Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 9, Opinión
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Muerte en el plató

Por Francisco Cisterna / Viñeta: Gatoto

Cuando María de las Murmuraciones de España y Valiente encendió el televisor, no daba crédito a las imágenes: Jorgeja yacía tendido boca abajo en el suelo del plató de Sálvame con un teléfono móvil clavado en la espalda. En un acto reflejo, Marimur –así era conocida en el barrio– telefoneó a sus amigas para que participaran de la insólita noticia en directo. Todas conectaron, incrédulas, los televisores. Era cierto. El presentador de sus tardes, noches y madrugadas de lujoso comadreo yacía en el suelo vestido con una camisa, un pantalón vaquero y una canción de Perales sonando en el móvil asesino. Los colaboradores del inmarcesible programa rodeaban atónitos el cadáver de Jorgeja. Uno de ellos, calvo grande, y grande de envergadura, gritaba con voz imponente de macarra carcelario que no se moviera ni Dios, que del plató no salía nadie. Eso lo decidiremos nosotros, dijeron los directores por la megafonía interna del estudio mientras se frotaban las manos solo de pensar en la audiencia que les deparaba el luctuoso suceso. Tenían la oportunidad de achicharrar a todo el equipo en la máquina de la verdad. No podían perderla. Programa tras programa, examinarían públicamente las coartadas de los colaboradores y un jurado compuesto por los mismos famosos a los que ellos despellejaban día tras día, juzgaría su inocencia o culpabilidad. Los teléfonos se mantendrían abiertos para que los espectadores disfrutaran emitiendo su voto no vinculante. ¿Quién mató a Jorge Javier? Llama al 909 600 600 para inocente y al 909 500 500 para culpable; con el 501, ejecución en directo; 502, cadena perpetua, y gana un mes de vacaciones pagadas a tu costa en compañía de Belén Estebanillo González, la Pícara del Pueblo. Si no estuviera disponible Belén, podrás elegir entre Karmele Marchante de Arte o el Koko de los Moros. Esto sí que es un Sálvame… pero, ¡sálvame!

La cosa prometía hacer añicos el share. “Aquí pasan todos por la dichosa maquinita, aunque tengamos que realquilar sus almas”, perjuraban los de arriba. La feliz idea iba tomando forma. Las sentencias se emitirían desde el plató de De buena ley y cada colaborador podría elegir abogado defensor de su lista de seguidores de twitter o el programa les asignaría uno de oficio. Los fiscales de cada caso se sortearían por el método de la ruleta entre antiguos ex colaboradores despedidos improcedentemente. El morbo estaba servido. “Y eso así: a bote pronto. Espera que maduremos la idea con los guionistas. Hasta Al-Yazira nos compra los derechos de emisión”, se relamían los sádicos gerifaltes. Por cuestiones xenófobas, en las emisiones para países árabes, Koko de los Moros pasaría a llamarse Alí Más Turbante.

Por su parte, los colaboradores, desconociendo que la emisión continuaba en directo, especulaban con el nombre del sucesor de Jorgeja. Se disputaban el cargo del difunto, todavía de cuerpo presente, y tejían coartadas de inocencia. Tiraban de agenda para presionar a sus padrinos y formaban equipos enfrentados por la sucesión al trono del chismorreo. La centralita del programa echaba más humo que las pistolas del Coyote en las obras completas de José Mallorquí. Aquello era un no parar. La Igartiburu, la Quintana, Mariló, Cantizano… mandaban wasap de pésame sin tregua ni descanso. Hasta Jordi Hurtado, en una emotiva llamada, confesaba haber fantaseado con un Sálvame de Saber y Ganar y su correspondiente bautismo en la silla eléctrica a 125 voltios por aquello de mantenerle la sonrisa en forma. Jordi González, el último en enfundarse el mono de barrendero y besar la basura, amenazaba con entrevistar al culpable, antes de que éste fuera ajusticiado, aun a costa de quedarse sin patrocinador. La hoguera de las vanidades ardía por los cuatro costados alimentada por los juramentos, promesas, maldiciones y amenazas de los chismólogos a la violeta. Todo eran tracas y pólvora y audiencias colapsadas de lujurioso comadreo cuando Jorgeja, el gran Jorge Javier, se levantó del suelo muerto de risa: “Pues os vais a quedar con las ganas, jodios –dijo con un eco engolado y relamido–. ¡Ja, ja, ja, ja, já! Menuda Broma. Doblada os la he metido, pillines”. Se planchó la camisa con la mano, se sacudió el polvo de los pantalones, giró sobre sus talones con aire pizpireto y saludó a la audiencia: “Señores, aquí estoy. Vivito y coleando… picarones”. Y se dispuso a salir del plató riéndose a toda vela. Un eco resonó por todo el estudio: “¡Que se lo carguen, coño! ¡Que se lo carguen! ¡Que no salga de aquí con vida! ¡Corten! ¡Corten!”

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