Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 9, Opinión
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Sabor a hiel

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

La televisión es nutritiva, cantaban los Aviador Dro allá por los 80, un eslogan que va como anillo al dedo para algunos de los que en ella trabajan. Tan nutritiva al menos como el semen de Amador Mohedano porque, según recoge Mariola Cubells en alguno de sus libros, el esperma del susodicho sabe cada día a una cosa distinta, según qué alimentos ingiera. Este experimento empírico y sustancioso lo llevó a cabo la novia del hermano de Rocío Jurado, según confesó en un Sálvame Deluxe. Puede que a ustedes, acostumbrados a ver la televisión con ojos de catedráticos de Estética y Teoría de las Artes, les escandalice la vulgaridad de la declaración. Sinceramente: a mí lo que me perturba es ese “cada día”. Pero en fin, quod erat demonstrandum, la televisión alimenta.

Mi problema es que me llamo Lidia y soy periodista. “Ah, como la Lozano”, me responden indefectiblemente cuando me presento. Supongo que me corroe la envidia porque ella tiene página en Wikipedia y yo no, pero me molesta sobremanera (iba a escribir me toca los cojones, pero no lo haré) esa asimilación de mi persona y de mi profesión a una rubia mechuda que usa el mismo perfilador de labios que Millán Salcedo cuando parodia a Celia Cruz. Y ya que digo cruz… Mi tocaya se hizo tristemente famosa (si es que cabe aquí el oxímoron) cuando mantuvo durante meses que Ylenia Carrisi, la hija de Al Bano y Romina Power, desaparecida en Nueva Orleans en 1994, seguía viva. La periodista se vio obligada a pedir disculpas cuando no pudo seguir manteniendo la mentira y se agotó la polémica, pero acabó siendo investigada por la Comisión de Quejas y Deontología de la Federación de Asociaciones de la Prensa, que dictaminó que Lydia Lozano “hizo gala de su falta de compromiso periodístico al faltar a la verdad” (lo pone en la “wiki”). Y ahí está el quid de la cuestión: en la falta de verdad, en las mentiras, en el teatrillo que nos ofrecen diariamente unos actores poco memorables, como canta Nacho Vegas. Son toda esa fauna que pulula por las televisiones –no importa que sean privadas o públicas– que han hecho de la mentira su bandera; son todos esos mostrencos capaces de vender a su madre en pro del “espectáculo” televisivo; esos zotes que publican libros y firman en las ferias, y no se descuiden que cualquier día les dan un Planeta. O dos.

Y los pobres espectadores, tragando y tragando, como la novia de Amador. Supongo que porque la confusión está en la raíz, en suponer que la televisión es cultura y no entretenimiento. Y el dios de la tele exige audiencias millonarias aunque para conseguirlas haya que confesar algún crimen. Es un Saturno devorando a sus hijos insaciable. Existe otro tipo de programas basura, de una mierda más sutil si ustedes quieren. Pero esta de la que hablamos es la digna heredera de aquel Tómbola, en cuyo primer programa se sentaron las bases de todo lo que vendría después. Chábeli, la hija de Julio Iglesias, abandonó el plató, indignada por el tono de la entrevista. “Sois gentuza”, espetó a los mariñas y karmeles. Y ese apelativo les fue llenando la cuenta de ceros al mismo tiempo que aumentaba el nivel de grosería: Mariñas le levanta la falda a Tuyupa y deja al descubierto su tanga y su culo; miden el pene a un concursante de Gran Hermano; hay peleas en directo… Imagino que ustedes, con esos ojitos de catedráticos de Estética y Teoría de las Artes que se han de comer el mundo, no visionarían ninguno de esos bochornosos y zafios programas. Pero yo sí. En los años 80 había una revista satírica, ‘Sal y Pimienta’, que escarbaba la bolsa de la basura de los famosos y se marcaba un reportaje ilustrado con ese material. Literalmente. Y, ¿saben?, yo era lo primero que leía. Pero nunca pensé que eso fuera periodismo, información, o algún concepto noble y auténtico. Era mierda. Literalmente.

Y eso opino que son esos programas de ahora, que no veo, pero que es imposible soslayar porque mucha de su programación se retroalimenta de ellos. Unos espacios en donde unos individuos cobran porque se han acostado con un torero, se han puesto tetas nuevas o se la han mamado, “cada día”, a Amador Mohedano. Igual es que tenemos la televisión que nos merecemos.

(Dejo para otra ocasión a mi personaje favorito, que no es otro que Tamara Falcó. La hija de la Preysler y el Marqués de Griñón, al menos tiene un estilo particular, una voz propia en este circo televisivo. Eso sí, necesitada de un buen logopeda, porque a estas alturas, tan monjil y tan monárquica ella, aún no le he pillado ni una).

 

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