Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 9, Opinión
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El nuevo Pantone

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Javier Montón

Javier Montón

Los géneros ya no existen, mantienen los críticos y sabios de la cosa televisiva. Información y espectáculo se dan la mano hasta confundirse en un mismo programa en una búsqueda desesperada de la ecuación improbable, aquella que permita no avergonzar al telespectador con inquietudes “intelectuales” y, a la vez, escape del tono solemne, monocorde y aburrido que les aparte del cuadrilátero catódico. A la fórmula mágica se le vino a llamar “programa fresco”. Y yo, que de televisión sé tanto como el que menos, les doy al razón a los teóricos de esta rama del conocimiento, tan sesuda que hasta cuenta con una Academia que le procura brillo y esplendor. Cosa seria, oigan, con sus premios anuales, su junta directiva y hasta un presidente: uno solo, el de siempre. De modo que así estamos, refrescándonos todo el día, en invierno y en verano, ora sudemos ora caiga una nevada de mil demonios, en la salud y en la enfermedad, hasta que la audiencia los separe. Pero el matrimonio parece sólido y amenaza con perpetuarse de la mano de oficiantes del poso intelectual de Jorge Javier Vázquez, Paco Marhuenda, Alfonso Rojo, Eduardo Inda o lo que queda incorrupto de Karmele Marchante, otrora en la cima y en estos momentos penando en horas bajas. Un tótum revolútum de altura, repóquer de ases ganadores, todos ellos con libros publicados (papel, ¡qué sufrido eres!, o el más tonto hace relojes; elijan aserto).

Porque, oh maravilla, no sólo se entremezclan los géneros. También los actores se transmutan y, poseídos por el espíritu de Stanislavski, de mañana y por la noche se nos presentan disfrazados de conspicuos analistas de la alta política y las cifras macroeconómicas, y después de la siesta los podemos admirar rebajando el listón de su discurso para adecuarlo al del ‘target’ al que deben su popularidad imparable. Y cuando el asunto a tratar permite combinar ambos pinceles, se les ve disfrutar de lo lindo y nosotros lo hacemos con ellos. El ‘caso Urdangarin’, con sus ramificaciones de cacerías, cuernos y colmillos, palacetes, amantes y erecciones, y hasta los repetidos suspensos del repetidor Froilán por en medio, han sido un filón. Materia prima de primera categoría, pura miel. El rosa se ha mezclado en la paleta con el azul borbónico para dar un nuevo tono amoratado, casi tumefacto. Inda, el segundo de a bordo del diario ‘El Mundo’ (¿quién dijo crisis del periodismo?), descubre nuevas cuentas suizas y, tirando del hilo, da con una novia del ex Rey y, como una cosa lleva a la otra y aunque así no fuera, acaba ofreciéndonos, gratis total, un máster sobre la crisis del Real Madrid, que el Don Quijote de la prensa escrita antes de especializarse en el periodismo de investigación, y después de defender como un leal hidalgo los intereses en Baleares de su antiguo jefe, Pedro J. Ramírez, dirigió el ‘Marca’ y se nota. Ya lo creo que se nota: tendría que pagar derechos de autor a José María García cada vez que pía por el uso y abuso de términos ‘butanescos’ que emplea el caballerete.

La abdicación de Juan Carlos I es otro paradigma de la mezcla pringosa en que se ha convertido el periodismo de masas. Cualquier espíritu no aborregado debió de sufrir vergüenza ajena durante los días posteriores a la renuncia del monarca si se le ocurrió ojear las páginas de los periódicos. ‘El País’, el diario “de referencia”, aunque de algo bien distinto que hasta hace no muchos años, se cubrió de gloria entregando su trasero en pompa a los intereses borbónicos y, rodillas en suelo, suelo enmoquetado, dio la espalda a buena parte de su audiencia tradicional y se puso de parte del ‘statu quo’. Lo hizo sin condiciones, somos todo tuyo. Ahora que un diario mallorquín ha publicado un reportaje sobre el ‘mamading’, pintoresca actividad consistente en aspirar un músculo cavernoso denominado pene como salvoconducto a un eterno verano regado en alcohol, no se me ocurre mejor metáfora para ilustrar el rumbo que ha tomado el buque insignia de Prisa. A sus directivos, en cambio, parece que se la sopla.

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