Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 10, Opinión
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La vieja angustia de vivir

Por Lidia  Sanchis / Viñeta: L’Avi

Pienso, luego existo. Nunca el planteamiento filosófico de Descartes estuvo tan anticuado como en esta época en que la existencia se ha convertido en un magma cuyo pegamento son unos hilos invisibles y online. No somos lo que pensamos, ni siquiera somos lo que comemos: somos cuantos likes suma la fotografía de nuestra paella del domingo.

Cualquier manual de psicología barata (y digo barata como sinónimo de “al alcance de todos”, en un tiempo éste en que todos los conceptos han bajado de precio. Y si no, observen cómo cualquiera puede escribir en el buscador Google –puede googlear– las palabras neuralgia del trigémino y creerse neurólogo. O teclear “uso del punto y coma” y erigirse en un avezado lingüista), cualquiera de esos manuales, digo, les explicará que la adicción a las redes sociales crea ansiedad y depresión y unos cuantos trastornos psicológicos más que no he tenido tiempo de leer… en Google.

Internet se ha convertido en el mayor canal de información para muchos de nosotros y ha cambiado los hábitos y costumbres incluso quizá nuestra manera de pensar; puede que también hasta nuestra manera de sentir. Medimos la felicidad en el número de amigos en Facebook; en los “me gusta” que obtiene la fotografía de tus vacaciones o tu mascota; en los retuits que logra tu última parida, o en la cantidad de seguidores que tienen tus pies desnudos en Instagram. Es cierto que esta irrupción de las redes sociales en la vida cotidiana ha democratizado la manera de relacionarnos con nuestro entorno: hay una íntima satisfacción en chatear con Maruja Torres o en intercambiar impresiones con tu músico favorito –pongamos por caso a Antonio Luque–, circunstancias ambas impensables cuando éramos todavía hijos de la enciclopedia Larousse. Pero en la vida offline esto no tiene ninguna relevancia, ni tampoco saber qué desayuna cada día David Bisbal, ni cuántas posturitas de macizorro es capaz de poner Andrés Velencoso. Prueben a resumir el éxito o el fracaso en el límite de los 140 caracteres que exige Twitter, o en las tres líneas de texto que se aconseja que tenga como máximo la actualización de estado en Facebook. Aunque lo consiga, en 24 horas habrá quedado olvidado y la vida seguirá estando en otra parte.

Para el ensayista estadounidense Nicholas G. Carr el uso de la Red, como el del resto de los medios de comunicación, suministra el material del pensamiento pero también modela el proceso de pensar. Según su tesis, “mientras Internet se convierte en nuestro medio universal, podría estar readiestrando nuestros cerebros para recibir información de manera muy rápida y en pequeñas porciones”. Es decir, poner un “me gusta” o “retuitear” es el máximo esfuerzo intelectual que va a ser capaz de hacer nuestro cerebro si casi la única realidad que nos llega viene filtrada así. Y rapidito, que nos cansamos de leer. Porque todos estos cambios en las relaciones y en los comportamientos sociales se suceden de manera vertiginosa, sin apenas tiempo para el análisis. La celeridad se ha impuesto en la gastronomía, en la lectura, en el sexo y en el pensamiento.

Y a pesar de todo, cuando cae la noche nos damos cuenta de que nada ha cambiado; de que no hay “me gusta” que mitigue la inmensa soledad que nos rodea; de que los viejos fantasmas continúan acechando, y de que ningún emoticono nos va a curar la angustia de vivir, la vieja y lenta angustia de vivir.

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