Artsenal, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 9, Opinión
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Lo rosa frente a la rosa

Por Juanma Velasco / Ilustración: Artsenal

23 de abril del presente, día de Sant Jordi, Barcelona. Para quienes nos dedicamos profesionalmente a la literatura y, para complementar las carencias, a cualquiera de sus variantes, la fecha se erige en el máximo referente de la visibilidad de todo aquello que rodea a los libros, el día en el que matrimonian lo glamuroso y lo comercial, lo banal y lo vocacional; lo superficial, lo pragmático y lo advenedizo; las rosas desaromatizadas y los eructos plebeyos de una patricia Belén Esteban.

Disculpad que os hable de mí, incluso disculpadme más todavía si elevo a la condición de categoría la trivialidad de mi anécdota. Sí, sí, no me he confundido de temática, mi vanidad todavía no embrutece mi razón. Todavía. Soy consciente de que debo hablar de lo rosa en lugar de la rosa, de esa otra cultura social que nos socava o nos hace más fuertes, según intérpretes.

Día de Sant Jordi, me resitúo. Rambla de Catalunya, Barcelona, reitero. Dos aceras amplias, dos calzadas, un bulevar central atestado de tenderetes de librerías y editoriales. Manadas de transeúntes, potenciales consumidores de literatura, ocasionales o incondicionales, deambulando a su través en modo ñu, ojeando y hojeando, muchos con un billete de 20 euros entre los dientes.

Algún fauno de la casualidad dispuso que uno pudiera regentar un espacio en exclusiva en el vestíbulo de una óptica cuya sede está situada casi ya en la intersección con Gran Vía, un baratillo en una de las dos aceras descritas por donde también transitaron a lo largo del día millares de rosas ambulantes asidas por manos presuntamente enamoradas.

No podía creerlo, Juanma Velasco, el opaco, contaba con un puesto en exclusiva en Rambla Catalunya el día de Sant Jordi. Sin embargo, al poco de estacionar con mis “Mateos” (mi última novela se titula A ti Mateo, es a ti), serían apenas las once de la mañana, con mi display de dos por uno y con mi mesa, circunvalada con la estelada de rigor, metiendo los codos en la acera, me percaté, después de acusar las miradas perplejas que los ñúes migrantes le dedicaban a mi condición de marciano aislado que promocionaba una novela absolutamente desconocida, que no iba a posicionarme en el top ten de los más vendidos de ese día. Una hora más tarde ya podía haber convocado una rueda de prensa para preconizar que a la isla de Diego García jamás le crecerán rascacielos en sus valles índicos sin turistas.

Que sí, que lo rosa. Ya, ya me posiciono. A siete metros de mi geoposicionamiento literario, en el bulevar, expedita la visibilidad, un punto de firma de escritores. Rotacional, cada hora doce escritores, o presuntos, ocupaban sus escaños para firmar a quien se acercara con un ejemplar de su obra bajo el brazo, en modo pan. A juzgar por la ausencia de algarabía, durante la primera hora de la mañana no debió comparecer ningún… escritor, ejem, mediático. Lo discerní cuando a la hora del ángelus un revuelo de treintañeras y cincuentañeros prorrumpió en grititos y ohs, que uno no sabría catalogar si de admirados o de simples, cuando Risto Mejide hizo su trajeada aparición con la sonrisa fluorescente, como si fuera amistoso, como dicen que lo fue el viejo Rey, en el punto de firma aludido. Y todo fue ya revuelo y contingencia, selfies y otros homenajes a la mística del encuentro.

La realidad abofeteándome mis ínfulas de consagración. Risto tonteó media hora con la multitud para después trasladarse, con seguridad, a otro de los puntos de firma del circuito barcelonés. Sin ni siquiera dedicarme una mirada de desprecio cuando pasó frente a mi pequeño bazar de Mateos. Lo vi disminuir engullido por la muchedumbre de las 12 40′ y sentí que una coz rosa atinaba justo en la intersección de mi inocencia y mis expectativas.

Después hubo más. Trasegaron por el hito firmante, Pedro J, Anguita, Anasagasti, Carod Rovira y algún que otro político más, transmutados ese día de escritores, de cuyos nombres ni quiero ni consigo acordarme. Apareció por la tarde una monja, refirieron los cercanos que argentina, que concitó en torno a su hábito una nueva bandada de fans. Pero yo ya estaba con las piernas de madera, del plantón, ronca la voz de persuadir a quienes, pese a mi condición de solitario varaban en mi oasis preguntándome quién era ese Juanma Velasco a quien le había escrito el Papa de su puño y letra un día de Navidad.

Mi agente literaria, barcelonesa de pro, trató de consolarme cuando le narré los hechos con alguna fábula en que mezclaba la ignorancia colectiva, la televisión y los regalos, pero se ha desfragmentado el argumento.

Desde ese día, sacudido por la visualización flagrante de lo que ya suponía, planeo continuamente escándalos para buscar esa cuota de televisión que me vuelva carne de fan. Una casi madrugada incluso me atreví a mear en la puerta de un garaje en una céntrica calle de mi ciudad, pero la fortuna me volvió a esquivar y nadie vino a detenerme.

 

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