Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 10, Opinión
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La tribu cibernética

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

La globalización es la última gran tragedia de la especie humana, acosada y arrinconada definitivamente por el capitalismo cruento y salvaje. Globalizar supone reducirnos a una idea, a un pensamiento único, a un imperio, a una moneda, a un idioma, a una canción, a un supermercado, a un tanga, a un programa de televisión, a un pantalón vaquero y a un yogur. Pero la globalización, como toda nueva era, como todo nuevo momento histórico, necesitaba su herramienta tecnológica para llevarse a efecto. Y esa herramienta ha sido, sin duda, Internet.

El neolítico tuvo la rueda, la primera revolución industrial el carbón, la segunda el petróleo, la era atómica la bomba de neutrones y la globalización tiene la red de redes, que con ese nombre no podía ser otra cosa más que una diabólica e infinita malla, una urdimbre, una trama en la que quedamos atrapados como pescaítos fritos gaditanos. Ya todos estamos sofritos por la espantosa y formidable sartén de Internet. Ya todos vivimos chamuscados por el chisporroteante aceite fotónico del ordenador, veneno de neuronas. En el mundo hay dos mil millones de personas que no tienen luz eléctrica, que sobreviven en una oscuridad medieval, endémica, mientras la otra mitad del planeta vive pegada a una luz falsa, a la pantalla engañosa de la computadora. Es lo que los sesudos llaman la fractura tecnológica, pero si lo miramos bien, el supuesto avance, el amanecer de la información, no es tal progreso, sino un inmenso fraude, un gigantesco paso atrás. Le llaman globalización pero en realidad es un totalitarismo cósmico, planetario. Tras miles de años de lucha de clases, de reyes contra lenins, de ricos contra proletas, por fin nos han echado el lazo, por fin nos han reducido a la categoría de esclavos, que es lo que quería el gran capital. Esclavos ultratecnificados, pero esclavos a fin de cuentas. Borregos, ovejas eléctricas, como en aquella novela de K. Dick. Somos una tribu cibernética que se levanta, come, vive, trabaja, produce y se acuesta con el ordenador bajo el brazo, con el teléfono inteligente (¡qué gran oxímoron!) pegado a la oreja y con la tablet metida en el culo. Somos como hombres-orquesta que no paran de hacer sonar, sin ton ni son, sus extraños instrumentos informáticos. Nos han puesto unos grilletes fotovoltaicos en el cuello sin que ni siquiera nos demos cuenta. Cada vez leemos menos papel y chapoteamos más en las cenagosas aguas de Facebook. Cada vez almacenamos menos datos en el cerebro (el más perfecto de los ordenadores posibles) mientras los grandes gurúes de la informática nos aconsejan no acumular demasiados conocimientos, que saber mucho cansa, está pasado de moda y es de antiguos. El paso previo del fascismo es derrotar a la cultura y Leonardo da Vinci, hoy, sería tomado no por un sabio, sino por un carca trasnochado. Ya no es cool aglutinar muchos conocimientos, porque el saber te lo dan el señor Bill Gates o el señor Macintosh con sus inventos del demonio, mientras uno puede dedicarse a la auténtica labor para la que ha sido programado: ir al gimnasio a ponerse vigoréxico y consumir mucho y bien. Hoy es que solo ves jóvenes alelados/tatuados guasapeándose los guasones, jóvenes todo el día dándole a la tecla del Smartphone. Es que están hechos unos mulos, como diría Tony Leblanc.

La sociedad de masas de Ortega devino en la sociedad de la información, en la galaxia Gutenberg o aldea global con sus paletos tecnificados, una aldea que llegó un buen día sin avisar precedida de trompetas y fanfarrias, como la gran panacea que iba a acabar con los problemas del ser humano cuando en realidad nos ha terminado estragando con tanto chip, byte, terabyte, software, plugin y su puñetera madre que los parió. Los que venimos de la era analógica/antológica (hace cuatro días pero parece que fue en el cretácico superior) sentimos cierta nostalgia de aquellos tiempos en que escribías poemas a máquina y luego quedabas con una chica en un bar y no había facebooks, ni tuiters ni guasaps (ni siquiera sé cómo escribir ese engendro de palabro entre anglo y futurista) y te derretías de nervios ante la posibilidad de un plantón en toda regla a las puertas del cine, con el anhelo del no saber si ella llegaría o no, con el dulce miedo al fracaso metido en el cuerpo. Hoy todo está previsto, programado, actualizado, por no quedar no quedan ni cines, no hay lugar para la cita con sorpresa y cualquier usuario anónimo de las redes sociales sabe que te llamas fulanito, que vives en Recoletos esquina Almirante, que te gustan las motos acuáticas, que calzas un 41 y que eres de Quintanilla. Nos han infantilizado tanto, nos han humunculizado de tal guisa que ya solo somos felices como niños cuando obtenemos una buena cantidad de “me gustas” en nuestro muro. Uno, harto ya de tanta matraca informática, está pensando seriamente en largarse a la Patagonia tras clausurar la maldita cuenta de feis. Con toda mi face.

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