Adrián Palmas, Humor Gráfico, Número 9, Opinión, Ramón Marín
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Por Ramón Marín / Viñeta: Adrián Palmas

Piero Manzoni enlató sus excrementos en 1961 en envases de 30 gramos. El artista, célebre por sus obras de arte conceptual, planteó la experiencia como una forma de crítica social contra los convencionalismos y para reírse del «establishment» cultural de la época, al que no se le había caído todavía la venda de los ojos. Lo bueno del asunto es que la mierda en cuestión llegó hasta los museos de la vanguardia estética, tuvo salida comercial y un fulanito pagó hasta 124.000 euros por el detritus orgánico del italiano. Seguramente, Manzoni hizo un gran esfuerzo intelectual, y físico, en este proyecto, que ha sepultado cualquier otro éxito de su fulgurante carrera, y puede estar contento y riéndose desde su tumba milanesa porque ha dejado para la historia de la humanidad la idea universal de que podemos convertir lo peor de nosotros mismos en una gran mentira con la que podemos engañarnos y, preferentemente, engañar a los demás.

Nuestra mierda, con perdón y sin perdón, enlatada y servida como un manjar mediático delicioso es, hoy por hoy, la televisión pútrida de media tarde, engendro audiovisual que nadie ve, pero todos miran con ojo escrutador. Los ciudadanos de dignidad estándar creíamos que la excrecencia sería una moda con fecha de caducidad, pero, al igual que ocurría con el dinosaurio de Monterrosso, al despertar cada día observamos con desolada actitud que la bazofia sigue allí. Las televisiones privadas (algunas), que nacieron a la vida tecnológica para abrir ventanas a la libertad, han acabado convertidas en altavoces de una forma nauseabunda de entender la información y la vida. Es la hez de la cultura.

Las mamachichos ya no refriegan su inteligencia en las noches catódicas de la televisión. Ahora los plasmas escupen un espectáculo igual de zafio, pero aún más repulsivo, y pueden verse explantes en directo, como cuando Kiko Matamoros y Karmele Marchante se arrancan el bazo o el escroto a dentelladas para imponer su histrionismo exacerbado. Entre las carcajadas locainas de Jorge Javier Vázquez, las voces carajilleras de Lidia Lozano y Mila Ximénez y la burdísima princesa del pueblo, nuestra Lady Di de pandereta, la flaca/gorda Belén Esteban. En pleno horario infantil, para más inri, con el loable interés, se presupone, de cooperar con el señor Wert en la aniquilación intelectual de toda una generación de futuros ciudadanitos.

Que homínidos del siglo XXI sin daños cerebrales detectados sacrifiquen las neuronas en mamarrachadas soberanas, como contemplar a una concursante de los programas de telerrealidad sobándose los pechos o escuchar a una choni de extrarradio relatar con detalle lujoso, y lujurioso, cómo le magreaba la chorra a un torerete, retrata la decrepitud moral de esta sociedad. La audiencia se dispara y la caja registradora canta su melodía endiablada, mientras los gerifaltes máximos miran hacia Kuala Lumpur. El nivel de degradación de los energúmenos que dirigen el cotarro desciende hasta el abismo donde habitan Bob Esponja, Calamardo y otros animales del fondo marino con una catadura ética superior a la de tanto percebe humano.

Si esta España nuestra no fuera una monarquía bananera, si este Gobierno (sí, también es culpable) tuviera lo que hay que tener, que no son genitales sino decencia, y si esta sociedad civil despertara del sueño de la bella durmiente algún siglo de estos, el futuro aún nos podría deparar algo más que estreñimiento emocional. En caso contrario sólo nos quedará evocar a Fernán Gómez y su estentórea invitación a ese lugar tan poco glamuroso donde se refocilan las moscas.

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