Humor Gráfico, Igepzio, Número 6, Opinión, Ramón Marín
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Yo voto a Comemos

Por Ramón Marín / Viñeta: Igepzio

No tengo coleta (ya quisiera) y mi partido se llama Comemos. Lo fundamos cada día en el desayuno, entre sándwiches de atún y leche de soja, cuando se reúne el Politburó y aprueba las resoluciones que darán sentido a la mañana. El consejo de dirección se convoca a las dos del mediodía y entonces evocamos el nombre del partido. Comemos y debatimos sobre la arquitectura del huevo frito y la elasticidad de las patatas panaderas. Reunimos la asamblea abierta a eso de las cinco de la tarde y nos damos al chocolate con picatostes, hasta que la noche cae y el Parlamento familiar, antes de su disolución, se refocila con unas judías vaporosas y un filetito de merluza vuelta y vuelta. Somos tres los militantes de Comemos. El secretario general, cargo al que fui promovido por unanimidad; la presidenta, puesto otorgado a la señora cónyuge en razón de sus méritos, ejem; y la jefa de Organización, que ocupa la adolescente impetuosa, quien optó infructuosamente a la tesorería. En las elecciones europeas obtuvimos el respaldo del cien por cien del censo. No tenemos oposición.

Es el momento de los autopartidos políticos, de los de Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. De los mayoritarios, ni hablar, que mataron a Kennedy y robaron el oro de Moscú. Los buenos son los experimentos con gaseosa, los movimientos sociales que surgen como champiñones en el campo de la indignación, aunque no los conozca ni la madre que los parió. Los nuevos suben con la euforia de la espuma del suflé y los progres oficiales están encantados con la irrupción de lo alternativo, que no necesita ningún marchamo de calidad. Ya está bien de lo viejo, que huele a naftalina. Lo que priva es montarse un chiringuito, buscar unas siglas, copiar el estilo Obama, poner tu careto de logo, traer de Italia el concepto de «casta» y repetirlo hasta que te duelan las muelas, que ese mantra arrasa entre la progresía catódica de la Sexta. Solo se pide un requisito: ser de izquierdas o pretenderlo. Y acto seguido se pone uno frenético a nacionalizar la banca, prohibir los toros, okupar los pisos vacíos, decretar la inmigración libre, poner sueldo fijo a todos los ciudadanos y aprobar referendos hasta para ver el porcentaje de sorbitol de los chicles para no irse uno por las patas de abajo.

Si don Carlos Marx levantara la cabeza, se le caía hasta el último pelo de la gran barba cana. Mientras la gran izquierda se relame las heridas y las nuevas siglas relatan el cuento de la lechera, vendiendo la vaca antes de vender los huevos, los poderosos se refocilan en los sillones reclinables fumándose un puro a la salud de los pobres desgraciados que se pelean en el barro para proclamarse Líder Universal de las Izquierdas Esenciales. Peperolandia se ríe, la patronal se frota las manos y la banca orgasma. Otra vez hemos caído en la trampa. Los obreritos bobos votan a la derecha y los que presumen de listos se reparten entre el reino de taifas de las izquierdas. La crítica es buenísima, y la discrepancia, magnífica, pero, coño, ¿quién se ha merendado el sentido común? Yo, mientras tanto, seguiré votando a Comemos. El debate de hoy gira en torno a las coaliciones de la tortilla de patata: con cebolla o con pimiento. Creo que volveremos a ganar todos.

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