Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 10, Opinión
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Facebook no es red para feos

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

A Von Bismarck se le atribuye la cita de que nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de unas elecciones. Si el teutón tuviera que adecuar la frase a los tiempos actuales, tendría que añadir a Facebook como sumidero de mentiras, hipérboles, banalizaciones e irreflexión hecha pensamiento escrito.

Las redes sociales no dejan de ser un reflejo de las sociedades que las han creado y alimentan. En ellas se dan cita prácticamente todos los estereotipos de la condición humana. Completan la galería aquellos que no sólo no las utilizan sino que son beligerantes con su mera existencia. Pertenecen al grupo de los irreductibles cibernéticos y han hecho bandera de su derecho a la privacidad. Sólo una minoría de ellos presentan síntomas de asocialibilidad y, en ocasiones, a pesar de que mi cuota de presencia en las redes es moderadamente baja, envidio su firmeza ausente.

Facebook sigue siendo la reina de las redes, y aunque ya presenta síntomas de decadencia, en ella se evidencia con mayor nitidez la necesidad de demasiados seres irrelevantes más allá de sus círculos cercanos de arquear el lomo de su insignificancia, al modo de los gatos domésticos, para agigantarse ante los demás, ante su público, ante el que ellos han autorizado, cuidadosamente (mentira) para ser testigos de cómo cuece su vida. Es precisamente ese filtrado de las… amistades virtuales lo que esgrimen aquellos que hacen de su paso por Facebook un peep-show con acceso a sus emociones.

¿Pero cuántos de esos… amigos… escogidos en el casting de la vanidad, en demasiados casos sólo para presumir de número, acudirían a su funeral?

La composición bioquímica de los sentimientos humanos tiene un índice de singularidad semejante al de la propia configuración del rostro. Una persona un rostro, un individuo una personalidad. Sin embargo y, paradójicamente, esas singularidades son agrupables en tribus, en colectivos, en manadas de afines en las que sus miembros son tan parecidos entre sí, que vistos o leídos uno, vistos o leídos casi todos.

Aunque consciente de mi mayor proximidad a cero que a tres, de que no dejo de ser un antílope más de esa gran manada planetaria, no pertenezco a la subespecie de quienes pregonan sus nimiedades cotidianas como si pisaran Marte cada vez. Pero todavía me causan un mayor estupor los aplausos en forma de “me gusta” de tantos y tantos palmeros de lo nimio y de lo vulgar.

–¿Qué estás pensando?

–La tortuga de mi hija tiene hoy el caparazón triste.

–Oh, qué bello.

–Ah, que profundo. Hay días para todo.

–Eh, ¿tu hija tiene una tortuga por mascota? Qué guay.

–Uh, cuidado con la tristeza que es contagiosa.

A Moisés Pera, Rosana Cardo, Román Zana y a 54 personas más les gusta esto.

A mí no, a mí ciertamente me produce un estupor tan inconsolable que ni meciéndolo mengua.

Llamadme, o no, artificiero de lo social, pero me desestructura la escasa fe en los de mi especie comprobar las decenas de “guapoooo/aaaaa” cada vez que la casualidad de mi presencia en Face coincide con el obsequio de algún “amigo”, de un nuevo posado biomorfológico, de un tipo feo de crucificar, o a una chica sin gracia alguna en su geometría facial.

Debe ser precisamente esa disensión sobre el concepto de amistad lo que uno entiende como algo más allá de mentir amablemente sobre las fisonomías. Debe ser que no le pillo el tranco al Face. Debe ser que no concibo la hipocresía relacional como el mejor modelo de intercambio. Debe ser que no estoy hecho para ser enredado por las redes.

¿Por qué las visito entonces? A las redes sociales, a Facebook en particular. ¿Por qué critico lo que consumo voluntariamente?

Pues porque soy de este mundo, frágil, mínimo en una multitud, un punto masoquista, un punto contradictorio. Y porque necesito nutrirme de experiencias, reales y virtuales, para escribir a diario, y reconozco que Facebook tiene sus virtudes como escaparate, como intersección, incluso como gran superficie de la comercialización de esa condición humana a la que aludía. Solo que procuro seleccionar (como acabamos haciendo todos) a quienes se comiden, a quienes utilizan con equilibrio la plataforma, a quienes me ofrecen un género distinto de sí mismos, sin perder demasiados pasos en el salón de los espejos de los mediocres venidos a más por aclamación.

Y por el morbo, inherente a mi condición de homínido poco evolucionado, de saber de las vidas ajenas de conocidos y desconocidos.

Y ahora, si me permites, termino bruscamente la columna porque me han entrado un par de notificaciones urgentes del Face. Ah, y también debo actualizar mi perfil con el nuevo selfie que me acabo de perpetrar. Me gusta tanto ser guapo.

 

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