una de las suyas para ganar cien puntos, fichar a otro crack para el Barça o ser Pablo Iglesias y capear el temporal de insultos y descalificaciones que le llueven.

Las personas “superinformadas” sólo quieren saber de las doscientas niñas nigerianas secuestradas el día que se las llevaron hace un mes y pico. Luego les aburre su suerte: quieren otro llamativo titular que sea más idivertido para hacer clic en él. ¡Menudo pasatiempo!

 

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