Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 10, Opinión, Tonino Guitián
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Amor en conserva

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

Hace unos meses leí una noticia que hablaba acerca de una nota de amor de más de trescientos años que se encontró casualmente en una casa de Toledo y tiempo atrás me llamó la atención la desgarradora carta con la que se enterró una mujer coreana y que fue hallada entre los ropajes de su momia. Si nos fijamos bien, la historia está plagada de pequeñas confidencias y de notas entregadas disimuladamente a sus destinatarios por fieles emisarios que casi siempre se jugaban la vida en ello.

Napoleón envió una ingente correspondencia a Josefina durante sus campañas de guerras y de estas curiosidades históricas se aprovechó el falsificador Vrain-Denis Lucas para colarle en 1851 a un miembro de la academia de las ciencias de Francia más de 27.000 documentos en los que había inventado conversaciones epistolares de Pascal, Newton, Cleopatra, Julio César, Aristóteles, Alejandro Magno, Lázaro (el resucitado) o la mismísima María Magdalena, lo que demuestra que si bien nuestras vidas personales discurren entre aburridos acontecimientos diarios como tomar una ducha o compartir el té con los amigos, nuestro mundo sentimental recorre con verosimilitud más atajos y pasadizos secretos que una película de Indiana Jones.

Para facilitar este intercambio de pequeñas traiciones a la aburridísima vida familiar, el nuevo siglo ha creado una herramienta cuya misión no es, evidentemente, facilitar algo que ya se venía haciendo desde la antigüedad sino multiplicar la rapidez y los objetivos de nuestras pasiones. Al no disponer como humanos de un tiempo ilimitado podemos creer que (gracias a una alfabetización global más o menos suficiente) estamos creando virtualmente y de espaldas a la verdad la mayor y más tonta biblioteca de embrollos que jamás se haya conocido nunca, puesto que si Napoleón se contentaba con ella y ponía en un pedestal imperial a Josefina –aunque no dudamos de la existencia de pequeñas cortesanas desconocidas en campaña– no creo que ni el más humilde oficinista no aspire a repartir sus dardos emocionales entre al menos tres señoritas de esas que exhiben sus mejores fotos en Facebook. Es fácil. Es sencillo. No compromete, ya que las claves de acceso permiten una gran privacidad en estos intentos de evadir la realidad. La herramienta quizá banaliza el amor, pero tal vez también está creando un submundo psicológico lleno de posibilidades y también de frustraciones a partes iguales. Ni siquiera Freud escapó de plasmar en cartas sus obsesiones y manías. Tendrá que nacer otro sabio profesor judío para desenmarañar la historia de las infidelidades de masas.

Pero deberíamos rendir homenaje a los históricos amantes y confidentes antiguos, que con menos medios consiguieron resultados mucho más que aceptables. Al menos han sido reflejados en cuadros y estatuas, algo que en sí me parece mucho más estético que las toneladas de fotos que se acumulan en archivos electrónicos que no precisan siquiera ser borrados porque su cantidad ingente impide que sean relevantes para nadie, excepto para quien ha sido su destinatario.

De la comparación entre la cantidad de golpes en un teclado contra el roce de una pluma de ganso sobre un papel no me pronunciaré, pues la estética, en estos tiempos, apenas parece tener importancia.

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