Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 10, Opinión
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Las redes del pescador

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

«¿Es usted el titular de la línea?». «¿De qué línea… de la de autobuses?». Silencio al otro lado del auricular. «¿Qué compañía tiene usted?». «Ninguna. Soy viudo y sin hijos». «Me refiero a compañía de internet». «Aah, ya. ¿Para qué quiere saberlo?». Nuevo silencio. «Tenemos una oferta de Gafe-fon». «No me interesa, señorita». «¿No le interesa ahorrarse 200 euros al año?». «No. A mí internet me sale gratis, lo siento». Silencio apresurado. «¡Espere caballero, no cuelgue!, podemos mejorar esa oferta». «Piiii…» Esta escena se repite varias veces al día en cualquier hogar español, y a cualquier hora, cuando las compañías telefónicas levantan la veda de las promociones. Es como si las redes no fueran ya lo bastante sufridas como para tener que padecer, además, a los pescadores. Y así, en ese mar digital, o río revuelto de internet, navegamos todos –unos queriendo y otros a la fuerza– conectados por moduladores y cables que más parecen tartajosos, por lo que se entrecortan, que tecnologías punteras. Nadamos y buceamos en la red en busca de conocimientos, de compañía, de amor, de sexo, de egos, de adláteres…unos llevan caña y otros son el cebo; pero todos, todos, somos presas de la misma red; capturas del mismo anzuelo. No obstante, internet ofrece respuestas para todo: desde cómo freír un huevo hasta cómo realizar una operación a corazón abierto en la cocina de tu casa y no morir en el intento. Un día, sin ir más lejos, me puse a buscar en Google las propiedades del opio para un trabajo de bioquímica de mi hijo. Después de navegar largas horas por las Guerras del Opio, por el opio del pueblo, por la «Historia General de las Drogas», de Antonio Escohotado, por el opio de las ideologías totalitarias –y gracias que paré– recalé en una página rusa, y ensimismado en descifrar el alfabeto cirílico, a punto estuve de comprar, sólo por curiosidad, un frasquito de láudano que ofrecían a buen precio. ¡Menos mal que mi hijo llegó a tiempo! y me convenció de que era un trabajo teórico y no experimental, porque ya me veía yo practicando con el láudano como un cosaco, trago va y trago viene, y cantando Ochi chornye con el Coro del Ejército Ruso… Qué no haremos los padres por un hijo. Otra vez será. En fin, queda claro que las ayudas y socorros que brinda la red de redes a los náufragos del conocimiento son tan extensas que apabullan, incluso me atrevería a decir que deprimen. En general, rastrear en los buscadores nos concita un deseo irrefrenable de conocimiento, una auto exigencia cultural de abarcarlo todo –misión, por otra parte, imposible– que nos produce un vacío existencial de curiosidad insatisfecha. Es igual de frustrante que plantarnos ante un diccionario-enciclopédico de 23 tomos –¿siguen a la venta?– y despertar al erudito hambriento que llevamos dentro; desearíamos bebernos las miles de entradas de un sorbo –como yo el láudano– y convertirnos en petetes de la noche a la mañana. Petetes algo atolondrados, dispersos y fragmentados si a la oceánica red le añadimos los mares procelosos del hashtag, Facebook, Tuenti, WhatsApp, chats y demás lagunas pantanosas. Criaturas, todas, surgidas de los abismos de Internet y que inauguran la nueva era de relaciones virtuales. Aplicaciones asesinas del tú a tú, del cara a cara, que han terminado casi con el cuerpo de Correos, y, por ende, con el género epistolar. Apenas «llegan cartas con sabor a gloria llenas de esperanza» acarreadas por carteros de pasos cansados. Ahora llegan e-milios, wasaps y tuits cargados de emoticonos y escritos en jerigonza. Si hoy recibes una carta, échate a temblar: Hacienda, Tráfico o el ayuntamiento, o los tres a coro, te quieren ajustar las cuentas. Ya casi nadie colecciona sellos de correos (véase Fórum Filatélico), y los sobres se reservan para el trasiego de sobresueldos (véase también Caso Bárcenas). Cuánto papel ahorrado y energía alcalina consumida. «Pobre cartilla mía/entre los wasaps rota/sin sellos franqueada/y entre las redes sola», escribía un tal Lope de Hashtag en Twiter. Otro romántico como yo: que intento nadar a brazo partido en este mar bravío de mensajes intempestivos, y que soy capaz de agarrarme al primer «me-gusta» que encuentre en mi naufragio con tal de no ahogarme. Por favor, échenme un cable. Un salvavidas. Tengo la sartén en el fuego y no para de sonar el móvil, el WhatsApp, el Facebook y la madre que los engendró. Lo tengo merecido por meterme donde no me llaman. Naden, naden.

En el byte 1545, sector 33A del disco duro, antes de ser desfragmentado.

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